Por: Camilo Eraso
─¡Buenos días, que le vaya bien!─
Con este saludo, Pedro ablandaba los corazones ─y los bolsillos─ de los transeúntes. El tin tin de las monedas en la totuma se intercalaba con el tañer de las campanas matutinas. Antes de las siete de la mañana, el banco de madera recibía el escuálido cuerpo de Pedro y su pierna huesuda y renga. Llegaba cubierto por una ruana, sin color definido, hasta los pies y un sombrero de paño negro lo protegía del hielo glacial de esa hora. Le hacía compañía el bastón, hecho con un pedazo de tronco, el cual dejaba apoyado sobre la pared del almacén Lord.
Hace más de treinta años que Pedro llega al mismo lugar. El saludo característico se convirtió en un estandarte y parte de su personalidad. Sin pedir limosna de forma explícita, la amalgama entre el impacto de su deformidad y la calidez de su cumplido eran como imanes para las monedas. Pedro, con astucia, vaciaba con regularidad el recipiente para conmover aún más a las personas. Los universitarios con sus libros y morrales pasaban por el frente; la mayoría seguían de largo sin mirarlo, unos pocos respondíamos su mensaje y algunos intercambiábamos unas palabras con él.
Las agujas del reloj, desde la torre de la iglesia, confirmaban el cumplimiento del horario por parte de Pedro como el más responsable de los empleados. El fin de semana se reunía con sus familiares y amigos; para ello, el sábado temprano encaramaba su enjuta humanidad hasta llegar a un asiento del bus escalera, con la ayuda de otros pasajeros.
Pedro tenía una deformidad congénita en su pierna derecha: era torcida y estaba, de forma literal, en los huesos. Caminaba con la ayuda de un bastón artesanal. Su limitación le impidió conseguir trabajo en las labores del campo y lo impulsó a viajar a la capital para labrarse un futuro.
Al comienzo navegó en un mar de aprietos. La gente lo miraba de forma despectiva, como a un pordiosero. Con paciencia y persistencia, su figura y su amabilidad se volvieron familiares entre los transeúntes, quienes comenzaron a manifestarle su aprecio respondiendo a su buen deseo metiéndose la mano al bolsillo.
Don Carlos, el dueño del Almacén Lord, lo acogió y le brindó su afecto desde los primeros momentos. Le permitió ocupar un lugar al lado de la entrada de su negocio y entre risas, decía que le llevaba clientes al local. En días fríos, Don Carlos aparecía en la puerta con una taza humeante, una sonrisa, un pan y una palmada en el hombro y, si caía un aguacero, lo equipaba con un plástico grueso.
La estrechez y el hambre que lo acompañaron desde niño le enseñaron a ser organizado y ahorrativo. En la ciudad, más por sentimientos que por dinero, una amiga de su madre lo recibió en su casa del Barrio Obrero. A cambio de un pago simbólico le proveía alojamiento, comida y lavado de ropa. Su desprendimiento llegaba hasta el punto de empacarle el almuerzo diario.
La generosidad de la gente y la austeridad de Pedro engordaron, mes tras mes, sus marranitos de barro. El producido le alcanzó para comprar un pequeño lote en su caserío. Su primo Manuel le cuidaba un par de vacas y unos cuantos árboles frutales. La leche, las crías, las frutas y los ahorros de largos años le permitieron comprar el lote vecino y, poco a poco, fue comprando otros lotes hasta formar una minúscula finca. Al cabo del tiempo, sumó a sus haberes la finquita vecina, apetecida por tener dos quebradas y un pequeño lago, que sirvieron para calmar sus angustias en las temporadas de sequía.
Sin querer, sin proponérselo y por fuerza de los giros de la ruleta de la vida, llegó a jugar dos roles: de lunes a viernes mendigaba en el andén de la calle comercial y el fin de semana era finquero, benefactor de los necesitados de su vereda y donante para las obras sociales de la parroquia.
Pedro guardaba en secreto esa dualidad. Si lo llegaban a descubrir, no le volverían a dar limosnas en la ciudad al tiempo que perdería estatus y ascendencia en la vereda. Si, para su infortunio, alguna persona de su pueblo se acercaba a su puesto de trabajo, cubría su rostro con el ala del sombrero.
