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Cuento polifónico “El Gavilán”

Por: Oscar Seidel y Daniel Ghisani Aníbal, un desocupado, un bueno para nada, vio el aviso de búsqueda de chofer. Cuando se presentó a la mansión, lo atendió el mayordomo con cara de pocos amigos y le pidió que aguardara. Apareció una mujer vieja y fea que muy compungida, le explicó que el auto de

Oscar Seidel·9 de febrero de 2022·3 minutos de lectura
Cuento polifónico “El Gavilán”

Por: Oscar Seidel y Daniel Ghisani

Aníbal, un desocupado, un bueno para nada, vio el aviso de búsqueda de chofer. Cuando se presentó a la mansión, lo atendió el mayordomo con cara de pocos amigos y le pidió que aguardara.

Apareció una mujer vieja y fea que muy compungida, le explicó que el auto de la casa estaba hace meses sin usar porque su esposo había enfermado gravemente, pero, que vistas las circunstancias de que él ya no volvería a manejar se hacía necesario contratar chofer. Entonces, arregló los honorarios, y al día siguiente Aníbal comenzó a trabajar.

Ya en la mansión, Aníbal descubrió a partir de los dichos de una mucama muy chismosa que, el marido estaba desahuciado y en coma desde hace tiempo, el matrimonio no tenía descendencia y poseía una fortuna incalculable.

Entonces, Aníbal elucubró un plan: seducir a la esposa con el propósito que, cuando ocurriese lo inevitable, él se convertiría (en el peor de los casos por sólo por algunos pocos años) en el nuevo esposo. La tarea no le era fácil puesto que las pocas veces que rondó por la casa generalmente lo hizo acompañada por el mayordomo, al que era evidente, no le caía nada bien.

La indiscutible fidelidad de la dama sería un obstáculo para las intenciones non santas del chofer, pero éste no cedió en su plan. Un día, encontró un momento propicio: había llevado a la esposa a hacer unas compras y eso dio pie a una charla en el auto donde descubrió a la mujer sonrojándose varias veces. Al bajar en el garaje, el chofer se la jugó a “todo o nada” y a pesar de la repugnancia que le daba la fealdad de la señora, la arrinconó y logró vencer su resistencia. Subieron por un pasillo que llevaba al cuarto de invitados, y se consumó el acto con una pasión febril por parte de la señora. Al terminar, la dama se cambió compungida, y de su boca salió un comentario:

– Aníbal, eres un fuego, nunca había sentido algo así…pero, no puedo traicionarlo.

El chofer temió que esa vez fuese la última. Sin embargo, al día siguiente la propia mujer buscó una excusa para volver a salir y el acto se repitió, así durante una semana, y siempre al finalizar el encuentro la señora se angustiaba a pesar de lo mucho que gozaba, y vertía el mismo comentario culposo:

-Me encanta como lo haces… no resisto a la tentación, pero, no puedo traicionarlo así.

El día siguiente, ocurrió lo esperado: el señor de la casa falleció, hubo revuelo, y el chofer pasó esa noche pensando que el escollo que lo separaba del deseo de la mujer había desparecido, y le quedaba el campo libre para dar el golpe final a su plan. El entierro sería al día siguiente.

Por la mañana, la viuda lo llamó para decirle que a las 10 horas se armaría el cortejo y que él sería el encargado de llevarla. Aníbal la notó tensa y algo esquiva en su mirada. A la hora exacta, estacionó el lujoso auto frente a la explanada, y la mujer vestida de negro bajó acompañada de su mayordomo. Contra lo que pensaba, ambos se sentaron en el asiento trasero. Cuando arrancaron, por el espejo retrovisor, Aníbal vio como el brazo derecho del mayordomo se cruzó detrás de la espalda de la viuda, mientras lanzaba una sonrisa sarcástica dirigida directamente a él.

Entonces, entendió todo…

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