Por: José Luis Chaves López
Una ética de la vida.
Vivimos en medio de un círculo vicioso social que podría denominarse como la “Cultura del exceso”. Este estilo de vida está basado en el derroche y la búsqueda desenfrenada de goces y placeres y nuevas emociones. Nada satisface y cada vez se quiere más y más, sin reparar en los medios que se utilicen para conseguir esos placeres y esas emociones.
Este tipo de vida, tan alejado de todo principio y valor ético, nos arrastra a un caos social y a una despersonalización que puede terminar llevándonos, como humanidad, a la decadencia, si no nos detenemos a tiempo.
En estas circunstancias se hace necesario retornar a lo que Aristóteles llama el “justo medio”, como una manera muy práctica y placentera para conseguir una buena vida. Justo medio que él identifica con la prudencia y ésta tomada no únicamente como un valor sino como lo que debe ser en realidad, como una virtud, es decir como un valor practicado siempre y en todo momento. Podríamos parodiarlo diciendo que «lo malo está en los extremos», con lo que declara que todo, en su justa medida, es bueno.
Para Aristóteles lo que distingue al hombre bueno de otro tipo de hombres es el esfuerzo por buscar la verdad en todas las cosas. Esta verdad no puede encontrarse en los extremos, puesto que estos son engañosos y nos confunden y nos arrastran en su vórtice, como un torrente sin control ni dirección.
Son los pequeños detalles los que nos acercan a los demás. Y la ética es, por encima de la teoría, ese conjunto de detalles que nos hacen ser nosotros mismos en relación con los demás. En otras palabras, sólo puedo ser ético con y para los demás para poder conseguir vivir bien. La ética, fruto de la reflexión personal y colectiva, trata de responder a la pregunta: ¿Por qué debo comportarme de esta o de aquella forma?
Cualquier respuesta que se dé siempre se justifica diciendo que es «para vivir bien». Además, como la ética es un arte, es decir, que puede aprenderse, mejorarse, perfeccionarse, puedo ser cada vez más ético en mi comportamiento y por tanto, puedo vivir cada vez mejor.
Entonces, dicho de otra manera, la ética es «el arte del buen vivir». Si esto acepto, también debo aceptar que no es posible ser ético a nivel individual; únicamente es posible serlo desde la persona, con toda la gama de connotaciones sociales de relación que incluye vivir en medio de un grupo humano, cualquier que este sea.
Dice el RAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española) en su Edición del Tricentenario sobre el sentido de persona: “Hombre o mujer de especiales condiciones como la capacidad, la disposición y la prudencia”. (RAE, 2014) Podemos desglosar estas condiciones y afirmar, capacidad para la interrelación y para asumir deberes; disposición para la vida social; prudencia, al estilo de Aristóteles, como el comportamiento que se sitúa en el justo medio. El hombre prudente es aquel que evita los excesos en todo cuanto hace.
A partir de estas consideraciones podemos entender porqué la ética es un arte y está relacionado con “vivir bien”. Siguiendo a los griegos, a través de un buen vivir, el hombre hace una conjunción entre su propio ser y su dignidad con el ser y la dignidad de los demás, y aún más con el mundo en que vive.
Por eso, es necesario aclarar, no hay que confundir el buen vivir con “buena vida”. Esta última expresión es, en el fondo, peyorativa, como puede entenderse cuando socialmente se refieren a alguien diciendo “este tipo es un buena vida”. Dejando clara esta diferencia, los griegos encontraron una relación directa y proporcional entre el buen vivir, la sabiduría y la armonía con el mundo. Esta relación tiene como resultado: la felicidad.
Pero podemos ir aún más lejos, la concepción de la expresión buen vivir es un rechazo rotundo a la dicotomía: cuerpo – espíritu. Para muchas culturas y formas de vida religiosa, hay que someter el cuerpo (lo físico, lo emocional, lo afectivo) para salvaguardar el espíritu. Pero, desde el punto de vida del buen vivir, el hombre no está dividido, es integridad y la felicidad del cuerpo se refleja en una actitud espiritual tranquila, sosegada y dispuesta. Y como los griegos conocían, y vivían, esta relación, podemos concluir que no sufrían de estrés, úlcera o gastritis. En otras palabras, la salud del cuerpo es el resultado del buen vivir, y como veremos más adelante… del buen beber.