Pedro llegaba a El Placer ─así se llamaba su caserío─ el sábado al medio día. Manuel, su primo y a la vez confidente, lo encaramaba y lo amarraba sobre la cabalgadura. Iban por sus tierras acompañados por el aroma de las flores, los mugidos de las vacas y los trinos de los jilgueros; el jugoso dulce de las frutas era el aperitivo para saborear, más tarde, el sancocho que su madre le preparaba.
Un sábado, en el camino de regreso, se encontraron con un señor cuyo rostro a Pedro le pareció conocido, aunque no supo dónde lo había visto. Manuel le presentó al magistrado Pérez, nuevo dueño de la finca vecina. Pedro le ofreció la ayuda que llegara a necesitar; luego prosiguió su sendero con prisa, impulsado por los gruñidos de su estómago hambriento.
El domingo, un amigo común los volvió a presentar en el pueblo; tomaron una cerveza en la cantina de la plaza y hablaron sobre la incertidumbre que generaban los cambios del clima. Desde entonces, empezaron a encontrarse a veces en la finca y a veces en el pueblo. Intercambiaban saludos y cruzaban unas cuantas palabras, sin embargo parecía que algo impedía crear una amistad, quizás las diferencias sociales y los prejuicios.
Los meses siguieron marchando con los pasos lentos de la rutina y, con alguna frecuencia, del aburrimiento. En unas pocas oportunidades, Pedro y el magistrado charlaron sobre problemas del ganado y el alto costo que implicaba llevar productos hasta el mercado de la capital.
Por esa época se presentó el Fenómeno del Niño, el más fuerte de la centuria. Los ríos y represas transmitieron su sed a los árboles y los animales. Los frutos morían pegados a las ramas y las costillas de los animales se volvieron visibles.
Al abogado Pérez lo atormentaba el temor de que los ahorros de toda su vida también comenzaran a secarse. Un ingeniero le cotizó la perforación de pozos de agua, con un valor que no cabía en el tamaño de su chequera. Con la cabeza gacha se acercó a Pedro a la salida de la misa dominical y lo invitó a tomarse una cerveza. Cuando sobre la mesa ya había ocho botellas, le dijo a Pedro:
─Le propongo que pasemos un poco de agua de sus tierras a mi finca. El ganado se me está muriendo. Le pago a buen precio ─nunca antes se había escuchado ese tono humilde en la voz del magistrado.
─Doptor, he oído en las noticias que esta sequía va para largo. ─Pedro lo miraba a los ojos mientras tomaba el último sorbo de cerveza─. Yo no es que tenga mucha agua. Con el chorrito que viene por las quebradas apenas mantengo el lago a medio llenar, alcanza justo para cubrir apenas lo que necesito.
En el ceño del doctor Pérez se profundizaron las arrugas, no podía darse por vencido, disparó el último cartucho que le quedaba. Replicó:
─Mire hombre, los que se dicen expertos en las predicciones del tiempo se equivocan a diario, los medios son alarmistas. ─el magistrado colocó su mano sobre el hombro de Pedro─. Este fenómeno no va a demorar mucho; véndame el agua, póngale el precio que quiera.
Pedro mantenía el rostro relajado, se veía tranquilo. Con tono suave, y a la vez firme, le replicó:
─Doptor, si usted, que es muy preparado, dice que la sequía va a ser corta, así ha de ser ─volvió a mirarlo a los ojos─. Entonces no se angustie porque pronto le va a llegar el agua. A mí, que soy ignorante, me toca creer lo que dicen en las emisoras y cuidar mi agüita, por si acaso. Disculpe que en este caso no pueda ayudarle.
Para finalizar la incómoda conversación el magistrado agregó:
─Piénselo, vecino. Puede ganarse unos buenos pesos. Además, tenga en cuenta que en algún momento yo le podría devolver el favor.
─Gracias doptor─ dijo Pedro con una sonrisa.
El Doctor Pérez montó su cabalgadura y desahogó el disgusto con la fuetera que le dio a su bestia; Pedro fue encaramado por su primo en la mula y se enrumbó a la casa de su madre.
