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Derecho a la defensa

Por: José Luis Chaves López Es tiempo ya de reivindicar a un personaje controversial y a quien la historia ha vilipendiado por siglos. Su solo nombre genera repudio y rechazo, pues se lo asocia a traición y engaño. Pero, no es esa la realidad de lo acontecido con él. El verdadero porqué de sus ac…

Columnista Invitado·25 de septiembre de 2023·12 minutos de lectura
Derecho a la defensa

Por: José Luis Chaves López

Es tiempo ya de reivindicar a un personaje controversial y a quien la historia ha vilipendiado por siglos. Su solo nombre genera repudio y rechazo, pues se lo asocia a traición y engaño. Pero, no es esa la realidad de lo acontecido con él. El verdadero porqué de sus acciones demuestran lo contrario. Por eso, es momento de dejar de condenarlo sin juicio y de permitirle ejercer su derecho a la defensa.

Es sus propias palabras:

– Me llamo Judas; soy judío nacionalista y provengo de la tribu de Judá, quien fue el ancestro del pueblo judío y líder de las 12 tribus de Israel. Mi nombre significa, “Yaveh alabado”. Mis padres, Simón y Ciborea, decidieron darme este nombre para alabar al Todopoderoso por mi nacimiento, largamente esperado. Nací en una aldea al sur de Judea llamada Queriot. De ahí proviene mi sobrenombre: Iscariote. Mi nombre completo es Judas Leonardo Iscariote. Leonardo significa león, como se conoce a mi tribu. Soy entonces, el león de Judá y por lo tanto profundamente radical en mis creencias religiosas y nacionalista hasta la muerte, si es necesario. Por eso, mi rechazo a los invasores romanos es visceral. Por esta manera de ser mía, mis correligionarios solamente me dicen “Iscariote”, como si se tratara de mi nombre.

Al principio me molestaba porque esta palabra también significa “sicario” y yo no soy un asesino a sueldo y menos me vendo al mejor postor para matar. Yo defiendo la religión en la que nací y sigo fervientemente los mandamientos que recibimos por medio de Moisés.

Cuando escuché de un nuevo profeta en Israel decidí que debía conocerlo. Lo encontré en Galilea con unos pescadores y mucha gente que lo seguía y lo escuchaba con verdadero interés. Su manera de hablar y de mostrar a Yaveh tan cercano y decir que era su padre y nuestro padre era atrayente, pero peligrosa.

Los doctores de la Ley veían esta forma de hablar como una herejía. Como un pecado digno de muerte, pues no es posible hacerse semejante a Dios. Lo impactante era que él lo decía de una manera tan sencilla y novedosa que sorprendía, incluso a los mismos fariseos. Durante varios días me dediqué a seguirlo para escucharlo. Hablaba de un reino nuevo donde todos somos hermanos porque todos somos hijos del Padre.

Un día, de entre tantos y tantos que lo seguíamos, escogió a 72 y yo estaba entre ellos. Me llamó por mi nombre: “Judas, tú eres león de Judá, necesito que me acompañes”. Nunca esperé que se fijara en mí, pero lo hizo. Y, desde ese día, ese llamado me cambió la vida. Me fui volviendo cercano al maestro y como tengo habilidad para llevar cuentas, me encargó la bolsa común. Me nombró administrador del dinero del grupo.

Durante varios días, a los 72 que escogió, nos preparó de manera cercana y directa en los misterios del Reino de su padre. Luego, de dos en dos, nos envió a anunciar, la buena noticia como él la llamaba: “Dios es nuestro Padre”, a todos los pueblos y aldeas de Israel, a donde él pensaba ir.

Durante varias jornadas eso hicimos. Hablamos a la gente sobre el nuevo estilo de vida que el maestro propone. La gente, al principio, nos miraba con recelo y muchos pensaban que estábamos locos. El maestro nos dio poder para curar enfermos y expulsar demonios y así lo hicimos. Muchos necesitaban ser sanados y, sobre todo, liberados de la opresión moral que imponían los fariseos; los “hipócritas fariseos”, como les decía el maestro.

Terminada la misión que nos encargó volvimos con él. Le contamos lo que hicimos, las curaciones que realizamos y cómo los demonios huían espantados cuando los expulsábamos. Él nos llevó a Betania, a casa de sus amigos de Magdala, para que descansáramos un poco, porque eran tantos los que iban y venían que no teníamos tiempo ni para comer.

Luego que volvimos, siguió hablándonos del reino de su padre y de lo que nos esperaba después de su muerte. Debo reconocer que no lo entendí, o no lo quise entender. ¡Esto no podía ser posible! Él no podía morir.

