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El realismo pastuso y la aversión a Simón Bolívar

Palabras de presentación del libro en la Cámara de Comercio de Pasto, el 13 de julio de 2023 Por CARLOS BASTIDAS PADILLA El realismo pastuso y la aversión a Simón Bolívar da cuenta de las preocupaciones humanísticas e históricas de Eduardo Zúñiga Erazo por aclarar y resolver las cuestiones que so…

Columnista Invitado·30 de julio de 2023·8 minutos de lectura
El realismo pastuso y la aversión a Simón Bolívar

Palabras de presentación del libro en la Cámara de Comercio de Pasto, el 13 de julio de 2023

Por CARLOS BASTIDAS PADILLA

El realismo pastuso y la aversión a Simón Bolívar da cuenta de las preocupaciones humanísticas e históricas de Eduardo Zúñiga Erazo por aclarar y resolver las cuestiones que sobre la historia de Pasto, en particular y de Nariño, en general, han inquietado a los estudiosos de la historia regional y que, no en pocas ocasiones, han sido mal interpretadas, cuando no tratadas con obstinada ligereza y con esquemas anacrónicos que inducen al fatalismo, a la permanencia de ancestrales odios y a sostener un victimismo a todas luces desfasado, perjudicial e innecesario en un país en franca vía de reconciliación, perdón y reparaciones cuando son posibles. Este libro, a la vez que reivindica, entre nosotros, la figura del Libertador, revisa y enriquece nuestra bibliografía regional y nacional pretérita y presente. Es un estudio desapasionado y sincero de nuestra historia, que contribuye a aclarar las cosas del pasado, a interpretarlas y a tener conciencia de nuestra realidad social.

Los tiempos modernos exigen actitudes nuevas, renovación de costumbres, de sistemas de gobierno, otras formas de mirar el mundo. Este libro así lo aclara para darnos, al final, la imagen de Pasto como una ciudad culta, abierta, progresista y en consenso con las leyes que marcan el movimiento histórico de las sociedades hacia el progreso. El libro, en sí, es una valiosa contribución a los estudios regionales, en este caso, de la historia de Pasto y Nariño. Por su finalidad didáctica y su estilo ameno dado por el buen manejo del lenguaje, por la seria investigación que le da fuerza y lo sustenta, por la precisión y análisis correcto de los hechos que relata, es un excelente manual para la enseñanza metódica y desprevenida de nuestra historia en las instituciones educativas de diverso orden.

Este libro, que ha seguido la vertiente sabia de nuestros mejores historiadores de todos los tiempos, nos da la imagen  del itineraria histórico de una ciudad y de una región signada por factores que generalmente se han mostrado adversos a su desarrollo histórico, en contraste con otras regiones de Colombia y de América; su misma topografía ha contribuido a ello, y no solo eso sino la política de la corona española de sus tiempos primigenios que procuraba mantener aisladas sus provincias unas de otras para que no hubiera intercambio de ideas que pusiesen en entredicho la autoridad del rey sobre sus colonias de ultramar y el entramado ideológico de la religión católica.

Por los tiempos de la Conquista, cuando no había ciudades preexistentes como en México y Perú, por ejemplo, para fundar una ciudad, como en el caso de Pasto, dice el autor, “en donde la población vivía en bohíos dispersos, el lugar de la fundación se escogía teniendo en cuenta diversos factores entre ellos la densidad demográfica indígena para asegurar la mano de obra, la abundancia de agua, tierras fértiles, bosques maderables, minas, entre otros elementos. El valle de Atríz en donde se fundó Pasto, reunía con creces estos factores”. Se fundó la ciudad, se nombraron autoridades, se repartieron la tierra y con ellas los indígenas a los encomenderos. Y no es cierto que aquí los nativos pasaron a vivir en un valle idílico que fue interrumpido por la llegada de los republicanos. El primer obispo de Popayán, el segoviano Juan del Valle, defensor de los indios, da cuenta  de lo contrario tras una correría apostólica que hizo a su obispado al que pertenecía el Valle de Atríz, lo cita Zúñiga Erazo: “Se hace trabajar no solo a los adultos sino a los niños de hasta doce años; los obligan a viva fuerza labrar la estancia de los encomenderos sin darles tiempo para hacer sus propios cultivos y cuando se niegan, se les da palos y azotes; los mayordomos y calpizques [recaudadores de impuestos]  les robaban  las gallinas,  las mantas y el maíz; los azotan poniéndolos en el cepo o colgándolos de las manos” (consultado por el autor en el Archivo General de Indias). Más tarde dirá un cronista, que cita Eduardo Zúñiga Erazo, que “esta villa de Pasto (…) tiene más indios naturales sujetos así que ninguna ciudad ni villa de toda la Gobernación de Popayán, y más que Quito y otros pueblos del Perú”. Y no solo la encomienda fue el azote de los indios, la institución del cabildo, arbitrario, corrupto, alcabalero, nepótico (como queda claro en este libro), sumió a Pasto en un entramado de disposiciones policivas y moralizantes conducentes a la sujeción a la Iglesia y al respeto y veneración a reyes de escandalosa miseria moral que desmerecían, precisamente, el respeto y la veneración que aquí se obligaba a rendirles. Sí, fueron tiempos oscuros y tristes, regidos por  instituciones civiles y religiosas que como una inmensa ventosa les chupaban la sangre a los indígenas agobiados por el trabajo y por afrentosas e inhumanas cargas de impuestos (la rebelión contra los Clavijo da cuenta de ello). Cómo no gritar, cómo no salir corriendo, como no levantar la voz, cómo no se fueron a vivir a otra parte, cómo se quedaron quietos y se dejaron embanderar por los defensores de ese viejo y estancado estado de cosas. Váyanse, indios, a otra parte, que el mundo es ancho… “Ancho y ajeno”, se dirá, en una novela que se escribirá después en Nuestra América, abogando por ellos y por la suerte de los otros pobres del mundo, que son legiones y que deben marchar para lograr que sea aquí, en la tierra, el cielo prometido.

