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Después de los Clavijos

Por: José Luis Chaves López Desde mi viaje anterior a Guatarilla me había hecho el compromiso de averiguar qué sucedió en esa población y en Túquerres luego de la muerte de los hermanos Clavijo. Algo me decía que la historia que conocí anteriormente no concluyó con el final trágico para estos her…

Columnista Invitado·11 de julio de 2023·5 minutos de lectura
Después de los Clavijos

Por: José Luis Chaves López

Desde mi viaje anterior a Guatarilla me había hecho el compromiso de averiguar qué sucedió en esa población y en Túquerres luego de la muerte de los hermanos Clavijo.

Algo me decía que la historia que conocí anteriormente no concluyó con el final trágico para estos hermanos y que debía haber algo más. Me propuse conocer por qué nos cambiaron la historia y por qué los protagonistas de este episodio desaparecieron sin más, refundidos en la narración de las “gestas libertadoras” que tanto mal nos causaron y que de nada nos liberaron.

He aquí lo que averigüé. Dos grupos sociales confluían en esta región para esa época: en uno se encontraban los encomenderos, los recaudadores de impuestos para España y los eclesiásticos. En el otro grupo estaban los campesinos, los indígenas, los artesanos… en otras palabras: los que pagaban impuestos.

Francisca Cumbal y Manuela Aucu se encontraban en este último. No sólo eran indígenas, si no que eran mujeres y esto las determinaba como personas de “segunda” o hasta de “tercera” categoría. Quizá esa sea la explicación de por qué, a estas mujeres, que encabezaron las protestas contra las arbitrariedades de los encomenderos españoles y abrieron el camino hacia la independencia, las instituciones y los académicos las borraran de la historia.

Lo primero que descubrí es que ellas, contrario a lo que se piensa, no se sublevaron contra España si no contra los que ostentaban el poder en nombre del Rey. Su grito de protesta lo deja en claro: “Viva el Rey”, “Abajo el mal gobierno” y este “mal gobierno” estaba representado por el Virrey Espeleta, en concubinato económico y comercial con los hermanos Rodríguez Clavijo.

Estos hermanos oriundos de Cartago, muy cerca de Popayán, desde donde gobernaba el Virrey en ese momento, a través de artimañas políticas habían conseguido ser nombrados recaudadores de los impuestos “supuestamente” destinados al Rey. Esta relación con el Virrey incluía repartirse las ganancias con él, demeritar las acciones de las otras personas que aspiraban al cargo y denigrar de los opositores.

Espeleta, muy sagazmente, comprendió los beneficios que esta relación le representaba: el Rey estaba lejos, en España y ocupado en la guerra contra Francia, y los Clavijos también lejos, en Túquerres y Guaitarilla. Y, aunque para el año 1800 él ya no era Virrey (en ese momento ejercía Mendinueta), los “patacones” (como se llamaba en ese entonces a las monedas de oro) si los recibió y volvió a España a disfrutar de los conseguido.

Volvamos a lo que me contaron en Guatarilla. La protesta se inició en esta población  y luego se trasladó a Túquerres. En esa ciudad, después de dos días de revuelta y muertos dos de los hermanos Clavijo, Manuela volvió a Guatarilla mientras Francisca se quedó en Túquerres. Poco tiempo después, las autoridades, desde Popayán, ordenaron detener a Manuela y a Francisca y también a José Betancourt y a Lorenzo Piscal, promotores de la revuelta. Los enjuiciaron y condenaron y para ellos no valió defensa alguna. Los llevaron amarrados a la cola de un caballo hasta Pasto y allí los mataron y posteriormente los descuartizaron.

Para las mujeres fue diferente el castigo. Francisca fue condenada a cuatro años de destierro en Popayán y Manuela a ser azotada cada domingo, durante dos años, en la plaza de Guatarilla.

Para el tiempo en que escribo esta conversación con algunos habitantes de Guatarilla que me contaron lo antes narrado han transcurrido 201 años, pero sólo han cambiado las personas, pues las situaciones y condiciones siguen siendo las mismas. Los mismos y similares dos grupos sociales. Los que ostentan el poder lo utilizan para su beneficio personal y decretan reformas “tributarias” que tiene que pagar la “tribu”. Por eso, se llama así tribu…taria, mientras los caciques se benefician de lo trabajado por otros. La misma situación que originó la revuelta contra los hermanos Clavijo.

Y como todo sigue igual, tal parece que a Francisca y a Manuela no sólo las desaparecieron de la historia, si no que su gesta no consiguió mayor cambio para el futuro de la población de “segunda” categoría. Ya no es para el Rey para quien se recaban los impuestos si no para el beneficio particular de unos pocos, que con “promesas politiqueras” de apoyo e inversión para los más necesitados se apropian del esfuerzo y el trabajo de las gentes.

En conclusión, después de los Clavijos nada ha cambiado. Los pobres siguen siendo pobres y pagando tributos para que los que ostentan el poder siguen obteniéndolo para su beneficio.

Volviendo a la narración de mi viaje a Guatarilla, muchas de las personas con quienes conversé anhelan que vuelvan a surgir otras cuantas Manuelas y Franciscas que cansadas de las arbitrariedades eleven su voz de protesta y dignifiquen la vida y la labor de las comunidades de “segunda” y de “tercera categoría”. El clamor es general, pero la inquietud también, pues ya no se enseña, ni siquiera en las escuelas de la población, la historia de estas mujeres y las gentes temen que, con el transcurrir del tiempo, se pierda esa historia y su significado.

Lo acontecido en Guatarilla no puede ser como el resplandor de un fogonazo, que dura un momento y no más. Debe perdurar en la memoria de las gentes y de los pueblos como una forma de que los acontecimientos y su significado se mantengan vivos para las siguientes generaciones.

Termino con las palabras de uno de los ancianos de Guatarilla, don Víctor, escriba joven, me dijo: “lo que vivimos y lo que hacemos es lo único de valor que podemos dejarle a nuestros hijos y nietos, lo demás se evapora. Misia Manuela y misia Francisca, y su justo reclamo, no pueden desaparecer de nuestro corazón, ni de nuestra vida. Personas como usted tienen un compromiso con la historia para mantener vivo el recuerdo de lo que ellas hicieron y que no desaparezca y muera”.

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