Un día, mientras reposábamos a la sombra de unos olivos, nos dijo que subiría a la montaña para pasar la noche en oración, que volvería al día siguiente. Nos miramos sorprendidos porque no comprendíamos qué significaba eso. Lo vinimos a entender unos días después. Cuando se hizo de día, el maestro bajó de la montaña; a 12 del grupo nos llamó por el nombre y a partir de ese día nos volvimos sus discípulos y empezamos a dedicar el tiempo a escucharlo y a aprender de su sabiduría. Lo vimos realizar signos prodigiosos con los enfermos y, hasta, resucitar muertos.

Por el encargo que me hizo como administrador del dinero común, me volví uno de sus predilectos y, casi, su confidente. No quiere parecer presuntuoso, pero cuántas horas pasamos hablando de la misión que el Padre le encomendó y de sus temores y angustias a medida que iba descubriendo la exigencia de lo que le esperaba.

Tuvimos días difíciles. Los enfrentamientos que el maestro mantenía con las autoridades judías se volvieron cada vez más frecuentes. Varias veces estuvieron a punto de apedrearlo y de apedrearnos a todos los que estábamos con él. Pero, también momentos de satisfacción al ver cómo la gente lo recibía cuando llegábamos a un pueblo o aldea. Curaba enfermos, sanaba espíritus y perdonaba pecados. Como nos había dado el poder de hacer lo mismo, curábamos y expulsábamos demonios mientras el maestro predicaba.

Sin embargo, llegó el momento de subir a Jerusalén porque él nos recordaba siempre las Escrituras: “no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén”. Yo le pedí que no lo hiciéramos, que era peligroso. Podían arrestarlo, incluso matarlo, pero no me quiso hacer caso y me recordaba los escritos sagrados.

– “¿Es que quieres morir?”, le reclamé exaltado en alguna oportunidad. Me miró con dulzura y respondió

– “Lo que hago ahora tú no lo comprendes, lo entenderás cuando resuciten los muertos”.

Menos entendí, pero mi confianza en él era absoluta. Y, contra nuestras peticiones, porque Pedro también se lo dijo, fuimos a Jerusalén. Cuando llegamos, como judíos piadosos, lo primero que hicimos fue ir al Templo, a presentar nuestras ofrendas y hacer nuestras oraciones a Yaveh.

Pero, sucedió lo que temíamos. Apenas nos descuidamos un momento y ya estaba metido en problemas. Escuchamos gritos y alboroto y ruido de cosas que caían. En la plazoleta, el maestro increpaba a los cambistas: “ustedes han convertido la casa de mi Padre en cueva de ladrones”. Les tiró las mesas y les esparció las monedas. Como el altercado arreciaba, rápidamente me coloqué a su lado para protegerlo. Pedro, Santiago y Juan abrieron paso entre la gente para sacarlo del Templo y se volvieron a Betania.

Yo me quedé en Jerusalén comprando algunas cosas que nos hacían falta y otras que requería el maestro. Mientras estaba en el bazar vi acercarse a la guardia del Sanedrín que se dirigía hacia mí. Me llené de temor porque esto nada bueno presagiaba, y estaba en lo cierto. El comandante de la guardia se acercó y me dijo: “traigo información de Jairo; lo espera a lo hora sexta en la puerta de las ovejas. Venga solo”. Yo sabía quién era Jairo y lo que había escuchado de él no era muy bueno. Era un miembro eminente del Sanedrín, junto a Anás y Caifás. Con temor asistí al Templo a esa hora.

Supuse que el encuentro involucraba al maestro pues sabía que su vida corría peligro, pero nunca imaginé lo que el fariseo me diría. La guardia me intimidaba, así que solamente me limité a escucharlo. “Sé de buena fuente que los saduceos buscan matar a tu maestro”. Me dijo. Esto no era nuevo, pero lo que dijo a continuación me dejó perplejo. “Quiero salvarle la vida y sé que tú también”. “Te propongo que facilites que mi guardia pueda protegerlo. Lo tendremos en custodia para evitar que lo maten mientras tú arreglas cómo sacarlo de Jerusalén”.

Me quedé sin palabras. Cuando pude hablar le pregunté: “¿me está proponiendo entregar al maestro?” Me respondió: “si quieres llamarlo así…”. “Tú eres muy cercano a él y supe, por mis informantes, que te tiene mucha confianza, no dudará de ti”. “Pero…”. No alcancé a decir nada más, pues me cortó tajante: “nada de peros. O, me lo entregas para protegerlo o muere”. “Es tu decisión”.

Yo amo profundamente al maestro, pero el dilema que se me presentaba me superaba. Si no lo entrego lo pueden matar; si lo entrego soy un traidor. Jairo me sacó de mis pensamientos. “Sé que organizar lo que necesito que hagas requiere dinero. Te vamos a dar 30 monedas de plata para que dispongas lo necesario”. “Uno de mis hombres se encontrará contigo y tú le dirás lo que has planeado, le indicarás cómo vas a hacerlo, el día y el lugar”. “Si me engañas te atienes a las consecuencias.

Quedé sin palabras. ¡Qué conflicto!

