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Bomboná. La batalla que Bolívar jamás ganó

Abril 7 de 1822 Por: Vicente Ferrer Apráez Apráez Esta, la última batalla librada por el general Bolívar en territorios de la actual Colombia, constituye la trágica epopeya en cuyo inconmensurables costo perecieron cientos de esos experimentados soldados que venían de triunfar en Vargas y Boyacá.…

Columnista Invitado·10 de abril de 2022·37 minutos de lectura
Bomboná. La batalla que Bolívar jamás ganó

 Abril 7 de 1822

Por: Vicente Ferrer Apráez Apráez

Esta, la última batalla librada por el general Bolívar en territorios de la actual Colombia, constituye la trágica epopeya en cuyo inconmensurables costo perecieron cientos de esos experimentados soldados que venían de triunfar en Vargas y Boyacá. Más sin embargo, vaya paradoja, los resultados para quienes en Bomboná triunfaron, se convertirían en fatales trofeos que tras de sí condujeron a todo un pueblo hacia su  infortunado sino, en cuyos prolegómenos resuena la sinfonía luciferina impuesta tras su posterior arrasamiento: anónimo, ominoso y genocida del 24 de diciembre de 1824.

El 6 de abril de 1822, después que los patriotas abandonaran la hacienda de las monjas Conceptas para transitar por entre los precipicios de “La Buitrera”, como a la hora de la oración llegaron a la Hacienda de Consacá. El avance había sido cauteloso en la medida en que los prácticos del batallón Bogotá se sentían vigilados por las oleadas de inseguridad que soplaban por doquier. Por tal razón, frecuentemente se vieron  obligados a detener la marcha y revisar cada palmo del terreno. Adelante de la casa de la Hacienda, pudieron constatar, que las planadas de más adelante estaban divididas por una quebrada que al cortar la peña forzaba a que el camino se empinara sobre la pendiente. Ese recodo fue considerado el paso estratégico que de estar en poder del enemigo facilitaría inmejorables ventajas. Para anticipar cualquier sorpresa, el general París aconsejó prudente guardiar celosamente esa posición. Tanto fue el desgaste empleado en la ponderación, que el detalle se volvió relevante, cuando en realidad aun le faltaba verificar más hasta señalar que ese no era sino un distractor frente a otros objetivos que representaban riesgos mayores. Uno de ellos,repetido en características, era el del puente sobre la quebrada Arenales, donde confluyen los caminos obligados al paso de cualquiera que pretendiese alcanzar las llanuras de Yacuanquer y continuar por el camino del Güáitara hasta Túquerres. Nadie se percató que al otro lado, casi encima de él, y estupendamente parapetados estaban apertrechados los de la II División Española del Sur y las milicias del paisanaje criollo.

Las experiencias de Pizba, donde los venezolanos de Bolívar estrenaron tránsitos desconocidos como estos donde el enemigo se movía con mayor solvencia, se repetían una vez más para encerrar a esos contingentes cansados del trasiego de semejantes caminos y virtualmente cogidos por el hambre. Entonces y como quiera que los soldados de París divisaran algunas reses, se organizó el asado que pudiera saciar la ansiedad de tantas hambres ávidas de aprontar lonjas de carne, que de acuerdo con la costumbre llanera, dejaban cocinar debajo de las monturas, con la mezcla escatológica del sudor de la bestia y el culo del jinete. Estando en la faena de capturar las vacas, algunos advirtieron que entre el perfil de la loma asomaban unas siluetas que de vez en cuando, y al cruzarse difuminaban la luz reflejada en armas y vituallas. Se trataba de los realistas que cual felinos buscaban acomodo en las colinas que en magnifica sucesión arman los cerros en ascenso. Nadie prestó atención al asunto, ni menos supuso que a la salida del puente estuviera apostada la pieza de artillería atenta a las tácticas trazadas por el cura Félix Liñán.

La División española estaba conformada por el Regimiento Aragón con tres compañías para 600 soldados; dos compañías del Batallón Cataluña con 400 hombres; más el Batallón de Pasto con 200; a esos efectivos se sumaban otros 200 milicianos del Escuadrón Invencible comandados por el teniente coronel Estanislao Merchancano. Pero en la realidad esa tropa no era tan poderosa ni contaba con preparación suficiente como para aspirar a detener a veteranos de la talla de esos que hasta allá llegaron. Ya se ha dicho que los patriotas que se encontraban en Bomboná eran la elite de los gloriosos ejércitos curtidos en los rigores de la guerra, los extremos del clima, y la fatiga de las distancias andadas sin mientes de que en la noche hallaran amparo ni al amanecer bocado para tomar aliento. El general Manuel Valdés, con los coroneles Sanders y Barreto comandaban el batallón “Rifles de la Guardia”; el general Pedro León Torres venía al mando de los batallones “Bogotá” y “Vargas” y de dos escuadrones del “Guías”; y los del “Vencedores de Boyacá”, “Cazadores Montados” y “Húsares de la Guardia”, se preciaban de estar al mando directo del jefe supremo. La mayoría de las tropas estaba integrada por neogranadinos y venezolanos, reforzados por unos pocos caucanos,  muchos de los cuales estaban hermanados por ardentías que les inflamaban de emoción patriótica, mientras que a otros les movían las resultantes del pillaje al que les traían acostumbrados las tolerancias impuestas en la urgencia de doblegar resistencias opuestas a las conscripciones. Otros románticos, quizá los menos, fraguaban idealismos y construían castillos del poder que según su querer vendrían tras el paso de tantas  vicisitudes.