Pasaban las noches y daban paso a amaneceres cada vez más claros y azulosos; las vacaciones de las nubes parecían extendidas por tiempo indefinido. Los potreros del magistrado tomaron un tono amarillo rojizo, las vacas dejaban caer su esquelético cuerpo sobre el pasto pajoso, sin alientos ni para levantar la cabeza.
Gonzalo Pérez contrató un camión cisterna para llevar el líquido una vez a la semana y en la tienda agrícola del pueblo compró concentrado para sus animales. El agua no era suficiente para regar la tierra, sólo alcanzaba para dar de beber al ganado.
Cuando Pérez cerró la compra del predio, tuvo en mente que la finca se sostuviera sola y esperaba que, de pronto, incrementara sus ingresos. En la práctica estaba sucediendo lo contrario: los gastos inesperados estaban descosiendo sus bolsillos.
Desde el día de la conversación, Pedro y el magistrado apenas se contestaban el saludo. Cuando se presentaba la oportunidad de saciar su sed con unas cervezas, uno de los dos evadía la reunión.
El Doctor Pérez, desesperado, acudió al párroco del pueblo para que mediara con Pedro y le consiguiera el agua. Un domingo, al finalizar la misa de diez de la mañana, el párroco se acercó a Pedro y le dijo:
─Hijo, los hermanos católicos estamos para ayudarnos unos a otros en momentos de necesidad ─levantó la mano para darle la bendición─. Como una muestra de solidaridad, véndele un poco de agua al magistrado que la necesita con urgencia.
─Su reverencia, el doptor no necesita agua ni para él, ni para su familia; la quiere para sus vacas y yo no hago obras de caridad a los animales ─Pedro miraba al piso en señal de respeto─. Usted sabe que yo colaboro con la parroquia y ayudo a personas necesitadas, pero no me sacrifico por unos animales ajenos, mucho menos si son de un doptor que gana mucha plata.
La relación entre el magistrado y Pedro fue casi nula durante varias semanas, en las cuales el verano se volvió inclemente.
En los días de trabajo cada uno marchaba al ritmo de las corrientes del día a día. El magistrado empuñaba su maletín de cuero rumbo al tribunal; en su ruta pasaba al frente del asiento de Pedro en el andén. Éste, tan pronto como lo veía venir, entre la neblina de la distancia, tapaba su rostro con el ala del sombrero, se agachaba y miraba para el lado contrario. Por ningún motivo podría permitir que el magistrado lo reconociera. Su cuerpo temblaba desde el momento en que el magistrado aparecía en la esquina, a una cuadra de distancia; a veces, si el viento y el frío eran intensos, metía su cara hasta los ojos en la abertura de la ruana, hasta pasar el susto.
Durante seis lustros había tenido relativa tranquilidad. Sus paisanos venían a la plaza de mercado para vender sus productos, hacían sus diligencias en el sector cercano a la terminal de buses; la probabilidad de verlos en la ciudad era mínima. Los citadinos tenían fincas en pueblos más grandes como Tangua, Funes o Consacá; su vereda no era un destino para las personas de la ciudad porque no tenía atractivos turísticos.
¿Por qué el destino había jugado los dados del azar para que llegara de vecino este personaje y, en especial, para que alguien de su talla le pidiera un favor que él no podía hacer sin poner en riesgo sus bienes?
Ese martes, un torrencial aguacero con granizo detuvo la salida de Pedro en su horario habitual. Al amainar la lluvia, media hora después, Pedro tomó el bus hacia su sitio de trabajo. Le fue difícil instalarse porque un espejo de agua cubría el piso y el almacén Lord todavía estaba con reja y candados. En la cafetería de la esquina le prestaron una escoba para tirar el agua de la acera hasta el centro de la calle. Desdobló el plástico que traía en la mochila y se aprestaba a estirarlo sobre el andén cuando, de improviso, se encontró cara a cara con el magistrado guarecido por un gran paraguas negro.
El Doctor Pérez lo reconoció, se enfureció y, a los gritos, le dio una perorata sobre la integridad y la honestidad. Pedro con su cabeza gacha guardó silencio.
