Por Omar Raúl Martínez Guerra
Mi amigo del alma, Luis Ángel Parra Garcés, quien reposa feliz e imperturbable desde hace doce meses y dos semanas en alguna de las sedes etéreas del cielo, solía decirme que los pastusos, -los hombres, no las mujeres-, teníamos el cordón umbilical más grande del mundo, “ de aquí a la luna”; Luis Ángel, que había nacido en Palmira, Valle, tenía conocimiento de causa para saberlo, pues vivió unos pocos años en Pasto, en la década nostálgica de los setenta, los suficientes para pasar de la simple conjetura a la verdad científica. Le bastó el tiempo como director del Instituto el Santo Ángel y otro más como psico-orientador en el INEM, donde nos conocimos. A la agudeza consustancial de su prodigiosa inteligencia le adicionaba su formación como psicólogo egresado de la Universidad Nacional, empleando su método favorito para llegar al conocimiento: conversar con la gente.
Lo hacía dos mil cuatrocientos años después que lo acreditara Sócrates en Grecia, de quien la historia recuenta que “no enseñaba como un maestro de escuela. No, no, el conversaba”.
Desde que se lo escuché por primera vez, nunca lo puse en duda, no obstante ignorar si eso, lo de la entelequia umbilical, era bien una virtud, una cualidad o bien una limitación, un impedimento, un defecto. Finalmente ando convencido que definirlo de una u otra manera hace parte, de alguna manera, del libre albedrío, en cuyo caso, se halla incrustado en el mundo secreto de la indomable conciencia. Pero para saber si uno es afortunado de la atadura emocional a la casita donde nació, a la calle de los recuerdos de infancia, a la sombra inseparable del encumbrado volcán Galeras, o si, por el contrario, se siente víctima del más cicatero exilio, se necesita vivir siempre lejos de su tierra. He allí la prueba mayor de fuego: historias de más se conocen de becados que demoraron más en empacar sus maletas para cursar estudios de posgrado en Francia o en Bélgica, que volverlas a empacar, delirantes, de regreso a su cuna, presos de la más infinita añoranza por el sabor de aquel lugar de origen de donde nunca debieron haber salido. En casos similares de depresión extrema, se dice que existen videos de viajeros lacrimosos, pidiéndole a Dios, a sus padres y al ICETEX la gracia divina de volver, sin títulos ni certificados ni diplomas, pero libres de la oprobiosa distancia.
Y no parece que las cosas hayan cambiado por el hecho de que, a diferencia de hace unas décadas, hoy el celular permite seguir pegado al paraíso original, mediante video llamadas en tiempos exactos. Antes de eso, el mayor júbilo era sintonizar desde el entonces lejano Bogotá, la emisora Ecos de Pasto en A.M, después de las 9 de la noche, en medio de las interferencias ruidosas que parecían procedentes de duendes anónimos venidos del otro mundo. Pero por pésima que resultara la escucha, oír las prédicas lejanas del padre Álvarez o los cánticos luctuosos de “Lamparillas”, eran suficientes motivos para soñar que nunca jamás se había abandonado la casa paterna:
“Grato es llorar,
cuando afligida el alma,
no encuentra alivio,
en su dolor profundo”,
Si mal no recuerdo, ese también era mi caso, del que no he podido curarme por doble partida, la primera por un largo lustro de ausencia mientras estudiaba, y la segunda, luego de trabajar por unos años en Pasto, cuando el inefable destino me trajo de regreso nuevamente a la bella pero caótica Bogotá. A mí, como presiento le pasa a la enorme colonia nariñense y pastusa de esta capital, me corresponde tener la cabeza centrada en sortear las vicisitudes del diario vivir mientras el corazón está conectado, como en las salas de cuidados intensivos, con el texto y el contexto del sagrado Valle de Atriz.
Si alguien sospecha que estoy exagerando, no es sino revisar en tiempos de ocio improductivo las páginas de Facebook de las colonias criollas con sede en Bogotá, en donde reproducen todos los días, como si fuera poco, los videos alusivos al carnaval o a la ciudad, en tanto que los únicos comentarios escritos se reducen, estrictamente, a preguntar por esta red social, si hay un cupo en el automóvil de cualquier vecino, de regreso a la morada al sur. Me consta de conocidos que no han logrado traspasar de la Unión o Mercaderes; y también de primos en La Ceja, (Antioquia) o Montreal en Canadá, o en Tunja, en Chía o Sabaneta, que comparten las horas hábiles del día entre las obligaciones cotidianas con las horas del descanso, bajo el peso abrumador de los recuerdos de su feliz infancia. Quizás para unos sobrinos en Manizales, la pena de la ausencia se mitigue conviviendo con el volcán nevado del Ruiz y la montaña rusa de sus calles.