Y como el fin del buen vivir es la felicidad, debemos aceptar a Epicuro y su planteamiento de los bienes naturales y necesarios (El pensamiento Epicuro, 2011). Pero nuestra sociedad consumista nos “obliga” a querer más, a buscar más y a acaparar más, lo que no necesariamente nos hace felices, pues junto con este más surge la preocupación, incluso la angustia, de cuidar lo que se tiene, y claro, no se disfruta ni se deja que otros disfruten.
“El problema del buen vivir, la vida moral buena, a la vez que feliz, dichosa y gozosa o placentera… se remonta a la «noche de los tiempos»” (Vásquez, 2009). Desde el tiempo de las cavernas, y cuando el homínido que somos, se convierte en “homo sapiens” la preocupación por el buen vivir se vuelve parte de la memoria genética del ser humano. A lo largo de los siglos el interés por vivir bien se convierte en parte fundamental de las ocupaciones cotidianas. Pero fueron los griegos quienes le dieron un fundamental sentido filosófico y pasa a ser más importante que el dinero y los bienes materiales.
“La doctrina socrática –o platónica- dice, pues, que una combinación de ambos, de sabiduría y de placer, constituyen el buen vivir” (ib.). Aristóteles, por su parte, en la Ética a Nicómaco, deja en claro cuál es el sentido filosófico de este esfuerzo humano. El tema del buen vivir queda ubicado en la parte correspondiente a la Ética y dentro de la sección que hace relación a la vida y a la acción (Aristóteles, 2001). Él lo denomina “eudaimonía”, que literalmente puede traducirse como “buen hacer” o “buen vivir”.
El objetivo que pretende es la felicidad o sea la manifestación del ser humano desarrollado por completo (Vásquez, 2009). Pero la vida buena no es sólo felicidad, es, sobre todo, placer y un placer duradero. Es decir, tiene que ver con lo físico, lo material, lo tangible. Y el ser humano es eso precisamente. Somos cuerpo y materia, deseos y sentimientos, apetitos y goces.
Y aquí llegamos al punto de conjunción de esta reflexión: el buen vivir y el buen beber. No se pretende hacer una apología al consumo de licor y bebidas embriagantes. Lejos de nuestra intención este aseveración. Lo que buscamos es determinar que lo uno no puede darse sin lo otro. Y volviendo a los griegos, para no ir más lejos en la historia del ser humano, encontramos como esta relación es recurrente. Al calor y al abrigo de una bebida espirituosa (la que haya sido) la reflexión filosófica nace y con ella la convicción que hay algo más que la simple supervivencia de la especie. Las libaciones griegas, muchas de ellas rituales, permitían una conjunción de saberes al compartir pensamientos y posiciones cosmológicas.
Al avanzar el tiempo, y en las diferentes épocas de la historia, siempre el beber ha estado presente en la vida social (no hablamos de borrachos ni de adictos) y con él la oportunidad de la relación espiritual y profunda de un grupo humano que va más allá de la simple satisfacción de las necesidades básicas. Las tertulias, que dieron origen a la generación de pensamiento, tenían como centro el disfrutar de bebidas que exaltaran el alma y avivaran el espíritu. Los viernes culturales eran justamente eso “cultura” al calor de unos buenos vinos.
Para el común de los mortales esta relación sigue dándose de la misma manera. Las reuniones, los encuentros, las celebraciones y los festejos tienen como elemento esencial algún tipo de bebida. El compartir unos tragos (recordar el justo medio de Aristóteles) facilita como dijimos anteriormente, romper la dicotomía cuerpo – espíritu. Permite el disfrute de los bienes materiales y gozar con lo que se posee, pues somos integralidad.
En conclusión, el buen vivir comienza con el buen beber. Podemos preguntarles a los médicos sobre los beneficios de un buen vino de vez en cuando. Salud.
Bibliografía
El pensamiento Epicuro. (octubre de 2011). Recuperado el 20 de marzo de 2017, de www.apuntesytrabajos.info/2011/10/el-pensamiento-epicuro.html
Aristóteles. (2001). Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza Editorial.
RAE. (2014). Rae.es. Recuperado el 9 de marzo de 2017, de http://dle.rae.es/?id=SjUIL8Z
Vásquez, C. (2009). La ciencia del bienestar. Madrid: Alianza.

