Pablo Emilio Obando A.
Hay artistas que pintan lo que ven, pero existen otros, bendecidos por la luz de nuestra amada Nariño, que pintan lo que somos. Boris Arteaga pertenece a esa estirpe sagrada de creadores que no se limitan al lienzo; él ausculta el latido de la tierra, descifra el lenguaje de los vientos que bajan del Galeras y los traduce en una explosión cromática que es, a un mismo tiempo, plegaria y grito de libertad.
Hablar de Boris es hablar de Túquerres, de esa altivez andina que se forja entre el frío del páramo y el fuego del espíritu. Su obra no es un simple ejercicio estético; es una pulsión ancestral.
En cada pincelada, Arteaga rescata la memoria de nuestros mayores, la magia de las deidades prehispánicas y la biodiversidad exuberante que nos define. Sus aves no vuelan, sueñan; sus rostros no miran, interpelan desde una profundidad que solo quien ha bebido de la savia del Sur puede comprender.
Tras su periplo europeo, donde su técnica se pulió bajo los cielos de España, Boris regresó no para repetir lo aprendido, sino para redescubrir lo propio. Su muralismo es una ofrenda: “Desde el mar hasta el Galeras” no es solo una obra de gran formato; es un espejo donde el nariñense se reconoce digno, inmenso y eterno. Es el arte puesto al servicio del pueblo, democratizando la belleza en cada esquina, en cada muro que deja de ser piedra para convertirse en poesía visual.
Mi afecto por su obra no nace solo de la admiración técnica —que es, por demás, impecable—, sino de esa efusividad que compartimos por lo nuestro. Boris Arteaga es un guardián de la identidad. Su paleta de colores es un incendio necesario que ilumina la penumbra del olvido. En una revista especializada de arte, se hablará de sus formas y su composición; aquí, desde el corazón de este Nariño que tanto amamos, hablamos del hombre que ha logrado que el mundo entero fije su mirada en la magia del Valle de Atriz y en la fuerza indómita de nuestra raza.
¡Salud, Maestro Boris! Siga usted pintando el alma, que nosotros seguiremos celebrando su vida como se celebra un milagro. Porque mientras su pincel se mueva, Nariño será eterno.