Ese 7 de abril de 1822, después de los recorridos de rutina, los patriotas establecieron que el agrupamiento que sobre las colinas cercanas tenía el enemigo, más que originado en ilusiones ópticas, efectivamente traducía la inminencia del peligro que urgentemente había que conjurar. Por esa razón, como al medio día, Bolívar llamó al general Pedro León Torres para ordenarle que con los batallones suyos, organizara el despeje del camino, – “por un involuntario error de interpretación de la consigna, la tropa a su mando hizo alto y se dedicó a almorzar, lo cual permitió al enemigo ocupar fácilmente una posición dominante”- (Lozano Cleves, Pág. 342), pero el ver que el día se agotaba sin que su orden fuera atendida exasperó de tal modo a Bolívar, que sin consideración por la presencia de sus subordinados ni por el rango y la amistad, airadamente reprendió al general venezolano, y le humilló hasta conminarle a entregar el mando a Barreto. Pero Torres en desconcertante actitud, respondió ante Bolívar poniendo de frente su cabalgadura, y desmontando y entregando las riendas, a cambio del sable que ofreció a su comandante tomó el rifle de un soldado y con toda la intensidad de su voz ripostó: “No! estas divisas que vuestra excelencia desea empañar, las debo a mi valor, y no las he recibido de V.E. sino de la patria que es el objeto de mis sacrificios; la sangre de mi familia derramada casi toda en esta gloriosa guerra, reclama en este momento la vindicación del ultraje que en mi persona quiere hacérsele. Si no puedo servir como General, lucharé como soldado y nadie podrá impedirme que preste este servicio más a mi patria”. (José María Obando, Apuntamientos para la historia, p. 52). Y así, sin agregar nada más que su enérgico saludo militar, y casi volando se lanzó en medio de ese torbellino de rabia y pundonor que le embriagaba, y por entre los abrojos fue con los suyos en pos del centro del cuerpo enemigo donde nunca encontró condiciones que siquiera le permitiesen mantenerse en pie. Valdés se percató del desafortunado trance, y al ver que los hombres que entraban a una hondonada no salían al otro lado, por su cuenta aprovechó que el enemigo concentraba el fuego hacia allá y para debilitarlo acometió sobre la trinchera opuesta del flanco derecho. Pero para Torres ya era tarde puesto que se había inmolado víctima del impulso suicida que al igual que el heroísmo surge impelido por el honor herido. Allí el general Pedro León Torres perdió el sentido y sindéresis que en el extremo de los peores arrebatos le impulsó a pasar el puente, no obstante que era previsible que desde el lado opuesto quedara a merced de la fusilería que efectivamente le masacró recostado sobre el talud.

Tácticamente, es probable que en este momento y sitio, sobre la quebrada de Cariaco se definiera la contienda, cuando en él, con sus fortalezas se precipitaron hasta quedar entrampados los Batallones Vargas y Bogotá. Esa hondonada, señala la fatal perdida de las banderas patriotas virtualmente arrancadas de manos de los abanderados que unos tras otros caían al lado del general Torres, con cuya muerte tuvo inicio la sucesión fatal que se desencadenó al asumir el liderazgo el coronel Lucas Carvajal, y se desmoronó cuando este fuera tocado por un balazo que casi arrancó su cabeza. Enseguida, su reemplazo el teniente coronel Joaquín París, ante de ser abatido entregó el mando al coronel Ignacio Luque, quien hubo de cederlo al coronel Pedro Antonio García que agónico dejo su sable en manos del sargento mayor Federico Valencia que al igual que los demás también murió.

Esta trágica secuencia solo es creíble en base a los apuntes de un testigo tan excepcional como el soldado estafeta y después coronel Pedro Antonio López. El fatal resultado fue producto de esa confiada y prepotente improvisación con la cual, y como si tal se tratase de alguien que por primera vez combatiera, obró el máximo comandante en quien resultan indisculpables errores tan flagrantes como los de Bomboná. Sencillamente, Bolívar confiado en que Basilio García temía a tal grado enfrentarle que prefirió quedarse al cuidado de la ciudad, dejó que le escogieran los terrenos donde contra toda previsión suya le liquidaron. (Lozano Cleves (pág. 345) anota: “El terrible fuego enemigo diezmaba a la intrépida columna que avanzaba impávida poniendo el pecho a las balas enemigas, con el ánimo de arrojar al adversario de sus posiciones. En menos de una hora, casi la totalidad de los oficiales y más de cien soldados fueron muertos. El general Torres fue herido y a causa de las heridas murió días después. Los batallones que formaban la vanguardia fueron liquidados en su totalidad”.

