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El hombre ciego que no quería ver Titanic

Hay algo profundamente incómodo —y por eso mismo radicalmente honesto— en enfrentarse a El hombre ciego que no quería ver Titanic, del director finlandés Teemu Nikki. La incomodidad no proviene únicamente de su forma, ni de su dispositivo visual, ni siquiera de su ritmo: proviene de algo más esen…

William Lucero·28 de abril de 2026·9 minutos de lectura
El hombre ciego que no quería ver Titanic

Hay algo profundamente incómodo —y por eso mismo radicalmente honesto— en enfrentarse a El hombre ciego que no quería ver Titanic, del director finlandés Teemu Nikki. La incomodidad no proviene únicamente de su forma, ni de su dispositivo visual, ni siquiera de su ritmo: proviene de algo más esencial, casi corporal. Durante buena parte del metraje, la película parece una heredera tardía de ese extraño subgénero que dejaron las ficciones del encierro pandémico: espacios cerrados, cuerpos limitados, mundo reducido a interiores y a voces mediadas por dispositivos. Pero aquí esa sensación no es coyuntural, no es histórica: es estructural.

Lo que en otras películas era una condición temporal —el encierro— aquí es una condición existencial. El protagonista no está encerrado por una pandemia: está encerrado en su propio cuerpo. Y sin embargo, basta con que la relación con esa voz al otro lado del teléfono se intensifique para que la película, casi sin anunciarlo, se desplace hacia otro territorio: el de la odisea. No una odisea espectacular, sino una odisea simbólica, mínima, donde salir de casa adquiere una dimensión épica que el cine convencional ha olvidado cómo representar.

 

La épica de la limitación: el cuerpo como territorio de riesgo

La gran operación de la película consiste en redefinir lo épico. Aquí no hay mares abiertos ni ejércitos ni destinos manifiestos. Hay un cuerpo con esclerosis múltiple, una silla de ruedas, una ceguera progresiva y un mundo hostil en su indiferencia.

Y sin embargo —o precisamente por eso— la travesía de Jaakko resulta más radical que muchas de las aventuras que el cine suele glorificar. Más que cualquier relato de iniciación heroica como los de Odiseo o Arya Stark en Game of Thrones, más que cualquier figura armada con épica visual, lo que aquí se pone en juego es algo más esencial: la decisión de enfrentarse a un mundo que no está diseñado para uno.

La película exige entonces una condición al espectador: si necesitas el espectáculo para reconocer la épica, esta película no es para ti. Pero si puedes entender que la verdadera aventura puede ser simplemente desplazarse, entonces lo que ocurre aquí es devastadoramente poderoso.

 

El rostro, la luz y la soledad: una humanidad en primer plano

El dispositivo formal —primerísimos planos constantes, luz gélida, foco restringido— encuentra su centro absoluto en Petri Poikolainen. No es exagerado decir que la película descansa en un 80 o 90% sobre su rostro.

Y ahí ocurre algo profundamente contradictorio: en medio de la enfermedad, de la inmovilidad, de la ceguera, emerge una luz. Una humanidad hecha de humor, de ironía, de autoconciencia. Jaakko se ríe de sí mismo, se autoelogia con picardía, se permite ser “chulo” en el mejor sentido de la palabra.

Pero esa luz convive con algo más duro: una soledad estructural. No vemos familia. No vemos amigos. No vemos red. Lo que vemos es un hombre que, pese a su riqueza interior, está prácticamente abandonado a su propia condición.

Y ahí la película abre una herida: el mundo es indiferente. Las pocas voces que nos sostienen —aunque sean mediadas por un celular— son las que nos salvan. Y cuando ni siquiera eso está, lo que queda no es la soledad creativa, sino el vacío.

Una película sobre el vínculo: la voz como salvación

La relación con esa mujer al otro lado del teléfono —cuidadora, amiga, posible amor— es el eje invisible de la película. No importa tanto cómo la nombremos, sino lo que representa: la prueba de que el otro existe.

En un mundo donde podemos estar rodeados de gente y aun así no tener a nadie con quien hablar realmente, la película propone algo incómodo: una voz puede ser más compañía que una presencia física vacía.

Aquí no hay melodrama en el sentido clásico —y sin embargo, todo es profundamente afectivo. La película huye de Titanic, pero al mismo tiempo está atravesada por lo que esa película representa: una relación, una travesía, un riesgo compartido.

Y ahí aparece la ironía: aquello que el protagonista desprecia —el melodrama— es, en cierto modo, lo que sostiene su propia historia.

Cinefilia como código narrativo: entre Cameron y Carpenter

El personaje no es solo un enfermo: es un cinéfilo. Y esa cinefilia no es decorativa: es estructural.

Por un lado, está James Cameron, admirado por obras como Terminator, The Abyss o Alien, pero cuestionado por ese desvío hacia el melodrama que representa Titanic. Esa decepción es clave: revela una tensión entre el cine de aventura, de riesgo, de enfrentamiento con lo desconocido, y el cine del afecto, del vínculo.

Por otro lado, aparece John Carpenter, y en particular Escape from New York (1981), con su antihéroe Snake Plissken. Ese referente no es menor: ahí está la clave de lectura del personaje. Jaakko, en su aparente fragilidad, es también un antihéroe. No tiene armas, no tiene fuerza, no tiene visión… pero tiene voluntad.

La película entonces construye un cruce fascinante: el cuerpo limitado de Jaakko contiene, en su imaginario, toda la potencia del cine de aventura. Su odisea no es menos épica: es más radical porque ocurre sin espectáculo.

