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Cultura

Cuando la poesía se lleva en la sangre

Pablo Emilio Obando A. Hay presencias que no se desvanecen con el tiempo, voces que permanecen suspendidas en la memoria como un eco cálido, íntimo y necesario. Así es la poesía cuando se lleva en la sangre: no es un ejercicio ocasional, sino una forma de habitar el mundo, de nombrarlo y de senti…

Pablo Emilio Obando Acosta·29 de marzo de 2026·3 minutos de lectura
Cuando la poesía se lleva en la sangre
Pablo Emilio Obando A.
Hay presencias que no se desvanecen con el tiempo, voces que permanecen suspendidas en la memoria como un eco cálido, íntimo y necesario. Así es la poesía cuando se lleva en la sangre: no es un ejercicio ocasional, sino una forma de habitar el mundo, de nombrarlo y de sentirlo con hondura. En mi hogar, la poesía no fue un lujo ni un adorno; fue, sencillamente, una manera de vivir. Y en el centro de ese universo luminoso estuvo siempre mi madre, Lucía Acosta de Obando.
Recordarla es evocar la imagen de una mujer rodeada de libros, de silencios fecundos y de palabras que cobraban vida en su voz. No declamaba: encarnaba cada verso, lo respiraba, lo hacía suyo hasta convertirlo en una experiencia compartida. Había en su decir una sensibilidad tan profunda que lograba conmover incluso a quienes no frecuentaban la poesía. Su palabra no era solo técnica o memoria; era emoción, era verdad.
Particularmente imborrable es su homenaje al poeta nariñense Luis Felipe de la Rosa, “Zarza Roja”. En aquella declamación, mi madre no solo interpretó un poema: reconstruyó un espíritu. Logró transmitir la nostalgia del poeta en la distancia, su añoranza por la tierra natal, ese llamado íntimo y doloroso que se eleva desde el exilio hacia el hogar perdido. Cada palabra vibraba con una intensidad tal que parecía devolvernos, por un instante, al corazón mismo de esa ausencia.
Ese nivel de comprensión poética no surge de manera casual. Era fruto de una vida cultivada en el amor por la palabra, en la disciplina de la lectura y en una sensibilidad que encontraba en la poesía su cauce natural. En casa, las tertulias literarias no eran un evento extraordinario: eran parte del ritmo cotidiano. La poesía era la invitada de honor, y alrededor de ella se tejían conversaciones, silencios compartidos y descubrimientos que enriquecían el espíritu.
Pero Lucía Acosta de Obando no fue únicamente una mujer de sensibilidad artística. Fue también una mujer de carácter, nacida en Linares, que supo abrirse camino en una época en la que la voz femenina apenas comenzaba a ser escuchada en los escenarios públicos. En la década de los sesenta, cuando la participación política de la mujer era limitada y, en muchos casos, desalentada, ella decidió dar un paso adelante y aspirar a la Asamblea Departamental de Nariño. Le faltaron apenas diecisiete votos para alcanzar ese propósito, pero su gesto dejó una huella imborrable: la certeza de que la mujer podía y debía participar, opinar, proponer y transformar.
Esa misma convicción que la llevó a la arena política fue la que sostuvo su amor por la poesía. En ambos espacios, su voz fue auténtica, firme y profundamente humana. Supo demostrar que la cultura, el arte y la sensibilidad no están reñidos con la acción ni con el compromiso social; por el contrario, son su fundamento más noble.
Hoy, cuando el ruido parece imponerse sobre la palabra y la prisa desplaza la contemplación, se hace urgente volver a esos espacios donde la poesía tenía un lugar privilegiado. Volver a las tertulias, a la lectura en voz alta, al encuentro alrededor del libro y del verso. Recuperar la poesía en los hogares, en las instituciones educativas, en la radio y la televisión, no como un adorno cultural, sino como una necesidad del alma.
Porque la poesía, cuando se vive de verdad, nos transforma. Nos hace más atentos, más sensibles, más humanos. Nos enseña a mirar con profundidad y a escuchar con respeto. Nos recuerda que la belleza y la emoción siguen siendo posibles, incluso en medio de las dificultades.
La voz de mi madre sigue resonando en esa memoria viva que no se apaga. En cada verso que ella declamó hay una invitación a no olvidar, a rescatar lo esencial, a creer nuevamente en el poder de la palabra. Que su ejemplo nos convoque a devolverle a la poesía el lugar que merece: el de guía silenciosa hacia un mundo más culto, más civilizado y, sobre todo, más sensible.
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