Ari Aster se ha ganado un lugar insólito en el cine contemporáneo: el del arquitecto de pesadillas domésticas y rituales comunitarios que, con Hereditary (2018) y Midsommar (2019), fijó el término “terror elevado” en la conversación crítica. Beau Is Afraid (2023), con Joaquin Phoenix, fue la culminación delirante de esa línea, un viaje edípico y pesadillesco que dividió a espectadores y dejó la sensación de un cineasta llevado por su propia fiebre. Pero en Eddington (2025), presentada en Cannes, Aster gira el volante hacia un terreno distinto: ya no lo onírico, sino lo político; ya no lo sobrenatural, sino lo realista; ya no el miedo íntimo, sino la histeria colectiva.
La acción se ubica en un pequeño pueblo ficticio de Nuevo México durante mayo de 2020, en plena pandemia. Allí, entre tapabocas, normas sanitarias y discursos inflamados, emerge un microcosmos de la polarización estadounidense. Aster convierte a Eddington en un espejo roto de América, un laboratorio donde se condensan las tensiones culturales de nuestro tiempo.
Entre la bioseguridad y la pseudolibertad
El filme abre con un paisaje árido y monolitico, más cercano a un western tardío que a la ciudad ficticia y mutante de Beau tiene miedo. La elección del suroeste no es casual: se trata del territorio donde la retórica de la “libertad individual” se ha vuelto trinchera contra cualquier mandato colectivo. La trama expone dos frentes ideológicos: quienes aceptan la disciplina sanitaria, y quienes la rechazan como imposición de un Estado cómplice de la ONU y la “ciencia oficial”. Aster no reduce esta oposición a demócratas y republicanos, sino que la presenta como un choque entre dos modos de habitar el mundo: los que se adaptan a los cambios —sociales, ambientales, culturales— y los que se niegan, aferrados a una mitología de la independencia primigenia.
En Eddington, negarse a usar tapabocas no es solo un gesto de rebeldía, es una declaración de identidad. La escopeta heredada, la sospecha contra los migrantes, la resistencia a lo global: Aster captura esa obstinación como síntoma de una pseudolibertad que enmascara comodidad y vanidad. La pandemia funciona como catalizador de un enfrentamiento mayor: aceptar el mundo en mutación o cerrarse los ojos como “orejas de pescado”.
Poderes invisibles y manipulación
El retrato no se queda en la superficie del enfrentamiento local. Aster sugiere, de manera amarga, que detrás de estas trincheras ideológicas actúan grandes emporios económicos y políticos. El pueblo se convierte en escenario de fuerzas globales que prefieren un mundo inmóvil antes que arriesgar la redistribución del poder. La resistencia a reconocer el cambio climático, la negación de la crisis migratoria, la perpetuación de desigualdades: todo ello aparece en la película como reflejo de un poder que manipula a los habitantes de Eddington, convertidos en marionetas involuntarias.
Este subtexto convierte a la película en sátira y tragedia a la vez. Las personas comunes terminan arrastradas a una guerra ideológica que las excede, convencidas de luchar por convicciones propias, cuando en realidad defienden los intereses de otros.
Una guerra desproporcionada
La narración avanza hacia una tercera parte disparatada: un estallido armado entre facciones ideológicas, una batalla más grande que el propio pueblo. Aster se permite la licencia del exceso: la violencia es tan desmesurada que roza lo grotesco. El clímax parece traído de los cabellos, pero su exceso tiene sentido dentro del proyecto: mostrar cómo la lógica de la improvisación ideológica puede desembocar en una guerra civil improvisada.
Las imágenes recuerdan tanto a un western desencajado como a un Dogville de Lars von Trier pasado por pólvora y delirio. La comedia amarga se funde con la farsa sangrienta. Aster parece decirnos que, en el Estados Unidos actual, el del asalto al Capitolio, las masacres escolares y las protestas urbanas, el del atentado fallido a Donald Trump y la violencia digital, la ficción no está tan lejos de la realidad.
Actuaciones y rostros de una nación
Joaquin Phoenix encarna al sheriff con una agresividad pasiva que condensa la frustración contemporánea: hombres en silencio hasta que el estallido los convierte en monstruos. Su interpretación, contenida y luego furiosa, se alinea con la línea de personajes rotos que ha cultivado en la última década.
