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De la mierda, las tripas de Dios.

(Tomado del libro *HISTORIAS TRAS LA HISTORIA* – Abril de 2009). https://cnnespanol.cnn.com/…/muere-escritor-checo…/ Milan Kundera en su libro La insoportable levedad del ser nos confiesa una de sus obsesiones: el asco por la mierda y por lo humano: “Cuando yo era pequeño y hojeaba el Antiguo Tes…

Pablo Emilio Obando Acosta·7 de agosto de 2023·10 minutos de lectura
De la mierda, las tripas de Dios.
(Tomado del libro *HISTORIAS TRAS LA HISTORIA* – Abril de 2009).
Milan Kundera en su libro La insoportable levedad del ser nos confiesa una de sus obsesiones: el asco por la mierda y por lo humano:
“Cuando yo era pequeño y hojeaba el Antiguo Testamento adaptado para niños y adornado con grabados de Gustav Doré, veía a Dios sobre una nube. Era un anciano, tenía ojos, nariz, una larga barba y yo me decía que, si tenía boca, debía comer. Y si come, también tenía que tener tripas. Pero aquella idea me asustaba porque, aunque era hijo de una familia más bien no creyente, sentía que la idea de las tripas de Dios era una blasfemia”.
Las tripas de Dios, imagen que nos ha perseguido durante gran parte de nuestra vida. En nuestra adolescencia fue una obcecación que nos impidió disfrutar de un número considerable de mujeres bellas. Las veía hermosas, altas, rubias y deliciosas, pero en el momento definitivo no podía evitar el imaginarlas defecando en el sanitario. Las miraba horrendas, sucias, asquerosas al punto de encerrarme en mí para no perturbarme.
Pero aún en mí encontraba las tripas de Dios, en mi obligada necesidad de sobrevivir, de existir, así sea como una babosa arrastrándose entre los días; me encontraba en mis momentos más íntimos y solitarios, en esa abrumadora confusión de instantes que llamamos vida.
“Sin ningún tipo de preparación teológica, espontáneamente, comprendí desde niño la incompatibilidad entre la mierda y Dios y, de ahí, cuán dudosa resulta la tesis básica de la antropología cristiana según la cual el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Una de dos: o el hombre fue creado a semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece”.
No nos parecemos a Dios, nos reflejamos en las bestias de la naturaleza, que se consumen unas a otras para luego defecarse, para convertirse mutuamente en orines o en mierda; somos seres que necesitamos de la mierda, de las tripas, de los cientos de órganos que se conjugan en la producción de mierda. Somos seres que al final de cuentas, al término de sus días terminamos convertidos en simple polvo luego de que la mierda ha sido consumida.
Dios no tiene tripas porque entonces tendría mierda, estaría ocupado por cientos de músculos que convertirían todo cuanto toque o piense en mierda. Ni Dios es semejante al hombre, ni el hombre es la imagen de Dios. El hombre es hombre a semejanza de la mierda que se transforma en un ciclo eterno en la naturaleza.
“Los antiguos gnósticos lo sentían igual que yo cuando tenía cinco años. Valentín, gran maestro de la Gnosis en el siglo segundo, decía para resolver este enrevesado problema que Jesús comía, bebía, pero no defecaba”.
Porque defecar es avergonzarse, es saberse inferior en la creación. Dios condenó a Adán a defecar por los siglos de los siglos, hasta que la mierda se consuma. Al comer la Manzana, Adán hizo uso de su parte animal, de su sentido animalesco que se instaló en sus entrañas poseyéndolo como una pesada condena de la cual nunca podrá sacudirse. Cristo no defecaba, y asunto arreglado: era Dios en su máxima pureza y eso lo hacía digno ante nuestros ojos manchados por la contaminante vista de nuestros propios excrementos.
“La mierda es un problema teológico más complejo que el mal. Dios les dio a los hombres la libertad y por eso podemos suponer que al fin y al cabo no es responsable de los crímenes humanos. Pero el único responsable de la mierda es aquél que creó al hombre”.