“En media hora de combate perecen los jefes y oficiales de la División de vanguardia, ninguno retrocede ante la muerte; desaparece el batallón Vargas, el Bogotá queda casi exterminado y los pocos que sobreviven se baten como héroes. Bolívar que de pie sobre una alta piedra de Bomboná veía entrar por la honda cañada al ejercito que comandaba el general Torres, exclamó: “!Que bien entra mi gente¡”. Algún amigo que le escuchaba le contestó: “Si mi General, pero no sale…” (Nemesiano Rincón, ob. cit. pág.138; El precursor, Higinio Muñoz, 1887)

Pasadas las 6 de la tarde, los crespones anaranjados del sol de los venados se tornaron  en llamaradas que se desvanecían tristes en lontananza para desaparecer entre las tempestades trepidantes allende el océano escondido tras las montañas de Linares, Sotomayor y Cumbitara. Era el escenario de muerte y dolor descrito en el obituario a una  contienda indescriptible e irremediablemente perdida. Fuera de sí, Bolívar sin poder concebir a qué horas esos demonios aniquilaron el capital guerrero que tanto amaba y con tanto esfuerzo forjara, iracundo hería los ijares de su caballo para llevarlo de un lado al otro. Por fin reaccionó para reconocer que aunque por otros lados lo habían intentado, por el centro todavía no utilizaba el recurso máximo de la caballería, pero en cuanto los jinetes apretaban para que las bestias entraran, estas tropezaban, caían y se encabritaban puesto que sus patas ni que fueran alas para volar sobre tantos árboles abatidos y por encima de semejantes pedregales. Sin embargo todavía restaba por utilizar otro cuerpo de tropa, el del batallón Vencedores de Boyacá que por ser su favorito, inexplicablemente Bolívar reservó hasta la temeridad del límite máximo de la derrota. Con los labios sangrados de tanto apretarlos, puso al fin en acción la brutal carga que de inmediato y cual ráfaga iracunda, prácticamente apoyada sobre los arrumes de cadáveres y heridos yacientes en esa tétrica morgue, pasó el puente y salió al lado donde antes ninguno pudo llegar. Sacudidas por ese impacto que a esas alturas aparecía inesperado, las fuerzas realistas que ya daban por descontado el control definitivo de ese flanco, no tuvieron otra opción que abandonar sus trincheras para salir a lo limpio y a bayoneta calada repeler la carga que ahora parecía tomar ventaja en la planada. Entre tanto Valdés de a pie, ensangrentado y sin casaca, a gritos inculca tanta tenacidad que hasta redime el animo del combate. Tan pronto como pudo ascendió a la loma en que se apoya el flanco derecho de la resistencia pastusa y desde allí consigue dispersar a los efectivos, escasos ya de municiones. Pero en ese momento le asaltaron la duda y el desconcierto, al tropezar de golpe con el cadáver del capitán inglés Felhrstenhaw, quien ensartado por una lanza, flotaba cual si fuera el estandarte de la participación mercenaria de sus compatriotas. Igual infortunio corrieron los tenientes De Piñeros, Franco y Ramón Bravo, no así el abanderado Domingo Delgado quien llegaba a la altura para clavar el pendón tricolor después de deponer el de España que allí flameaba junto a la bandera de la iglesia católica.

Por única vez las acciones parecieron dar vuelta, cuando el coronel Arturo Sanders trepando como un gato por la pared del abismo, con sus hombres apoyados en las bayonetas hinchadas contra la tierra dio respaldó al accionar de El Rifles. Esto, mientras la primera y segunda divisiones al mando de los tenientes coroneles Ramírez y Wrigh apoyaban a Valdés quien para esos instantes y desde la altura creyó haber vencido, y por eso envió un parte que por deshilvanado e impreciso, tal vez por errático a causa de las ansiedades, Bolívar no entendió ni atendió, o en medio del desconcierto entendió tan mal o se negó a entender, que en cambio de entrar a reforzar de cualquier modo al eventual frente triunfador, prefirió aceptar la derrota y optó por ordenar que sonara el clarín de retirada y se destruyeran los equipos.

Pasadas las 8 de esa noche, el velo de las nubes que hasta hace rato pululaba por cubrir de sombras la macabra parafernalia, se disipó hasta permitir que en el cielo asomara la cara de esa luna siniestra que cínica sirvió de antorcha iluminante de esos infelices que no cesaban de matarse, y que no acabaron de hacerlo sino merced al torrencial aguacero abrileño que se encargó de bañar esos campos que entre relámpagos, dejaban ver los rostros anhelantes y los ojos abiertos y quietos de tantos jóvenes que inermes y desmembrados, nunca podrían reflejar en sus pupilas las callejuelas de Quito y los palacios virreinales de Lima.