─No sea sinvergüenza. ¿Cómo es que tiene el descaro de disfrazarse de pordiosero, si usted tiene varias propiedades? ─continuó el magistrado.
Pedro quiso explicar algo, pero el magistrado no lo dejó hablar y prosiguió.
─Es una falta de ética y decencia. Usted que es tan rezandero, que se pasa pegado de las faldas del cura y comulga los domingos.
─Le explico, doptor ─Pedro alcanzó a balbucear.
−Usted no tiene nada que explicar. Todo está muy claro. Es un farsante que engaña a la gente ─prosiguió Pérez gritando.
El magistrado tenía la cara roja, las manos crispadas, temblaba de furia. Se había salido de control.
─Voy a hablar con el párroco para que sepa la clase de persona que es usted y para que en el sermón del domingo le cuente a los fieles sus triquiñuelas. Que ante todas las personas del pueblo quede desenmascarado. Que sepan en realidad la clase de piltrafa que es usted ─continuó vociferando el magistrado.
»Aquí voy a hablar con el comandante de la policía para contarle que usted está robando a la gente con ese disfraz. Que lo desaloje de este sitio y no permita que siga manipulando a las personas.
El magistrado no podía parar de gritar. En una pausa del abogado, Pedro se llenó de valor y le dijo:
─Doptor, cálmese un minuto y le explico. Por mi pierna nadie me daba trabajo en el pueblo; por eso tuve que venirme. Llevo treinta años muy duros; vivo en medio de privaciones para ahorrar, día a día, unos centavos. Yo no pido limosna, saludo con amabilidad y la gente se compadece. Lo poquito que tengo lo he hecho moneda por moneda durante estos años. Entienda, por favor, yo no engaño a nadie.
─Usted debería devolver el dinero que ha usurpado con su apariencia y dárselo al párroco para que lo reparta entre gente pobre ─el magistrado siguió gritando porque tenía los oídos cerrados─. Usted le está quitando el pan a personas que de verdad lo necesitan.
Pedro, sacó ánimo de donde no lo tenía y le propuso:
─Doptor, por aquí pasa mucha gente y no me conviene que se enteren de esta discusión. Por favor dejemos las cosas así hoy y seguimos hablando el sábado en la vereda. Pero le ruego que desde hoy hasta el sábado no hable con la policía ni con el párroco.
─Pero que no pase del sábado. Esto es muy grave y no da espera ─susurró el magistrado.
Los charcos del andén empaparon el ánimo de Pedro. Desde ese día hasta el sábado no tuvo sosiego, perdió el apetito, dormía con dificultad y las pesadillas lo despertaban sobresaltado.
Pedro dedicó esos días a pensar y a pensar en la mejor salida para la situación que podría arruinar el resto de su vida. Entendió que por las buenas y con súplicas no podría llegar a conmover al magistrado. Tenía dudas sobre si sería útil pedirle ayuda al párroco, porque éste iba a recibir presión de su contra parte para que le llame la atención y hasta lo denuncie desde el púlpito.
En las noches de insomnio, entraban por las rendijas de las ventanas rayos de luna con ideas locas que pronto descartaba. No tenía ninguna persona con la suficiente confianza y el criterio para que le ayudara a encontrar una solución. En medio de la oscuridad le parecía como si las agujas del reloj se hubieran detenido.
El sábado siguiente, como de costumbre, ayudaron a Pedro a encaramarse en el bus de escalera a la hora habitual. En El Placer, Manuel lo esperaba con las cabalgaduras; acomodó su humanidad sobre la silla y con mercado y paquetes zigzaguearon, bajo los rayos candentes del sol y sin una sola sombra, hasta la casa de la madre de Pedro.
Por encargo de Pedro, Manuel fue a recordarle al magistrado la reunión a las dos de la tarde en la finca. La hora de las decisiones quedó confirmada.
Con la precisión de un meridiano, Pedro y el magistrado se encontraron frente al broche que comunicaba las fincas.
El magistrado, haciendo gala de su tono prepotente le dijo:
─¿Para qué me mandó llamar? Suelte lo que tenga que decir. No tengo tiempo para perder.