Ni el mal es comparable a la mierda. En nuestra conciencia es aceptable el mal, se puede convivir con él al punto de traducirse en normas y códigos que regulan nuestra conducta. Pero la mierda no es codificable, ni sancionable. Es ella misma una sanción a una trasgresión a un creador. Es un problema teológico serio y comprometedor de la especie que nos sacude hondamente cada vez que tenemos que enfrentarnos a nosotros mismos. La mierda, ese producto nuestro que sale de nuestras entrañas y en el cual está comprometido el designio individual y colectivo de especies, culturas y pueblos.
Somos los únicos en la naturaleza conscientes de que defecamos. No son los pensamientos, ni las manifestaciones artísticas o culturales del hombre o sus filosofías y creaciones los hechos que nos vuelven peculiares: es el hecho de defecar lo que nos obliga a volvernos seres interesantes. Creamos para alejarnos de la mierda que nos rodea, pensamos para evadirnos de una realidad que nos convierte en simples humanos que necesitamos escondernos, encerrarnos para defecar.
Continúa Kundera:
“Mientras se le permitió al hombre permanecer en el paraíso, o bien (al modo de Jesús, según afirmaba Valentín) no defecaba o, lo cual parece más probable, la mierda no se entendía como algo asqueroso. Cuando Dios expulsó al hombre del paraíso, hizo que conociera el asco. El hombre empezó a ocultar aquello de lo que se avergonzaba y, cuando levantó el velo, le cegó un resplandor. De ese modo conoció, inmediatamente después del asco, la excitación. Sin mierda (en sentido literal y figurado) no existiría el amor sexual tal como lo conocemos: acompañado de palpitaciones del corazón y ceguera de los sentidos”.
Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del water!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.
Si, somos leves en nuestra condición, frágiles, discretos y arrogantes. La mierda es la nueva teoría de clases y el discurso para las nuevas generaciones. No existe una mierda culta o una mierda elitista, toda mierda es mierda. Es simplemente mierda por su contextura y olor, por su disponibilidad existencial que nos hermana en la vergüenza.
Friedensreich Hundertwasser considera a la mierda como una cultura – sagrada:
“la vegetación ha tardado millones de años en cubrir la escoria y las sustancias tóxicas con una capa de humus, una capa de vegetación y una capa de oxígeno, para que el hombre pueda vivir en la tierra, pero el hombre es un desagradecido y vuelve a traer a la superficie de la tierra la escoria y las toxinas, que el cosmos había cubierto con tanto mimo. Así, ese acto atroz de irresponsabilidad humana, hace del final del mundo algo semejante al principio de los tiempos. Nos estamos suicidando. Nuestras ciudades son úlceras cancerosas”.
Nos estamos suicidando con nuestra propia mierda. Convirtiendo nuestras ciudades en grandes cementerios de mierda que tarde o temprano resucitarán para cobrar venganza. Nuestros alimentos son producto de la defecación de otros seres. Somos un problema ecológico que está matando la tierra, consumidores de excrementos para mantener la sagrada vida, humus de mierda que alimenta la savia de nuestras plantas.
“Nuestros excrementos, nuestros desechos, son llevados lejos, con lo cual contaminamos ríos, lagos y océanos, o los transportamos a depuradoras muy complejas y costosas (y, solo en raras ocasiones, a plantas centralizadas de descomposición), o son eliminados. La mierda nunca vuelve a nuestros campos. Ni a los lugares de donde proceden nuestros alimentos. El ciclo que va de los alimentos a la mierda funciona. El ciclo que va de la mierda a la comida se ha roto. Tenemos una idea falsa de nuestros desechos. Cada vez que accionamos la cisterna en el WC, porque creemos que eso es higiénico, estamos violando las leyes cósmicas. Porque, en realidad, se trata de un acto impío, de una muerte gratuita”.
