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Cultura

El arte en Nariño se vuelve Amnesia

Por. Carolina Vallejo Escritora colombiana. En el sur de Colombia, entre montañas y cielos abiertos, late un legado escultórico poco reconocido. Es la obra de quienes con sus manos han modelado nuestra identidad, quienes han cincelado en piedra, concreto o marmolina los rostros sagrados, los héro…

Columnista Invitado·5 de octubre de 2025·5 minutos de lectura
El arte en Nariño se vuelve Amnesia

Por. Carolina Vallejo

Escritora colombiana.

En el sur de Colombia, entre montañas y cielos abiertos, late un legado escultórico poco reconocido. Es la obra de quienes con sus manos han modelado nuestra identidad, quienes han cincelado en piedra, concreto o marmolina los rostros sagrados, los héroes libertadores, los ángeles que guardan ventanales de iglesias, las figuras de Cristo, María, Bolívar… pero a veces parecen haberse quedado solos. Es como si la memoria del arte en Nariño estuviera en pausa, una amnesia silenciosa que nos roba no solo el pasado, sino la posibilidad de enseñarle a nuestros hijos y al visitante la grandeza de quienes forjaron nuestra cultura.

Uno de esos escultores olvidados por muchos es Marceliano Vallejo Montenegro (1910‑1982), el llamado “Escultor de los Vientos”, se le llama así porque muchas de sus esculturas muestran a Simón Bolívar a caballo en pose de cabalgata, como si el caballo y el libertador volarán sobre los Andes, desafiando elementos como el viento. Nacido en El Contadero, municipio de Nariño. Autodidacta, dotado de un pulso monumental, de una visión que fusionó lo religioso con lo patriótico, Vallejo sembró nuestra geografía con esculturas que demandan ser vistas, reconocidas y valorizadas.

“Vallejo no solo cincelaba la piedra, sino que la hacía convivir con el viento: sus esculturas ecuestres parecen alzarse, volar, desafiar la gravedad, fundiéndose con los cielos del sur.”

 Algunas obras que persisten, aunque sin los honores que merecen:

  • En el Santuario de Las Lajas, Ipiales, Vallejo contribuyó con los ángeles de la plazoleta, los niños que rodean el templo, el Ángel del Agua Bendita, la Inmaculada Concepción, y el “Niño lector”, entre otros.
  • En Pasto, obra suya: la estatua monumental de Cristo Rey en la fachada de la iglesia de los Jesuitas, San Marcelino Champagnat con sus estudiantes en la fachada de los Hermanos Maristas, San Francisco de Asís con el lobo y la oveja, San Pío X en la iglesia de Santiago, San José y el Niño Jesús en el barrio Obrero, San Juan de Dios y Fray Julio Pina en el Hospital San Rafael, y Monseñor Antonio Pueyo de Val, obispo de Pasto en la Catedral.
  • En Popayán: imágenes como San José, San Alfonso, la Virgen del Perpetuo Socorro y el Grupo de la Inmaculada.
  • En municipios como La Florida, Gualmatán, Tangua, Túquerres, Potosí, San Pablo… replicó su creación: estatuas ecuestres de Simón Bolívar con fuerza, dinamismo, presencia, que se levantan en plazas, frente a iglesias, en avenidas.

¿Por qué hay tantos vacíos de memoria? 

Porque si bien las obras perduran, sus historias –quién las hizo, cuándo, cómo y por qué– muchas veces no tienen la placa que las explique, el libro que las cite, la ruta turística que las incluya. El gobierno ha sido en muchos casos indiferente frente al deber de preservar el patrimonio intangible ligado al tangible. No hay placas, no hay señales, no hay guías locales que cuenten cómo el artista moldeó su obra, qué materiales usó, qué barrio lo solicitó, qué época vivió. Y más grave aún: nuestra apropiación cultural –la conciencia de que estas esculturas son también historias de nosotros– se está perdiendo ante el consumismo social: edificios nuevos, modas visuales que vienen de afuera, publicidad, redes sociales, pero poco interés por lo propio.

Cuando nuestros hijos crecen sin conocer al maestro Vallejo, sin mirar esas figuras con curiosidad, sin que alguien les cuente su valor, no solo perdemos al artista; perdemos una parte de quiénes somos.

Una propuesta para rescatar lo olvidado: 

  1. Registrar oficialmente todas las obras de artistas locales: iglesias, plazas, avenidas, colegios… con fotografía, nombre del autor, fecha, materiales, estilo, estado actual.
  2. Colocar placas descriptivas en cada obra pública que lo permita, así la gente que pasa

—locales y turistas— pueda leer sobre su origen.

  1. Incluir en los recorridos culturales de los municipios rutas escultóricas, que conozcan al “Escultor de los Vientos” y otros maestros: visitas guiadas, folletos, podcasts, redes que divulguen esas historias.
  2. Fomentar en las escuelas la enseñanza de arte local (escultura, imaginería, historia del arte de Nariño), de modo que los estudiantes sepan quiénes fueron Marceliano Vallejo, Alfonso Zambrano, Clotario Quiñónez, Filemón Vallejo, y Que no sean nombres solo en papeles viejos, sino seres de carne y piedra que caminaron por nuestros pueblos.
  3. Apoyo institucional: que las alcaldías, gobernación, ministerio de cultura asignen fondos para conservación, restauración, promoción. Que haya concursos, exposiciones, homenajes.

Conclusión

Marceliano Vallejo Montenegro construyó con su obra un puente entre lo divino y lo humano, entre lo religioso y lo patriótico, entre la tierra de Nariño y su gente. No permitamos que ese puente se derrumbe por descuido. No convirtamos el arte en amnesia. Tenemos en nuestras manos la posibilidad no solo de recordar, sino de honrar, conservar y enseñar. Que las futuras generaciones caminen por nuestras plazas y vean más que piedra; que vean la historia, el cariño, la identidad, el aliento de quienes labraron estos monumentos bajo el viento de Nariño. Se dice que el maestro Marceliano Vallejo, en sus últimos años, perdió la vista. Pero no la luz que habitaba en sus manos. Ciego, esculpió su última obra: una Virgen que emergió del silencio, del recuerdo y de la fe.

Tallar sin ver, guiado solo por el alma, fue su manera de decirnos que el arte no necesita ojos, sino corazón. Su historia es un recordatorio de que la verdadera visión nace del espíritu; y que en Nariño, aunque el viento borre los nombres, las manos de sus artistas siguen dando forma al tiempo.

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