Un verdugo de la categoría inferior de Basilio García, había vencido al Libertador Simón Bolívar. Lo hizo en una batalla colmada de improvisaciones, estulticias  y errores donde la descoordinación surgida a partir de la destitución de Pedro León Torres; la inutilización de la caballería patriota; la tardía entrada de El Vencedores de Boyacá, y en fin la prepotencia impidieron que Bolívar entendiera el mensaje de Valdés. García, sin percatarse de una realidad que para él y para cualquiera era inconcebible, partió en apoyo de la desbandada que en el flanco mandado por el jefe del Estado Mayor don Pantaleón Del Hierro produjera el furioso embate de Valdés. A sus hombres los encontró replegados en el extremo contrario al camino de Consacá, donde en un sitio próximo a Cariaco, llamado La Guaca se reagruparon. Hasta allá llegó Valdés pero no se atrevió a atacar cuando ya sus hombres y recursos estaban agotados. Por su parte el coronel Zambrano junto con el comandante Merchancano, sin saber que el triunfo era suyo, ni oír que el clarín de la retirada evidenciara el desastre enemigo, simplemente consideraron que la tarea del día estaba cumplida y que ante lo avanzado de la noche era preferible resguardarse de las inclemencias del clima, por lo cual, sin más se desplazaron hasta la loma de Hatoviejo.

Pero volvamos a mirar todo cuanto tuvo que ver con la suerte de los milicianos pastusos y la conducta asumida inmediatamente después de la batalla. Cuando todos se preguntan el por qué no cobraron réditos de su victoria, ni por qué razón no entraron sobre los campamentos enemigos? La realidad del misterio consiste, en que por lo avanzado de la hora en que terminaron las acciones, y a causa del aguacero que a todos dispersó, ni siquiera se percataron que habían ocasionado algo tan improbable como la derrota de Bolívar. Simplemente consideraron que cuando el objetivo consistía en evitar su paso por Pasto y hacia el sur, con lo hecho superaban su cuota de colaboración y acompañamiento a los soldados del rey. Y además, como quiera que las milicias no estaban asimiladas a las disciplinas propias de los ejércitos regulares, hacia la media noche, sencillamente se retiraron del refugio de la loma de Hatoviejo y con los otros de La Guaca, pletóricos y en posesión de algunos trofeos del armamento enemigo, se fueron a comer, a descansar en sus casas, a cantar y a hacer lenguas de la batalla que dieron a esos invasores.

Ni por asomo, en el candor idiosincrásico de los de Pasto, ninguno podía dimensionar cuanto dolerían esas acciones, y cuan hondas serían sus connotaciones, como que las retaliaciones a cargo de Salóm, Flores, Sucre, Córdova y tantos otros, en un día que estaba próximo, sin límites de vesania acabarían con Pasto.

Así como en sus cálculos nunca presupuestó ganar, Basilio García tampoco estaba preparado para cobrar ningún triunfo, menos uno tan impensado como ese de la Loma de Cariaco. Para él, los instantes posteriores a la victoria, fueron eternidades de desconcierto y confrontación con esa soledad que le envolvió e hizo temblar después que las milicias se marcharon. Entonces, no obstante estar inmerso en esa sensación que desde arriba de la grandeza hasta debajo de la insignificancia recorría su estructura humana, se sintió indigno e inferior de derribar con una honda a semejante Goliat. Quizá dentro de ese estado le faltó actitud y decisión para cobrar lo que era suyo, o para que mientras saliera del ensimismamiento y vacilaba, ya no tuviera sujeto contra quien hacerlo. Ante eso, no tuvo otro recurso que el de emitir mensajes que por melifluos e inapropiados, para ese momento aparecieron fuera de sitio. Primero, resolvió devolver las banderas de los batallones Bogotá y Vargas: “a estos batallones fue fácil destruirlos, pero no vencerlos” dijo, acompañando un requerimiento en el cual exigía que Bolívar se devolviera por donde vino, y a cambio de no verlo le ofreció cuidar a cuanto herido quedara abandonado en la retirada, acto que sin perjuicio de todo lo anterior, valga decirlo, las gentes de la región cumplieron caritativamente. Basta conocer que el agonizante general venezolano Pedro León Torres, fuera acogido por Yacuanquer donde sus restos son venerados en el parque.

Para García en sí, la batalla de Bomboná representa un hito en el cumplimiento del objetivo de impedir que Bolívar pudiera atenazar desde el norte a Aymerich, cuando se sabía que para entonces este soportaba por el sur occidente las asechanzas del general Sucre. Para García fue claro que si bien Bomboná no decidió la guerra, si tuvo suficiente fortaleza como para contribuir, y en altísima medida, a dificultar la caída de Quito y a preservar el poderío que desde Lima imponía Canterac.