Pedro no se dejó amedrentar. Sabía que por fuera de la oficina del magistrado y en el campo, tenían condiciones semejantes. Prosiguió:
─Doptor, quiero pedirle que seamos amigos, que nos ayudemos uno a otro por el bien de ambos.
─Sin rodeos, vaya al grano, no tengo tiempo para malgastar ─arguyó el magistrado de forma beligerante.
─Doptor, el verano se ha alargado más de lo que decían, sus potreros están secos y usted está gastando mucha plata para traer agua y darle concentrado a su ganado. Yo creo que podría ayudarle─ argumentó Pedro.
» Doptor, recuerde que hace unos meses, usted me pidió que le pasara agua de mis terrenos a su finca. Yo lo he pensado y estoy dispuesto a darle una mano. Podemos cuadrar el paso de un tubo desde mi lago a su finca ─confirmó Pedro con convicción.
─¿Cuánto me va a cobrar? Con los gastos adicionales que he tenido en estos meses no tengo mucho dinero ─comentó el Doctor Pérez con voz calmada y suave.
─Doptor, yo no voy a cobrarle por el agua ─agregó Pedro con la cabeza gacha.
─Usted no mueve un dedo gratis, le interesa mucho el dinero, para usted todo es plata. Diga entonces qué quiere ─preguntó el magistrado, levantando la voz.
─No quiero dinero, doptor. Yo le paso el agua y espero que usted me ayude ─respondió Pedro de forma humilde.
─Diga de una vez, no siga con rodeos; qué ayuda quiere ─agregó Pérez.
─¿Doptor, recuerda el encuentro que tuvimos el martes en la ciudad? Bueno, yo le paso el agua y usted guarda mi secreto. ¿Le parece? ─expresó Pedro en tono suplicante.
Al magistrado se le subió la sangre a la cabeza, levantó las manos para agarrarse su calva ahora morada y gritó:
─¡Póngase en su puesto. Usted no me viene a chantajear! Yo soy una persona de principios y por eso he llegado a donde estoy. ¡No sea atrevido!
Pedro en ningún momento perdió su compostura. Esta vez mirándolo a los ojos, con suavidad, le respondió:
─Cálmese doptor. Yo sólo hice una propuesta. Si a usted no le conviene y le parece que lo ofendo al decírsela, no se enfurezca. Dejemos las cosas así.
Pérez caminó en círculos, miró al infinito, volvió a colocarse al frente de Pedro y dijo:
─Usted no le puede poner precio a lo que yo deba o no deba hacer. Yo actúo según mis principios. Esta conversación ha terminado.
El magistrado, todavía irritado, le dio la espalda y se marchó con grandes zancadas.
Manuel llevó el caballo a cabestro hasta la casa. En el camino, Pedro le comentó que estaba asustado porque el magistrado lo podía meter en problemas en el pueblo y lo delataría con la policía de la capital. Las piernas y su cuerpo le temblaban como hojas de papel en el viento.
Pedro no quiso ir a la misa del domingo. Así evitaría un encuentro con el magistrado y no correría el riesgo de ser el tema central en el sermón del párroco en caso de que el magistrado ya hubiera hablado con el cura.
Desde la mañana del lunes, al llegar a su puesto de trabajo se sentía en la silla eléctrica. En cualquier momento pasaría el magistrado y le dedicaría otra diatriba como la de la semana anterior, o quizás viniera la policía a detenerlo. Para su fortuna, en los tres primeros días de la semana, la rutina siguió intacta.
El jueves en la mañana, Pedro sintió que el alma se le iba a los pies cuando el magistrado apareció en la esquina. Ya no tenía sentido agacharse o taparse con el sombrero. Sacando ánimo de donde no lo tenía, controló los movimientos involuntarios que le producía el miedo.
─Buenos días, que le vaya bien ─saludó Pedro.
El magistrado se detuvo al frente de su banco, respondió el habitual saludo y con tono amable, le dijo:
─Encontrémonos el sábado a las dos de la tarde en la finca. Vamos a ser buenos vecinos y amigos.
Camilo Eraso E. – Abril, 2023