Jairo y la guardia se marcharon. Me sentí absolutamente abrumado. Regresé paso a paso hacia Betania. Los sentimientos se atropellaban en mi espíritu y no encontraba sosiego. Cuando llegué a la casa no podía ni mirar al maestro. Me senté lejos de todos y tampoco quise comer lo que Martha me ofreció. El maestro percibió mi confusión; se acercó hasta donde yo estaba y me indicó que saliéramos. Nadie vio extraño esto porque él siempre se reunía conmigo para encargarme lo que había qué hacer o lo que había que comprar. Pero, esta vez sería distinto el motivo de nuestro encuentro.

Sin hablar, pues no lo necesitaba, me interrogó. Yo sabía que algo percibía. “Maestro, un miembro del Sanedrín me buscó para proponerme que te salvara la vida, pues te quieren muerto, y que para esto debía entregarte a ellos. Como muchos te quieren desaparecer, Jairo ofrece protegerte para salvaguardarte”. “No sé, no sé…”. “Tú sabes que te quiero y busco cuidarte, pero temo que sea un engaño”.

Puso su mano en mi hombro y habló: “mi Judas, mi buen amigo, tú sabes que te escogí porque estoy seguro que no me fallarás”. “Estás inquieto y lleno de dudas y eso es bueno porque la duda te lleva a plantearte opciones y sé que la que menos consideras es traicionarme”. Sus tranquilizadoras palabras sosegaron mi espíritu. “¿Qué hago, maestro?” “Si no te entrego, te matan y me matan a mí, pero si te entrego no sé qué pasará contigo”. “Desconfío de Jairo”. “Judas, haz lo que tienes que hacer. Es necesario cumplir la voluntad del Padre”. “Yo también tengo temores, no de Jairo, si no de no ser capaz de hacer lo que el Padre planeó”.

Quedé perplejo; sólo atiné a decir: “maestro, tu muerte no es una opción”. “Tienes razón, Judas, no es una opción, es una decisión”. Recuerdo que recalcó esta última palabra. Y continuó: “Tú tienes que hacer tu parte para poderla llevar a cabo”. No quería contradecir al maestro, pero no podía aceptar esa petición. “No te entregaré, maestro…”. “Ya te dije…”, me cortó, “…no es una opción, es el único camino”. “Entiende que no me estás traicionando, no me estás fallando”. “Sólo estás cumpliendo tu parte en el plan divino”.

Pasó su brazo sobre mis hombros y volvimos a la casa. Como dije, nadie vio extraño esta charla, puesto que el maestro siempre me hacía encargos y pedidos para el grupo.

Unos días antes de Pascua, un guardia del Sanedrín se “cruzó” conmigo, me entregó una bolsa con el dinero ofrecido y me preguntó qué había organizado. Le respondí: “el maestro me solicitó comprar lo necesario para preparar la comida de Pascua”. “Y, luego de esta, siguiendo su costumbre, iremos a hacer oración al huerto de los Olivos”. “Esa será la oportunidad adecuada”. “Te pido que lo protejan como me aseguraron, no puede morir sin cumplir la voluntad de Yaveh”. No me respondió, me miró casi con desprecio; volvió a colocar la bolsa del dinero en mis manos y se marchó.

El maestro había solicitado adelantar la cena de Pascua. Sólo yo sabía sus motivos. Él temía que si el tiempo pasaba no fuera capaz de aceptar su destino. Lo que sucedió durante esa cena y lo que pasó luego es conocido de todos. Cómo finalizó todo también es conocido. La guardia del Sanedrín no protegió al maestro, lo apresó y eso no era lo convenido. Al día siguiente lo crucificaron. Jairo me engañó; él fue quien me traicionó y traicionó al maestro. ¡Yo quería proteger su vida y lo mataron! Sé que no traicioné al maestro y él sabe que no lo hice, pero todo muestra lo contrario. Él me confió sus secretos y temores sobre la voluntad del Padre, pero yo no termino de aceptar que esa fuera la decisión de Abba (querido papá, como el maestro le decía). El resto de lo historia ya lo conocemos.

Hoy es el primer día de la semana y algunas mujeres de nuestro grupo nos sorprendieron diciendo que lo habían visto vivo. No les creo, yo lo vi morir. Mi decisión también está tomada. Estoy en la sala del Sanedrín y busco hablar con Jairo. La muerte no era lo convenido. No quiere salir para hablar conmigo; espero un poco e insisto con la guardia para que lo llamen. Pasa el tiempo y no lo hace. Fuera de mí, dolido hasta mi espíritu por el engaño, dije unos cuantos improperios. Arrojé las monedas y salí del Sanedrín.

Mi maestro está muerto, y aunque sé que no lo traicioné, mi vida ya no tiene sentido sin él. También moriré, no puedo más con esta culpa. Tengo una cuerda para dar fin a mi propio desastre.

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