En relación con esa época y a las connotaciones belicistas de los pastusos, Edgar Bastidas Urresty en el capitulo VII de su libro “Las Guerras de Pasto” apunta: “Los Pastusos son unos milicianos de condiciones sui-generis. No aceptan la vida de cuartel, ni los ejercicios de adiestramiento, ni siquiera quieren abandonar el hogar, toman la guerra como si fuera un deporte, y acuden a los combates con la seguridad del triunfo, porque no cejan hasta conseguirlo. Tienen a su favor el terreno, admirablemente aprovechado por conocido, pues da la circunstancia de que, los combates han tenido efecto en la ciudad o en sus proximidades. No aceptan uniforme, pues creen ponerse en ridículo al usarlo. Se llevan las armas a sus casas y las esconden para sacarlas en el momento oportuno. Los jefes españoles se quejan a la superioridad de Quito de esas irregularidades difíciles de corregir. Habitualmente los chuanes del sur se entregan a la vida agrícola, pastoril y artesanal. Pero en cuanto los espías situados en el Juanambú, dan la alarma ante la proximidad del enemigo invasor, suenan las campanas a rebato, redoblan los tambores y los cuernos rugen en las colinas cercanas. El pueblo acude a la Plaza Mayor, en donde los cabildantes, los clérigos y los nobles convocan a la pelea. El día y la hora señalados entran los paisanos a los cuarteles, portando sus armas. No entienden órdenes superiores sino que se agrupan en las compañías por familias, por veredas, por profesiones, antes que por razones de organización militar. Salen los batallones de milicias. Detrás van las mujeres y los muchachos conduciendo las municiones de boca (el avío o fiambre) la chicha de maíz y el aguardiente que sirve para entonar el ánimo cuando empieza la pelea. Apenas esta termina los milicianos y sus mujeres se vuelven a la ciudad, sin atender órdenes, ni voces de mando. El Pastuso es primero que todo perfecto padre de familia y hombre de hogar”.

Nunca será posible cuantificar las bajas producidas en la Batalla de Bomboná, solo puede decirse que en ese sitio sucumbió lo mejor del ejercito republicano, y que de no haber preservado esos contingentes que Sucre adelantó hasta Quito, los patriotas se hubieran quedado sin efectivos con que llegar a Junín y Ayacucho. Se calcula que la cuota de sangre que el ejército libertador sufragó en Bomboná se aproxima a los 600 hombres. Por otra parte, y no obstante que el registro de Basilio García se limita a hablar de 20 muertos y 60 heridos, la verdad es que esos debieron ser muchísimos más, solo que por estar en casa, los lisiados contaron con ayuda y los muertos con dolientes que les recogieron y sepultaron.

El historiador José Manuel Restrepo dice: “La perdida de los españoles no pasó de 250 en total. Los realistas combatían camuflados y los colombianos a cuerpo descubierto, bajo los tiros destructores de la metralla y la fusilería”.Más pragmático que el anterior, José María Obando expone al respecto: “Ambos contendores perdieron la batalla: Nosotros la fuerza; Los españoles el campo”, “fue un estéril triunfo que costó muy caro”. El parte militar del jefe del Estado Mayor del libertador dice: “la perdida del enemigo según su propia confesión pasa de 250 hombres entre muertos, heridos, y prisioneros, como también dispersos, no debiendo extrañarse de las perdidas propias, porque combatiendo perfectamente a cubierto nos era imposible hacerles estragos por nuestra parte”.

Bolívar que bien sabia de triunfos y también conocía inmensas derrotas, nunca antes había percibido una tan costosa, cruel y significativa, no solo por el numero de las bajas sino también por el deterioro generalizado en la autoestima y moral de la tropa. Ahora, si se analizan los términos prácticos hacia el futuro, hay que entender que en el polvo mordido en Bomboná quedo estampillado ese orgullo imperial, hasta extremos que le hicieron admitir, que ante la merma de esos contingentes particularmente veteranos era menester retroceder. Y, lo que es peor, que tan humillante como insólita derrota, ni siquiera provenía de alguien con la estatura de Morillo, o al menos de Montes, Aymerich o Canterac, sino de unas agrupaciones militares espurias, de esas que dentro de los arrevesados metros y concepciones de la guerra y el pundonor fundamentado en la fuerza, eran tropas de guardianes llamadas a hacerse a un lado o ser abatidas sin lugar a estorbar destinos reservados a los próceres.