Y así, por siglos, desde su fundación fue desenvolviéndose Pasto, hasta cuando en América el cambio de las fuerzas productivas trajo nuevas necesidades sociales que precisaban de la libertad para su  desarrollo, de la Libertad  como tendencia natural del hombre, como afirmación de su ser, y como destino de los pueblos. Con el cambio de las fuerzas productivas, se convulsionó la vida social y política de Pasto; mas no para marchar con el desarrollo de la historia, sino para oponerse en vano, a la desesperada, a su curso inevitable; que por otra parte, en este libro queda claro que Pasto no luchó por su autodeterminación como pueblo, sino por la defensa de la religión y el rey, lo dice el autor: si así hubiera sido, habría buscado liberarse de España, formarse como estado, decidir sobre su destino político y darse sus propias leyes. Pero la marcha natural de las cosas es imparable y del exterior llegó el huracán revolucionario que en el siglo XIX convulsionó  a los pueblos de nuestra América; cambiaron los valores sociales, los sistemas de gobierno, las formas de ver el mundo. El tiempo del progreso trastocó entre nosotros las funciones hegemónicas de la élite gobernante y sus prejuicios de casta que había dominado en Pasto, por medio de un cabildo que por la fuerza del engaño reglaba la vida social y moral del pueblo, como queda claro en esta obra tan cuidadosa en presentar los hechos de la historia y en su análisis sereno y sin prejuicios. “Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza”, dijo el Libertador en su discurso en el Congreso de Angostura.

“Cuando se fundó el Departamento, en 1904, Pasto era una ciudad fanatizada por la religión, descuidada en su aspecto físico y encerrada en sí misma”, dice Zúñiga Erazo; pero en su horizonte estaba la fundación de la Universidad de Nariño y la llegada del “norte” de sus primeros profesores progresistas. Vino, por ejemplo, Fortunato Pereira Gamba, advertido en Bogotá de que aquí podrían quemarlo en una plaza del pueblo; vino el desarrollo educativo en todos los niveles; en la plaza principal, en 1910, se erigió la estatua de Antonio Nariño, de quien el Departamento tomó su nombre, contrariando al obispo Ezequiel Moreno quien quería que se le pusiera “Departamento de la Inmaculada”; llegaron las revistas de moda para las señoritas, el fonógrafo, los primeros automóviles, aparecieron las orquestas, llegó el cine, se abrió el teatro Imperial, se jugó fútbol en 1909; las imprentas fueron faros para atraer al progreso; las mujeres, no obstante el insoportable acoso conservador y moralizante  de la sociedad de entonces y de la Iglesia, ingresaron a la universidad, ocuparon puestos en las corporaciones públicas, en las academias, ingresaron al mercado laboral y se expresaron  como escritoras, músicas, pintoras, poetizas, artesanas, empresarias; los estudiantes salieron a las calles a protestar contra la dictadura de Rojas Pinilla; la literatura, de moralista y edificante que era, pasó a ser moderna y crítica; fue notoria su evolución con autores como los que aparecen en este libro; cambió la misma Iglesia nutrida por el espíritu progresista del Concilio Vaticano II. “Ahora —en palabras del autor—, Pasto no solo es una ciudad moderna, sino una ciudad rebelde, que ha protestado contra los malos gobiernos y que ha hecho valer su voto de opinión en los comicios presidenciales de los último años. En estos casos su favorabilidad se ha inclinado hacia candidatos que representan cambios, que defienden intereses generales y rechazan propuestas e  ideologías diseñadas para favorecer a los poderosos, como ha sido tradicional en el país”; lo dice con justa razón y haciendo eco de los deseos y sentimientos generales.

Dice Hedward Hallet Carr, en “¿Qué es la historia?”, que cuando llega a nuestras manos un libro de historia nuestro interés debe ir primero al autor que lo escribió antes que a los datos que contiene. En las solapas de este libro sabemos quién es el autor; conociéndolo podemos estar seguros de que estamos frente a una obra producto de una mente lúcida, serena, ilustrada; de un historiador en su justo papel de experimentado investigador e intérprete de los hechos de la historia. Aquí cobra valor lo que Luciano pedía a los historiadores: tener un buen sentido de las cosas del mundo y una correcta forma de expresarlo; y de eso da cuenta esta obra del antropólogo, historiador, profesor universitario y miembro de la Academia Nariñense de Historia, Eduardo Zúñiga Erazo.

                                                                                      San Juan de Pasto, 13-07-2023

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