Por Tirso Benavides Benavides
Camila Sosa Villada es una mujer que sabe hacerse notar, una mujer que no pasa desapercibida. La conocí y compartí con ella en una de las tantas fiestas del Hay Festival de Cartagena, en un hotel de lujo, con abundancia de cocteles y costosas bebidas espirituosas, un ejemplo del glamour casi literario en que ahora vive la escritora argentina, toda una estrella de la industria editorial, vida que dista mucho de sus orígenes en su natal provincia de Córdoba.
A Camila le tocó comer mierda antes de lograr el reconocimiento del que hoy goza. Una vida dura, como la de todas las travestis.
Una travesti, una “trava”, así se define. No una mujer trans. A pesar de considerarse parte y ser una voz potente de la comunidad LGBTIQ+, Sosa nunca deja de lado su carácter crítico. “Yo soy travesti desde que me levanto hasta que me duermo” afirma, cuestionando a aquellos que ahora se identifican como no binarios, de género fluido, o con cualquier otro término políticamente correcto que Ella no acepta. “Soy travesti, con todo lo que acarrea”, afirma con orgullo.
Ella es así, directa, polémica, a veces caprichosa, algo furiosa, pero siempre dulce, seductora, como su prosa.
Creció en pueblos chicos. En sus primeros años en Los Sauces, en donde ya escribía en primera persona como una mujer. “La primera vez que me travestí fue escribiendo” cuenta. Ya en la adolescencia se mudó a Mina Clavero, una localidad un poco más grande, en donde empezó a vestirse de mujer a los 14 años, lo que significó el rechazo de esa comunidad conservadora e incluso el de propia familia. “Mi papá y mi mamá fueron educados para odiar a un travesti”, comenta, resumiendo su situación personal en ese entonces, el momento en que decidió asumir su identidad a toda costa.
A los 18 llegó a la ciudad de Córdoba, la capital provincial. Allí estudió Comunicación y teatro, pero sobre todo sobrevivió. Llevaba una doble vida, era estudiante, pero también se prostituía junto a otras travestis en el parque Sarmiento. De esas experiencias extrajo el material para escribir Las Malas, la novela que la catapultó al éxito y transformó su vida.
Además de escribir, Camila actúa y hasta canta de vez en cuando. Siempre recuerda un episodio de su vida que está entre el surrealismo y las creencias propias de la cultura popular. Cuenta que sus padres recorrieron kilómetros y kilómetros, a bordo de un viejo Renault, para llegar hasta el santuario de la Difunta Correa, una “santa” no reconocida por El Vaticano, a pedir para que Camila dejara de putear. La rogativa dio efecto, al poco tiempo protagonizó la obra teatral Carnes Tolendas, con gran aceptación del público, lo que le permitió entrar en la escena y abandonar las calles.
En 2019 publicó Las Malas, novela con una alta carga autobiográfica. En Ella la autora nos muestra una realidad desconocida para muchos, llena de violencia, rechazos, señalamientos, pero también de fiesta, de orgasmos, de sueños, de amores fugaces y otros imposibles, en dónde en últimas el único camino viable es buscar refugio y protección entre las iguales. Un grupo de “travas” que no es solo un grupo sino una familia, un hogar sin techo, en medio de una ciudad hostil, pero un hogar al fin y al cabo. Se cuidan entre ellas, se dan consejos, se apoyan y por supuesto se envidian. Un grupo conformado por personajes singulares, diferentes, entre quienes la protagonista se siente a gusto, es donde pertenece.
La novela impactó. Todo un éxito editorial. Derechos de Autor, dinero contante y sonante. Traducciones, reediciones, giras, charlas, entrevistas. Fama y admiradores. Ahora Camila es una diva, así se porta y se lo merece. Se jacta de ello, alardea de su ropa de diseñador, de sus joyas caras, de sus cirugías, de sus viajes, de sus miles de seguidores.
Toda una pose, provocadora, como todo en ella.
Con Las Malas obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020, reconocimiento que se entrega cada año en la Feria del Libro de Guadalajara con el fin de exaltar a la mejor publicación en español de autoría femenina. Y ganó Camila.
Antes había publicado un poemario, La Novia de Sandro. Algunos de sus cuentos fueron recopilados bajo el título de Soy una tonta por quererte, nueve relatos que exploran temas como la sexualidad y el género, recurrentes en su obra.
En Tesis Sobre Una Domesticación, su segunda novela, el contexto cambia por completo. Ya no se habla de la travesti como alguien marginal, oculto, del bajo mundo. Al contrario, acá la protagonista es una figura exitosa del teatro, que vive holgadamente gracias a lo produce su arte. Admirada y deseada, capaz de fingir para encajar en los moldes tradicionales, como el de formar una familia.
Esa es la domesticación de la que habla el libro. A pesar de ir en contra de su naturaleza libre y de sus deseos, la protagonista decide casarse con un médico gay, prestigioso, con quien incluso adoptan un niño para formar así el retrato perfecto de una familia, así sea mera apariencia.
Sus encuentros ocasionales, sus amantes más formales y el erotismo desbordante de la actriz hacen parte importante de la historia, de la configuración del personaje central, a través de quien el lector se adentra en la intimidad de las relaciones y pensamientos de una travesti. Un tema tabú, que por serlo intriga.
Dentro de la trama llama la atención la relación de la actriz con su hijo adoptivo, a quien le tiene permitido hacer lo que le venga en gana, seguro siempre de su respaldo y protección. Es un niño caprichoso, curioso, inteligente, quien por supuesto se da cuenta de que la mujer a la que le dice mamá tiene algo diferente. Sabe que es una “trava”, eso le han gritado otros niños para hacerle bullying, pero él no sabe qué significa.
“Es una mujer con pito”, concluye en la novela una psicóloga para explicarle la situación al menor, simplificando así, de forma extrema toda la complejidad que existe detrás, todo lo que implica ser una travesti.
La cosa no es tan simple. Por suerte están las letras de Camila Sosa Villada para aclarar el asunto.