Según la biógrafa de José María Córdoba, Pilar Moreno de Ángel: “Al amanecer, Bolívar profundamente afectado, contabilizó la pérdida de dos terceras partes de su fuerza”. Dentro de estos y anteriores contextos, resulta insólito comprobar que aun subsisten los obstinados que a ultranza de argumentos tan indiscutibles, se empeñen en feriar Bomboná a favor del grande que allí cayó derrotado. Peor todavía si para buscar apoyo y fundamentan su error, afirman que si las tropas patriotas se quedaron en posesión del escenario de la batalla fue porque ganaron. Hay que entender que si en realidad así lo hicieron, fue porque nadie les persiguió, y ante todo por agotamiento y necesidad de amortajar los cadáveres que por decenas enterraron en enormes fosas comunes, y luego, para tratar de mitigar las heridas y mutilaciones de los caídos. Sí el triunfo de Bomboná hubiere favorecido a los patriotas, qué razón podía oponerse a que la campaña prosiguiera tras el destino de Quito?. Pero además, y superando cualquier otra consideración, no era lógico qué en ese trance Bolívar entrara sobre la ciudad de Pasto para someterla, aleccionarla y destruirla?. No existen antecedentes en que el general dejara escapar su severidad para aprovechar la ocasión y marcar precedentes, máxime si el objetivo de aquí se centraba en la necesidad de resolver y volver expedito el camino del sur. En cambio de lo anterior, tan pronto como El Libertador se percató de las reales dimensiones de semejante desastre, entendió que no tenía opción diferente de la de emprender penoso regreso hacia El Peñol, al remedo de hospital que en buena hora dejó al cuidado del oficial Laurencio Silva.

En los interregnos de la afrentosa retirada, se dieron frecuentes cruces de notas entre Bolívar y García, en ellas, cada uno desde su perspectiva cobraba para sí el triunfo. El 8 de abril Basilio García escribía así a su contendor: “sensible mi corazón al ver derramar la sangre de mis semejantes, me atrevo a comunicar a V.E. que la acción de ayer sobre Cariaco no causó a Colombia otra ventaja que el llanto y la confusión. La pérdida del ejército de V.E. no la subsana de manera alguna, y yo lo sé como V.E. la de mi división no ha sido ninguna, cuando no ha habido un muerto y pocos heridos; por consiguiente me hallo con ella intacto, y auxiliado por las tropas que tenia en la provincia. Si V.E. da lugar a emprender otra acción, tengo toda clase de recursos y elementos de guerra, con más brazos que ayer, como más inmediato a Pasto; y por doquiera se dirija será V.E. recibido con más entusiasmo y valor, sin el peligro de ser franqueado como ayer. En esta virtud, dos solas resoluciones quedan a V.E.; que son: Sufrir la venganza de los valientes pastusos y tropas, o recibir un salvoconducto para todo su ejército que replegué a Popayán… Si V.E. quiere aprovechar mis posiciones será auxiliado por sí en lo que esta a mi alcance. Remito con el conductor la Bandera de Bogotá, que la suerte de la guerra puso en mis manos habiendo quedado el asta en los puntos de defensa y el abanderado muerto en el campo de honor”. ( Nemesiano Rincón: “El Libertador Simón Bolívar”.p. 147 ). Todo esto, verdadero o falso, más lo segundo según lo apreciara su signatario, ponía al rojo vivo la iracundia y hacia crecer la preocupación del general, que además de tener que soportar semejantes asechanzas, permanecía bloqueado y por supuesto alejado de la posibilidad de establecer contacto con Santander o Sucre. Sin dilación Bolívar respondió:“Celebro que V.S. sea sensible al ver derramar la sangre de sus semejantes como me dice en una nota de hoy, para que acepte el armisticio que anteriormente le he propuesto. Entonces en el territorio de mi mando yo haré con las tropas de Colombia los movimientos que juzgue necesarios. V.S. sabe que las tropas de Colombia son irresistibles, y que obstáculos inesperados sólo pueden contenerlos por momentos. V.S. sabe que toda América está por el partido de la independencia, y que estos sacrificios son inútiles cuándo todo nos promete una pronta paz. Doy gracias a V.S. por la bandera de Bogotá que se ha servido dirigirme. No puedo responder a V.S. con igual dádiva, porque no hemos tomado banderas enemigas; pero sí el campo de batalla. El oficial parlamentario debe traerme la respuesta definitiva de mi última proposición, para continuar o no las hostilidades” (Nemesiano Rincón pág. 149 ).

Lo cierto del caso fue que por espacio de nueve días, la enorme estancia que aún se yergue en medio del abandono de Bomboná, dentro de las mayores improvisaciones y precariedades sirvió de cuartel de sangre. Y que así sucedió, hasta el día en que Bolívar, en ominosa operación que arrancó el 16 de abril y terminó el 20, volteo la brújula del retorno en dirección a El Peñol. Esto, después de soportar el asedio que desde Sandoná y el Tambo Pintado propinaban esas guerrillas reforzadas por el acompañamiento de la población que al paso de esa caravana del dolor, se sentía autorizada a arrojarle guijarros, y negar todo auxilio solicitado por esos infelices.