Ese cordón hace que muchas cosas resulten incomprensibles para la inteligencia racional. Recuerdo la ocasión cuando le conté a mi hermano José Antonio, que se me había comisionado como delegado a un seminario en Santiago de Chile, con el pomposo nombre de “Vinculación del esfuerzo público y privado en educación Silvo- Agropecuaria”, noviembre de 1996.La idea era conocer la experiencia chilena con miras a la creación del Proyecto Educativo Rural, a cargo del Ministerio de Educación, donde yo laboraba. Además de asistir al formal evento, no conocía para entonces la espectacular ciudad de Santiago, lo que, para cualquier parroquiano, como me defino yo, era adicionalmente una oportunidad atractiva.
– “Pero hay un problema”, – le dije, con mal disimulada aflicción.
– “Ajá, ¿y cuál es el problema?
– “Que justo en esa fecha tenía proyectado viajar a Pasto”-
– “Bueno, esas cosas solo te afectan a ti, por bámbaro”-
Sospecho que esta virtud o este mal del corazón no distingue entre clases sociales, ni condición social, oficio o profesión; solamente afecta al género masculino. Véase que, el más famoso y extraordinario músico pastuso de todos los tiempos, el gran maestro Eddy Martínez, luego de radicarse en la luminosa Nueva York y trabajar como percusionista, arreglista, compositor, director y productor musical , que grabó y tocó con artistas tan famosos como Tito Puente, Machito, Dizzy Gillespie, Tito Rodríguez, Eddie Palmieri, Larry Harlow, Louie Ramírez, Mongo Santamaría, Gato Barbieri, Ray Barretto, Willie Colón, Celia Cruz, Gloria Estefan y lo mejor de la salsa y el latín jazz en el mundo entero, decidió saltar con sus partituras y su pensión desde la capital del mundo con el deseo de radicarse en Pasto, sin escala alguna que le hiciera perder inestimables minutos para gozar el esplendor de la comarca que lo vio nacer. Presumo que, así como Gabo vivía obsesionado con el olor de la guayaba, a Eddy lo hipnotizó el color de la Guaneña.
Por lo demás y según lo compruebo cada vez que toco el tema en búsqueda del bálsamo esquivo, el misterioso cordón pareciera corresponder con una propiedad intrínseca que no afecta al resto de los mortales, por lo menos de los mortales colombianos. Nadie me cuenta, por ejemplo, de saber de un payanés que viva añorando la Semana Santa, el manjar blanco o las empanadas de pipián. Si es por música, con la salsa caleña tienen suficiente. No quiere decir que no haya regionalismos, pero eso es asunto diferente. En Antioquia, en la costa del Caribe, en Boyacá o en los Santanderes cada quien quiere su tierra con su gente y su cultura, pero sin los síntomas del síndrome umbilical. Menos en Bogotá, donde la misma gente se queja de la indiferencia o el desamor por su propia ciudad. Ese es uno de los problemas recurrentes en las grandes urbes como ésta.
Talvez por todas estas razones solía recomendarles a mis amigos pastusos, hace ya sus tiempos, que “procuraran viajar una vez, al menos una vez al año”, a Bogotá, “para perderle el miedo y sacudirse de nuestro ancestral provincianismo”. Hoy en día mi consejo es, al contrario: “vaya usted una vez, siquiera una vez al año a Pasto, para sacudir este apabullante capitalismo”. En el primer caso la fórmula parecía mínimamente exitosa. Confieso que la segunda fórmula da sus resultados y unos pocos días deambulando por la plaza de Nariño, sus maravillosas iglesias y sus calles compasivas, el viajero se vuelve espiritualmente pleno, exorcizado de traumas, incordios y penas. En mi experiencia personal, el domingo anterior a mi fecha de regreso paso por una paradisiaca finca familiar ubicada en el corregimiento de Sánchez, a 30 minutos al norte de Chachaguí, en donde mi madre, mami Bere, sembró en algún día de octubre de un año cualquiera, una mata de aroma perfumado, que allá se conoce como la flor del Caballero de la noche, o Jazmín, a secas. No tiene día en que no muera una de sus flores sin que al siguiente nazca su reemplazo. Es una mata eterna, pero de efectos temporales. El ritual consiste en pedirle permiso a la planta para arrancarle una de sus flores, ponerla en un maletín viajero, contemplarla por algunos instantes en el vuelo de regreso y luego dejarla en el cajón del nochero, por todos los largos días y semanas hasta cuando se transforme en una astilla de pétalos oxidados de color ocre, sin humedad ni aroma, con sus crujientes hojas sin verdor, señal inequívoca de la divinidad mensajera que prorrumpe su plegaria: “Es ya hora de volver por otra flor”.
Porque el problema es que Luis Ángel acertó con el diagnóstico, pero no compartió la curación total.
Bogotá, marzo 25 de 2024

