Por: José Luis Chaves López
Mientras iba de camino pasé por la Academia y pensé en mi maestro Aristocles. Las vicisitudes que atravesaba en este momento mi patria me llevaron a anhelar volver a hablar con él, como ya lo habíamos hecho en otros momentos cuando necesité de sus sabias palabras para iluminar mi espíritu y mi decisión. ¡Qué oportuno seria escuchar sus reflexiones y enriquecerme con sus comentarios!
Ni siquiera alcancé a expresar mi deseo cuando, prácticamente, se materializó a mi lado y siguió caminando a mi ritmo. Me acordé de los estudiantes peripatéticos de los que me había hablado y eso era lo que parecíamos; aunque a las personas que me miraban ´hablar solo´ tal vez les parecía que algo no estaba bien conmigo.
– Maestro, lo saludé, mientras inclinaba levemente mi cabeza hacia él como reconocimiento de mi pequeñez ante su sabiduría y grandeza como persona.
– Hijo, me dijo, y correspondió a mi saludo inclinando él también la suya. Maravilloso tener otra charla contigo. Siempre te he considerado mi discípulo predilecto.
– Honor que me hace maestro. Pero, no fue para recibir elogios que deseé hablar con usted. Ante la situación álgida por la que pasa mi país necesito escuchar sus sabias palabras. Sin embargo, en este diálogo no será usted quien pregunte, seré yo quien lo haga y, le ruego, me tenga paciencia, pues no quiero incomodarlo.
– Nunca lo haces; por el contrario, cuando preguntas me das la oportunidad de revitalizar mi pensamiento y reordenar mis ideas.
No sabía cómo empezar, pues no quería parecer ansioso e ignorante, aunque lo era en ambos aspectos.
– Maestro, el ejemplo del barco y la necesidad de encontrar quien lo gobierne que usted menciona en el libro VI de “La República”, es la imagen precisa que describe la situación en que vivimos, necesitados de quien nos lleve a buen puerto. Pero, quiero preguntar sobre el punto final de ese diálogo. ¿Por qué considera que la democracia es la peor forma de gobierno, si fueron sus compatriotas quienes la implantaron?
– Vamos por partes, nosotros teníamos una democracia directa, pero, esa forma de gobierno representaba un problema porque casi todas las decisiones, que había que tomar, se tornaban en interminables referendos, lo que hacía muy lenta la labor del legislativo.
– Entonces…
– La supuesta democracia, que en el fondo es únicamente la oportunidad de que el pueblo elija, sirve para controlar, desde el gobierno, una multitud, pero, para nada más. En conclusión, la democracia emigra o evoluciona o se convierte, lo que tú quieras escoger, en un ´caldo de cultivo´ para demagogos que la ponen en peligro.
– Eso se me hace familiar. Entonces, el pueblo sólo vota para elegir, pero no para decidir. ¿Correcto?
– Es cierto, por eso eres mi discípulo. Estos demagogos, con la disculpa dizque de trabajar por el pueblo, se apoderan de la multitud (de la turba es una expresión más gráfica) que se les vuelve ciegamente obediente, mientras llaman corruptos a sus ´pares ricos´. En este momento comienzan los choques y dificultades, la sociedad necesita élites y despreciarlas es peligroso.
– Entonces, maestro, ¿cuál es la mejor forma de gobierno? En el ejemplo del barco que necesita conducción, usted menciona que no se debe votar para elegir al piloto, sino escoger a alguien experimentado, que sepa cómo hacer las cosas. Eso sería una aristocracia. ¿Es así?
– Si. Tienes razón en todos los puntos anteriores. Estoy en medio del océano, tengo problemas con el barco… ¿convoco a los pasajeros a votar para escoger un piloto? Claro que aparecerán candidatos y los electores se pueden sentir influenciados a elegir por características que nada tienen que ver con la pericia para conducir el barco, por ejemplo, su apariencia, su facilidad para hablar o sus orígenes humildes. Eso no sirve, se necesita estar cualificado para gobernar un barco.
