Desde Pasto —ciudad volcánica, de fuego, de rebeldía y amor territorial— brota una mirada que ha recorrido el mundo para mostrarnos que lo propio también es universal. En esta tierra donde la autonomía se respira en cada montaña y la cultura arde como el Galeras, Verónica Lasso —más conocida como Almaviva— regresa después de una década de viajes, imágenes e historias que capturó con su cámara en los rincones más diversos y asombrosos del planeta.
Pero este regreso no es una pausa: es un acto de compartir. Es traer al sur del sur las voces del mundo, los rostros de otros pueblos, la espiritualidad de culturas ancestrales y la energía viva de la naturaleza salvaje. En cada imagen, Almaviva nos recuerda que ver el mundo también es una forma de entendernos, de reconciliarnos con lo que somos, de aprender de quienes caminan distinto, pero sienten igual.

Un viaje que trasciende fronteras
Almaviva ha recorrido una vasta geografía: Brasil, Argentina, Perú, Uruguay, Bolivia, Chile, Ecuador; Asia con China; Norteamérica con EE. UU.; Oriente Medio con Egipto, Israel; y múltiples países africanos como Cabo Verde, Tanzania, San Tomé y Príncipe, Zimbabue, Zambia, Mozambique y Angola, entre otros. Entre fogatas bajo cielos estrellados en aldeas africanas, miradas profundas de babuinos en la selva, cascadas en territorios sagrados y retratos íntimos de pueblos que mantienen viva su espiritualidad, cada imagen suya es un fragmento de mundo, pero también un reflejo de lo humano que nos conecta.
Estas fotografías no son solo bellas; son preguntas. Preguntas sobre cómo hemos roto la armonía con lo natural, cómo hemos olvidado rituales, mitos, leyendas, cosmovisiones que nos enseñan otra forma de habitar el mundo.

Una mujer pastusa que inspira generaciones
Verónica Lasso no solo viaja, también deja huella cerca de casa. Retornar a Pasto después de tantos años de fotografías y encuentros quiere decir dialogar con su origen. Quiere compartir lo aprendido, lo captado, lo sentido. Para ella, tener raíces no es revertir hacia atrás, sino sembrar hacia adelante.
Ella se convierte en ejemplo para quienes sueñan con explorar, pero también para quienes creen que la mirada del mundo debe incluir el “afuera” sin dejar de reconocerse en lo “adentro”. Es un modelo de valentía creativa: de entender que una mujer de Pasto, de suelo andino, puede narrar con respeto los cielos africanos, las costas del Pacífico, los bosques amazónicos.
África, el Pacífico y la raíz compartida
Uno de los hilos más conmovedores de su obra es la conexión entre África y el Pacífico colombiano. Las culturas retratadas en Angola, Zimbabue o Tanzania resuenan con la memoria viva de nuestras comunidades afrodescendientes en Tumaco, Barbacoas o Guapi. Tambores, tejidos, rituales, gestos y silencios que parecen viajar por el mar para reencontrarse en la piel de otros.
Almaviva no busca exotizar; busca hermanar. Y en ese hermanamiento hay una propuesta ética: reconocernos en lo diferente, valorar lo ancestral, abrir espacios de diálogo entre culturas que han sido históricamente ignoradas o marginadas.
Volver a Pasto no es un punto final: es un inicio. Con dos exposiciones ya realizadas —una en la Casa del Artista Bitácora y otra en Moneta de la Universidad Mariana— Almaviva propone una conversación visual, una experiencia sensorial que invita a ver, sentir, y reflexionar sobre lo que nos une como humanidad.
En una ciudad históricamente resistente, profundamente creativa y feminista por vocación, su figura inspira a nuevas generaciones de mujeres a recorrer, narrar y mirar el mundo desde sus propios pasos. Ser mujer, ser pastusa, y ser nómada cultural, es también resistir y transformar.

Un llamado a reconectar y honrar la esencia
La obra de Almaviva no es solo fotografía: pone en tensión la desconexión humana con la naturaleza, la ruptura con las raíces ancestrales, la pérdida de rituales, de mirada contemplativa. Nos invita a detenernos: a honrar nuestra propia esencia, entender que somos parte de algo más grande.
Porque al ver sus imágenes —una jirafa en la sabana, un linaje de mujeres africanas, un cielo estrellado sobre una aldea remota— nos damos cuenta de que la belleza está en el vínculo, en el reconocimiento mutuo, en la memoria que se nutre de lo propio y de lo otro.
Imágenes que cuestionan, paisajes que enseñan
La obra de Almaviva no solo maravilla: interpela. Nos pregunta por qué nos hemos desconectado de la naturaleza, por qué hemos perdido la capacidad de observar sin invadir, de escuchar sin colonizar. Sus fotos no son “postales turísticas”, son mapas emocionales y culturales. Son memoria.
Un acto de regreso que siembra
Esta etapa de su trabajo marca un hito. No solo porque regresa con cientos de imágenes impactantes, sino porque las pone al servicio de la conversación, la educación y la inspiración colectiva. Su trabajo abre una puerta a nuevas maneras de ver el mundo: más sensibles, más conscientes, más conectadas.
Una imagen vale mil mundos
Verónica Lasso —Almaviva— ha logrado lo que pocos: hacer del viaje una forma de conocimiento, del lente una extensión del alma, y del arte un camino de vuelta a casa. En sus fotografías, Pasto se encuentra con África, el fuego con la tierra, lo íntimo con lo colectivo. Y en ese cruce, nace algo más grande: una narrativa que transforma, que inspira, y que nos recuerda que el mundo también se puede mirar desde el sur.