Pedro Pascal, en cambio, se viste de alcalde en campaña, figura carismática pero funcional, atrapada en la máscara del político omnipresente. Si su presencia resulta algo agotadora por la sobreexposición mediática, cumple con lo que Aster le exige: un rostro reconocible que se desdibuja en la mediocridad del poder local.
Emma Stone, sin embargo, se lleva la película. Su rol como esposa depresiva y desencajada del sheriff aporta un contrapeso íntimo a la histeria colectiva. Su interpretación es un recordatorio de que Aster, incluso en clave política, sigue siendo un director obsesionado por la familia como lugar de fractura.
Incluso personajes menores —como Lodge, un habitante de calle que funciona como conciencia errática del pueblo— interpretado de forma desatada por Clifton Collins Jr. están dibujados con precisión y locura amarga. Vale añadir que el personaje de Vernon Jefferson Peak interpretado por Austin Butler que es como un líder de un culto, para mí lo podría haber hecho cualquier otro actor y no uno de los rostros consentidos de Hollywood hoy en día y no habría pasado nada. El resultado es un fresco coral donde cada figura encarna una faceta de la estupidez humana. Los ayudantes del sheriff, los activistas pro derechos y bioseguridad, los antifa, todos están jugando a ser soldados de esa guerra cultural y política a la que han sido convocados, sin tener ni la más mínima idea de lo que hacen. Y el que juega con fuego se quema.
Eddington como sátira western
En su superficie, Eddington es una comedia negra ambientada en pandemia; en su trasfondo, es un western siglo XXI: un pueblo, un sheriff, un alcalde, una comunidad al borde de la implosión. Aster sustituye las caravanas por caravanas de odio ideológico, los duelos por enfrentamientos de trincheras culturales. La risa amarga surge no de la ironía ligera, sino del absurdo humano de resistirse a lo inevitable.
La película podría representarse fácilmente en teatro, con decorados mínimos, como una opereta de la polarización. La bomba de combustible, la celda del sheriff, la oficina del alcalde: cada espacio funciona como escenario simbólico de un enfrentamiento universal. En este sentido, Aster retoma la radicalidad del teatro filmado, pero lo recubre con la fisicidad del western.
Conclusión: la trágica comedia de lo real
Eddington confirma la capacidad de Ari Aster para reinventarse. Si en su primera etapa fue el cronista de lo oculto y lo ritual, aquí se erige como satírico de lo político y lo social. Su mirada no es complaciente: el pueblo ficticio se convierte en un infierno cotidiano, un laboratorio de la estupidez humana, un espejo distorsionado de nuestra era.
La película tal vez carezca de la perfección formal de Hereditary o Midsommar, y su clímax disparatado puede descolocar. Pero esa misma desmesura encierra su verdad: la política actual es una comedia improvisada con consecuencias trágicas. Aster, con Eddington, filma la guerra cultural como farsa sangrienta y, al hacerlo, nos devuelve la imagen amarga de un país —y un mundo— al borde de su propia autodestrucción. Eddington de A24 es esa pequeña maqueta o micro sociedad que queda trastocada y dañada por la guerra cultural e ideológica de la que ha sido teatrino, donde en sus cenizas, se siguen reproduciendo dinámicas de falsos heroísmos y odios, algo muy propio de la historia fundacional de todo país.
Eddington ha recibido una acogida crítica aceptable, con reseñas que en general la consideran favorable pero sin entusiasmos desbordados, y aunque aún no ha ganado ningún premio importante ni tiene nominaciones confirmadas, sus cartas de cara a los Oscar estarían en categorías como Mejor Guion Original, Mejor Actor (con Joaquin Phoenix como candidato fuerte), Mejor Diseño de Producción, Mejor Cinematografía, Mejor Música o Banda Sonora, Mejor Edición y, si logra suficiente respaldo crítico y de taquilla, incluso Mejor Película, falta ver si la academia gringa del cine, acepta verse en este espejo roto, máxime cuando va a haber dos relatos en esta carrera, en la misma sintonía de caricaturizar la guerra civil en ciernes de Estados Unidos, con “Una batalla tras otra” (2025) de Paul Thomas Anderson.