– Por eso los aristócratas son los adecuados.
– Así es. Recuerda que aristocracia significa “el gobierno de los mejores”. El que está preparado, no el que aparece aprovechando la emoción de la gente o buscando compasión o con la promesa de romper con las élites.
– Justamente eso iba a decir. Esta posición es elitista, es clasista.
– Totalmente. Las sociedades necesitas clases. Las supuestas igualdades que proponen gobiernos socialistas, comunistas, progresistas, como los quieras llamar, no funcionan en la vida real. El problema no está en las clases sociales, si no en las desigualdades económicas que una aristocracia puede minimizar.
– Maestro, ¿minimizar? ¿Eso es posible?
– Por supuesto, estas personas se pasarán su vida preparándose para ser líderes, luego se encargarán de dirigir el gobierno y, como están preparados, tomarán decisiones sabias para la sociedad.
– Bello ese panorama, maestro, pero, irreal…
Aristocles no me dejó concluir la frase. Estaba emocionado y lanzado en su propuesta. Mejor lo escucho.
– Estos aristócratas gobernarían desinteresadamente y de manera virtuosa. Serían filósofos especialmente escogidos y preparados para gobernar pues tienen un conocimiento profundo de la realidad, superior al común de las gentes.
– Lo sigo, maestro, sin embargo, algún problema debe haber, no puede ser tan sencillo…
– Tienes razón nuevamente. El peligro son los hijos de estos aristócratas, que en vez de prepararse para el gobierno se corrompen por los privilegios y el “nada más que hacer”, pues sus padres lo hacen todo. Esto deriva en la oligarquía, que traduce el ´gobierno de unos pocos´. Que, si están preparados, serán los pocos precisos para gobernar, pero si no…
– ¿Qué sucedería, maestro?
– El problema estaría en la vaciedad de estos ricos. Para tu tiempo, ustedes tienen un ejemplo evidente en Donald Trump. Estos gobernantes ricos se vuelven cada vez más ricos y con el propósito de equilibrar el presupuesto se transforman en obsesivos de la austeridad y con esto la desigualdad aumenta. Entonces, se hace necesario derrocar a esta forma de oligarcas ricos e ignorantes y el estado colapsa en una democracia, que fue lo que inició este diálogo contigo.
– Pero, ¿si no es posible derrocar esta forma de gobierno?
– Ya te dije, colapsa en una dictadura. ¿Te suena conocido esto también? Y, la dictadura evoluciona en anarquía, es decir en la ´ausencia de gobierno´, aunque haya un presidente o un dictador, da igual, porque el gobierno carece de legitimidad moral.
– Entonces, maestro, necesitamos una aristocracia que gobierne y que estos aristócratas sean filósofos y que, si derivan hacia la oligarquía, los oligarcas, los pocos que gobiernen, se preparen para hacerlo pues deben pensar en su pueblo y no en sí mismos.
– Lo entendiste perfectamente. Así debería ser y, en vez de anhelar llegar al poder para beneficio personal, como tristemente sucede, deben hacerlo para que el Estado sea un lugar mejor donde poder vivir todos, sin desigualdades.
Para este momento, se iba desvaneciendo la imagen de mi maestro y creí que con esta frase finalizaría nuestro encuentro. Pero, no. Se iluminó de nuevo y con una expresión irónica y una sonrisa que mostraba que algo le satisfacía, me dijo: “cuando un ignorante del lenguaje te llame aristócrata u oligarca, o ambas cosas a la vez, entiende que es un elogio, te están diciendo que eres el mejor y de los pocos que valen la pena. Te lo dirán por menospreciarte y ofenderte, pero, recuerda que estas palabras son un elogio. No son peyorativas y con la intención de insultarte. Lástima por quien las dice, porque él sí demuestra que es un ignorante y, aun así, quiere ser gobernante.
Eso fue todo. Y mi maestro me miró con aprecio, inclinó otra vez su cabeza, sonrió abiertamente y desapareció. Todo estaba dicho. No hacía falta más.