El objetivo es arrojarle la mierda al país vecino para que la consuma. Y si esa mierda va a parar a un país pobre e independiente mucho mejor. Al fin y al cabo su comida es su comida, sus alimentos son sus alimentos y el ciclo que va de la mierda a la comida se ha perfeccionado en la economía mundial. En los otros países, en los opulentos, se produce con tecnología de punta donde no se involucra a la mierda. Las úlceras cancerosas no son para ellas, son para nosotros, que además de comer mierda, consumimos alimentos excrementizados. Un nuevo ciclo inventado por el hombre e incorporado a los procesos productivos de la naturaleza, ya no van los alimentos a la mierda, va la mierda a los alimentos generando una rata de productividad para las transnacionales que todo lo pueden hasta el santo milagro de hacer de la mierda un rentable negocio.
“Cuando vamos al WC, y nos encerramos y accionamos la cisterna sobre nuestra mierda, firmamos y sellamos el asunto. ¿De qué nos avergonzamos? ¿De qué tenemos miedo? Lo que ocurre realmente con nuestra mierda después, es algo que ignoramos, como la muerte. El fondo de la taza es una puerta abierta a la muerte; solo pensamos en largarnos lo más rápidamente, en olvidar la decadencia y la putrefacción. Pero estamos muy equivocados. Porque la vida empieza con la mierda. La mierda es mucho más importante que los alimentos. Los alimentos solo nutren la humanidad, que se reproduce a una escala masiva, que disminuye en calidad y que se ha convertido en una amenaza mortal para la tierra, en una amenaza mortal para la vegetación, el mundo animal, el agua, el aire y la capa de humus…”.
La vida, que no la humanidad, depende en su totalidad de la mierda, de las excrecencias que se suceden continuamente en un juego absurdo de la existencia. La mierda sagrada que nos produce repugnancia es la base de la creación, el maná sagrado que tanto buscaban los elegidos. La mierda que en un juego inacabable se transforma para simplemente continuarse. La mierda es sagrada y ante ella deberíamos postrarnos en reconocimiento a sus bondades divinas. Mierda que evitamos pero que en todas partes encontramos. Mierda sin altar como dios sin devotos, aquella que un día nos cobrará con creces nuestros olvidos, mierda que la envilecemos y la agraviamos en nuestro loco intento de parecernos a los dioses. Mierda sagrada que todo lo puedes, que sobrepasas en importancia a todo lo existente y que sin embargo continuamente te evitamos. La vida empieza con la mierda, se mantiene y se sucede.
“Pero la mierda es la base de nuestra resurrección. Desde que el hombre es capaz de pensar ha buscado la inmortalidad. El hombre desea tener un espíritu. La mierda es nuestro espíritu y la mierda nos permite sobrevivir. La mierda nos hará inmortales…”.
Si, en la mierda está el destino de la humanidad. No en vano Freud afirmaba que soñar mierda era un buen augurio por cuanto significaba oro. Pasolini hace comer mierda a sus actores en una película, simbolizando con ello el inicio de un nuevo ciclo. Si comer es importante, pues cagar también, y no es bueno aquello que entra por nuestra boca sino lo que sale de nuestro cuerpo porque es el fin trágico de un ciclo incompleto. “Rezamos antes y después de cada comida. Nadie reza cuando caga…”. Gog, el creador de Pappini, afirmaba sin rubor alguno que el hombre debería comer solo, sin testigos, encerrado en un pequeño cuarto, de la misma manera que lo hace cuando defeca.
Al fin y al cabo estamos inmersos en la mierda. Nos rodea, la palpamos, la tocamos, la llevamos en nosotros y la retenemos cuando no queremos expulsarla. Mierda santa que estas en nuestros intestinos, bendita sea tu descendencia, venga a nosotros tus favores, hágase en la tierra como en nuestro culo, no seas nunca nuestra tentación y líbranos de tu presencia ante nuestra amada. Mierda santa que nos tiranizas cada día, que al fin entendamos que tú eres la vida y que en ti nacen nuestras resurrecciones.
Publicado en Revista Cultural Asterion XXI, número 6 – http://www.asterionxxi.com.ar/
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