En Pasto hay historias que no nacen en oficinas ni en grandes inversiones, sino en la necesidad. Historias que comienzan desde abajo, literalmente desde la calle, y que con el tiempo se convierten en referentes de ciudad. La de Javier Santacruz, propietario del restaurante Pueblito Viejo, es una de ellas: una historia construida con trabajo, disciplina y una convicción que no se negocia, salir adelante.
Su camino no empezó en la cocina, ni siquiera en el servicio. Empezó en un parqueadero, a finales de los años 70, cuando buscaba cualquier oportunidad para trabajar. “Llegué como cuidador de carros… a los ocho días me dijeron si quería aprender a ser mesero, y aprendí”, recuerda. Ese primer paso marcó el inicio de una carrera que se fue construyendo con paciencia, aprendiendo desde lo básico, entendiendo el trato con la gente y descubriendo que el servicio también es un arte.
Durante años trabajó como mesero en distintos restaurantes, acumulando experiencia, conociendo clientes y entendiendo el funcionamiento del negocio desde adentro. Sin saberlo, estaba construyendo el capital más importante para su futuro: la confianza de la gente. Muchos de esos clientes, décadas después, seguirían acompañándolo.
El punto de quiebre llegó en 1999. No fue un salto planificado, sino una situación que lo obligó a tomar una decisión. Fue despedido del restaurante donde trabajaba, en un momento en el que sus hijos aún eran pequeños y las responsabilidades no daban espera. En lugar de paralizarse, decidió actuar. Junto a su esposa tomó en arriendo un restaurante que ya existía y apostó todo a sacarlo adelante. “Fue una necesidad urgente… de todo mal salió un bien”, afirma.
El inicio fue duro, más de lo que muchos imaginan cuando ven un negocio consolidado. El lugar tenía otra identidad, otro tipo de clientela, otra lógica de funcionamiento. Transformarlo no fue inmediato. “Arrancar nos costó un año”, recuerda, al hablar de ese tiempo en el que el negocio apenas sobrevivía mientras intentaban posicionar una nueva propuesta basada en calidad y servicio.
En ese proceso, la constancia fue clave. En la cocina, cada detalle cuenta. “La comida es muy celosa”, dice, explicando que no basta con cocinar bien un día, sino todos los días, en cada plato, con cada cliente. Esa disciplina fue la base sobre la cual se empezó a construir la reputación del restaurante.
Con el paso de los años, Pueblito Viejo dejó de ser un intento y se convirtió en una empresa. Pero no cualquier empresa: una empresa familiar. Su esposa se consolidó como el eje de la cocina, su hijo y su nuera se integraron al proceso, y varios trabajadores han permanecido durante décadas, formando un equipo con identidad propia. “Sin mi señora, esto no marcha. Ella es la base fundamental”, reconoce con total claridad.
Esa estabilidad no es casualidad. Es el resultado de un modelo basado en confianza, permanencia y sentido de pertenencia. En un sector donde la rotación laboral es alta, mantener un equipo por años habla tanto del liderazgo como del ambiente de trabajo.
Uno de los factores que ha marcado la diferencia es la calidad del producto. En el restaurante, los mariscos llegan directamente desde Tumaco, las frutas provienen de distintas zonas de Nariño y la preparación se hace prácticamente al momento. “Aquí todo se hace fresco”, explica, convencido de que ese detalle es lo que fideliza al cliente.
Pero su visión va más allá de la cocina. Javier tiene una postura clara frente a la economía local: hay que consumir lo propio. Defiende el uso de productos regionales, promueve a los proveedores locales y entiende que el éxito de un negocio también depende del crecimiento de otros. Para él, la economía es una cadena donde todos deben ganar.
A eso se suma otro elemento que ha sido determinante: el trato al cliente. Javier aprendió desde sus años como mesero que el servicio es tan importante como la comida. Por eso, uno de sus mayores distintivos es recordar los nombres de quienes llegan a su restaurante. “Si a usted lo llaman por su nombre, ya lo convencieron”, afirma.
Ese gesto, aparentemente simple, ha construido relaciones de largo plazo. Hoy, muchos de sus clientes vienen desde hace décadas, y no solo ellos, sino sus hijos y sus nietos. El restaurante se ha convertido en un punto de encuentro intergeneracional, donde la fidelidad no se compra, se construye.
Con el tiempo, Javier ha entendido que abrir un negocio es solo el primer paso. Lo realmente difícil es sostenerlo. “Hacer fama cuesta años y perderla, un momento”, dice, consciente de que la reputación es el activo más importante. Por eso, cada decisión, cada plato y cada atención están orientados a mantener ese estándar.
A sus más de 60 años, no piensa en retirarse. No por obligación, sino porque el trabajo es parte de su vida. “La casa aburre”, dice con una sonrisa, dejando claro que su lugar está en el restaurante, atendiendo, supervisando y conversando con los clientes. Esa rutina, lejos de ser una carga, es su identidad.
A quienes hoy están comenzando, especialmente a los jóvenes que dudan en emprender, les deja un mensaje directo: el mayor obstáculo es el miedo. “La gente tiene miedo de arrancar, de endeudarse”, afirma, recordando que él mismo sintió ese temor cuando empezó. Sin embargo, su historia demuestra que el riesgo, acompañado de trabajo, puede transformarse en oportunidad.
Javier también es un defensor de su tierra. Habla con orgullo de Nariño, promueve sus productos, su cultura y su gastronomía. Para él, el desarrollo no solo es individual, es colectivo. Cree en una economía donde el crecimiento de uno impulse el crecimiento de otros.
Hoy, Pueblito Viejo no es solo un restaurante. Es una historia de vida, un testimonio de esfuerzo y una muestra de que en Nariño sí se puede construir empresa. La historia de Javier Santacruz es la de muchos que empezaron desde abajo, enfrentaron el miedo y lograron consolidar un proyecto propio.
Y sobre todo, es una historia que recuerda algo esencial: que el éxito no está en olvidar de dónde se viene, sino en construir desde ahí.