-Ascensión Muñoz, una anciana sobreviviente de los tiempos de Bomboná, hacia 1.904 dijo: “tenía 17 años, en el combate no vi nada por estar escondida, solo oía tiros desde la albita hasta el anochecer, después vi el camino lleno de cadáveres de parte de las fuerzas de Bolívar en la planada de la quinta, perteneciente a la hacienda de Bomboná, amontonados unos sobre otros y quemándose con pólvora que les habían echado para que prendieran”.  La Hacienda de Cariaco en ese tiempo era de propiedad de Juan Muñoz de Ayala y su hermana Mercedes esposa de Juan Urbano, la de Bomboná era de Jorge González.

El libro, “Pasto en la Guerra de Independencia” de Gerardo León Guerrero, toma como fuente los Estudios sobre la vida de Bolívar de José Rafael Sañudo, para reafirmar la condición vergonzante de impotencia física en que quedó el perdedor. Dice que para estos mismos tiempos, a los campamentos del Libertador llegaron noticias que indicaban que los patianos habían azolado el hospital de Mercaderes, donde Bolívar dejara al coronel Francisco Luque al cuidado de los heridos, que estos habían sido muertos y el coronel sometido. Y que en tales circunstancias tuvo Bolívar que enviar al coronel Juan Paz del Castillo a negociar una tregua sobre unos puntos que se concretan así:

  1. Permitirle permanecer en el campo en que se hallaba, lo que discutido con García no fue aceptado por no convenir al ejército real.
  2. Si esto no era posible, que se le dejara pasar a través del Güáitara, por el puente de Yacuanquer, a la provincia de los Pastos, lo cual tampoco fue aceptado, “pues era obtener el grado, lo que no pudo por la fuerza”.
  3. Que regresaría al otro lado del Juanambú Permitiéndole el paso por la ciudad de Pasto o por uno de los flancos. Este planteamiento fue llevado por García al Cabildo de Pasto para que decidiera y se acordó suspender las hostilidades por 4 días mientras se daba respuesta. El 10 de abril, el Cabildo por unanimidad se negó a que Bolívar “retrogradase por la ciudad o sus inmediaciones”. El Libertador volvió a pedir a García un armisticio, el 13 de abril, y, si no le era concedido, que quedara notificado que al día siguiente se romperían las hostilidades; pues “no debía retirarse su ejercito por ser vencedor”. “García le respondió que podía continuarlas: hizo muestras de que iba a combatir, más el 16 de abril, nueve días después de la batalla, el ejército colombiano emprendió el movimiento de retroceso, desde la hacienda de Cariaco”.

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Confundido entre esa mezcla de soberbia e indescriptible rencor que reverberaba sus entrañas, al general no le quedaban alientos sino para proferir denuestos por la tardanza y falta de acción de otros contingentes con los cuales se haría respetar. Maldecía a todos y a todo, y por momentos más que a ninguno a Santander por no atender sus requisitorias de recursos y refuerzos. En medio del desespero volvió a retomar planes que le tuvieron a punto de ir de una vez por Barbacoas al mar, y por Buenaventura unirse a los de Sucre que suponía al dominio de El Guayas. La verdad es que sí esos planes no se ejecutaron fue debido al hecho de tener que esperar a que los heridos sanaran. Con más calma, algunos días después resolvió que por mayor seguridad, era mejor pasar el Juanambú e ir hasta El Trapiche (hoy Bolívar C.), donde fijó la sede provisional del cuartel general. Allá sí, por fin comenzaron a llegarle soldados y conscriptos dispersos o aficionados que pedían cupo en las toldas de un general sobre cuyas hazañas, por los lados del norte no dejaban de oírse  ponderaciones. En esa ocasión, entre otros se le unió un joven y ardoroso elemento de la aristocracia payanesa identificado como el capitán Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda. La verdad fue que desde el principio, impuso esa importancia, actitud y presencia sobresalientes dentro de las dimensiones de la grandeza militar y política que para él señalarían inescrutables relevancias históricas.

Por cierto que hacia la época en que se libró la Batalla de Bomboná convergen situaciones que pululan por impedir que Bolívar pudiera accionar la palanca que desde el norte atenazara al fuerte militar que en Quito mandaba el español Melchor de Aymerich. Aymerich, no estaba tranquilo cuando se veía precisado a sortear situaciones de orden tan grave como esas que por el avance de los contingentes mandados por Sucre se cernían amenazantes desde Guayaquil, Cuenca y Riobamba. De otro lado, al verse forzado a retroceder, Bolívar se perdió del deleite que le prodigara el triunfo que en Quito tomó para sí su subalterno Sucre, a quien por cierto había enviado, no para dar una batalla de las dimensiones de la de Pichincha, sino para allanar el camino reservado al comandante supremo. Empero no solo Bolívar se perdió el festejo, sino que también García se privó de ir con sus hombres en respaldo de Aymerich, por lo cual diría que si hubiera llegado, con él y los pastusos otra hubiese sido la suerte de Sucre. Pero a Basilio al fin y al cabo le quedaba la satisfacción de saber que a cambio de eso, en la ruleta de su destino aparecía la más grande victoria a que pudiera aspirar un militar en momentos en los que los reveces sufridos por su patria requerían de algún paliativo.