En términos de dirección fotográfica, la película se sostiene sobre una paleta desaturada y fría, donde predominan los grises claros, blancos, beige, azul claro, negro, con la presencia tenue del rosado de la piel y algunos amarillos pálidos. No hay contrastes fuertes ni colores saturados: todo parece filtrado por una luz gélida que aplana el mundo y lo vuelve distante, casi intocable.

El uso del fuera de foco con efecto de viñeta refuerza esta sensación: la nitidez reducida al centro y la periferia borrosa no buscan replicar la ceguera de forma literal, sino construir una percepción fragmentada, limitada, donde el color mismo parece diluirse.

Así, la imagen no solo restringe lo visible, sino que enfría la experiencia, la vuelve contenida, como si el mundo estuviera siempre a medio aparecer —y solo en lo esencial, en lo afectivo, alcanzara cierta claridad.

La enfermedad como estructura: entender la esclerosis múltiple

La esclerosis múltiple no es aquí un simple contexto. Es la arquitectura misma del relato.

Como enfermedad autoinmune que afecta la mielina y altera la comunicación entre cerebro y cuerpo, produce síntomas que la película traduce en experiencia: fatiga, pérdida de visión, debilidad, descoordinación.

Aunque la ceguera total no es lo más común, la neuritis óptica puede generar pérdidas severas de visión. En casos avanzados, como el del protagonista, la enfermedad se convierte en una limitación progresiva que redefine completamente la relación con el mundo.

La película no explica esto de manera didáctica, pero lo encarna. Y ahí está su potencia.

Una película hecha desde la discapacidad, no sobre ella

Aquí aparece una pregunta clave: ¿es esta una película accesible para personas invidentes?

Lo que vuelve verdaderamente singular a El hombre ciego que no quería ver Titanic es que no se limita a representar la discapacidad visual como tema, sino que está construida desde ella, como si todo su dispositivo cinematográfico hubiera sido reconfigurado para habitar esa experiencia. El uso del foco superficial —esa imagen donde casi todo permanece borroso salvo un centro precario de nitidez— no intenta reproducir de forma literal la ceguera, sino desplazar al espectador vidente hacia una percepción inestable, obligándolo a perder el control de la mirada y a aceptar la incertidumbre como condición visual. En ese gesto, la película no explica la limitación: la hace sentir.

A partir de ahí, el sonido deja de ser un complemento para convertirse en la verdadera arquitectura del mundo. Cada paso, cada respiración, cada puerta que se abre o cada eco en una estación no ilustran la imagen, sino que la sustituyen, construyendo el espacio desde lo auditivo con una precisión que resulta inusual incluso dentro del cine contemporáneo. Para un espectador invidente, esto no implica una adaptación externa, sino una experiencia cinematográfica plenamente coherente: no se trata de “escuchar” una película, sino de habitarla a través de un diseño sonoro que asume el peso total de la narración.

En ese mismo sentido, la existencia de sistemas de audiodescripción —implementados en algunas exhibiciones mediante herramientas como Greta & Starks— no aparece como un añadido técnico tardío, sino como una extensión natural de una película que ya está pensada desde esa lógica de accesibilidad. Pero incluso más allá de lo técnico, hay un elemento que termina de desarmar cualquier distancia entre representación y realidad: la presencia de Petri Poikolainen. El hecho de que su cuerpo —atravesado por la esclerosis múltiple y la ceguera— no esté “interpretando” esa condición sino viviéndola, convierte cada gesto en algo más que actuación. Lo que vemos no es una simulación verosímil, sino una presencia real que reorganiza todo el campo de lo visible y lo sensible dentro de la película.

Teemu Nikki: entre lo marginal y lo radical

Teemu Nikki, cineasta finlandés, no es un director improvisado. Su trayectoria —desde la serie Lovemilla hasta Armomurhaaja, pasando por reconocimientos como el Premio Jussi— muestra a un cineasta interesado en los márgenes, en lo incómodo, en lo que no encaja.

Aquí lleva esa búsqueda al extremo: hace una película que no se adapta al espectador, sino que obliga al espectador a adaptarse a ella, y que fue reconocida con el Premio de Público en el Festival de Cine de Venecia de 2021.

La caricia, la odisea y el sentido

Hay un momento que condensa todo: la caricia imposible. Una caricia que no ocurre físicamente, pero que el personaje siente.  Es ahí donde la película revela su núcleo: ver no es percibir con los ojos. Es reconocer con el afecto.

La odisea —como en La Odisea o en Ulises— no es solo un desplazamiento físico. Es un viaje hacia el otro. Y aquí, cada estación —el apartamento, el metro, el trayecto— es un obstáculo existencial.

El cuerpo que resiste

Este texto no puede cerrarse sin nombrar lo inevitable: Petri Poikolainen falleció en marzo de 2026 tras una larga lucha con la esclerosis múltiple.

Su actuación en esta película no es solo memorable: es un acto de resistencia. Un gesto de presencia frente a la desaparición progresiva del cuerpo.  Este ensayo, entonces, también es para él.

Aprender a mirar

La película no trata sobre la ceguera. Trata sobre la percepción.
No trata sobre la discapacidad. Trata sobre un mundo que no sabe cómo habitarla.

Y sobre todo, plantea una inversión incómoda: quizás no es el protagonista quien no ve,
sino nosotros quienes nunca hemos aprendido a mirar.

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