A Bolívar ninguna causa lo obsesionaba más que aquella de hacer que sus banderas y principios se consolidasen a lo largo y ancho del mapa continental americano, solo que pero para hacerlo sabia que era preciso quitarse de encima el estorbo que solo resolvería cuándo Pasto fuera doblegada.

Militar y pragmáticamente puede convenirse con quienes concluyen que en Bomboná perdieron los dos bandos; más el de Bolívar desde luego. Pero dentro de semejantes ambigüedades en que se nutren las definiciones políticas y de la guerra, también perdieron los de Pasto si se asume que a partir de su triunfo, sobrevino la prolongación letal de esa agonía implícita en una causa irreversiblemente destinada a una fatalidad que en forma irreversible estaba marcada desde siempre.

– DESPUÉS DE BOMBONA –

LA CAPITULACIÓN DE PASTO (Junio 6-1.822)

El paso de los días hizo que Bolívar asumiera actitudes de mayor sensatez y calma, cuando entre otras, gracias a la tonificante llegada de nuevos contingentes recuperara la seguridad que por momentos tambaleó. Y tanto la recuperó, que como si tal ignorara sus condiciones de precariedad frente a los de Pasto, desde El Trapiche dirigió terminantes intimidaciones para que García capitulara y sin más pusiera la plaza a su servicio. Al flamante triunfador español, engolosinado como estaba con las celebraciones no le cupo sino considerar eso como una desfachatez, una burla, o el alarde de alguien absolutamente descontextualizado de la realidad. Cómo era eso que desde los cambuches de la derrota, después de retroceder cientos de leguas con el bacalao de la derrota a cuestas, Bolívar osaba decir que Bomboná para sí era un “¿triunfo glorioso?”. Semejante pretensión, resultaba sencillamente demencial y por lo tanto desmerecía consideración alguna. Que lejos estaba el Ibérico de presentir que el 28 de mayo de 1.822, parte del Batallón Cataluña y algunos regimientos de la caballería realista comandada por el coronel Carlos Torla, llegaran a Pasto maldiciendo a quien el 24, en las estribaciones del Pichincha les derrotara en formidable contienda. Otra vez el pequeño daba cuenta del grande, pero esta vez con resultados y vencedores inversos a los de Cariaco. Pero faltaba más, lo fatal para García y Pasto consistió en que los emisarios de semejantes fatalidades también traían detalles sobre la capitulación que Melchor de Aymerich suscribió con motivo de su derrota, y que el artículo 7º, nada menos decía: “Que las tropas realistas de San Juan de los Pastos estaban comprendidas en ella”.

Para los habitantes de Pasto, ignorantes de capitulaciones y desconocedores de su sentido, lo mejor era concentrarse a trabajar sin dejar de mantener permanente alerta a fin de prevenir cualquier revancha que desde el campo republicano pudiera intentarse. En efecto, y tal como era previsible, tan pronto como Bolívar se sintió alentado por los refuerzos y recursos llegados a El Trapiche, el 2 de junio tomó la determinación de reemprender su Campaña Emancipadora. Entonces, otra vez con sus tropas, retomó por donde ya conocía el camino del sur. Las intensiones que abrigaba para someter a Pasto a como diera lugar no eran las mejores, y la suerte de Basilio García la del fusilamiento. En proximidades de La Venta, de improviso la avanzada fue interceptada por un piquete de soldados realistas que previniendo intenciones pacificas, a gritos insistía en la urgencia de dialogar personalmente con El Libertador. Por todos los antecedentes y signos punitivos que aparejaban la marcha, resultaba difícil vencer la desconfianza que por supuesto producía. La primera reacción a cargo de los sargentos fue la de tomarlos presos y matar a esos extraños, pero cuando les interrogaban y de mala manera les formulaban toda clase de apremios, el propio Bolívar intervino para saber de qué se trataba. Señor general, dijo el teniente coronel Pantaleón del Hierro: el comandante de la Segunda División de su majestad el rey, señor coronel Basilio García nos ha enviado a decir, que esta dispuesto a convenir con su señoría los términos de una capitulación. Sin salir de la sorpresa, Bolívar solo entendió razones cuando le dijeron que su subordinado Antonio José de Sucre, en proximidades de Quito había enfrentado y derrotado al regimiento del general español Melchor Aymerich, le venció al punto de obligarlo a capitular tal como se consignó en el acta que le mostraron y en la cual quedaron comprendidas las guarniciones acantonadas en San Juan de los Pastos.

Quito mayo 24 de 1822, Articulo Séptimo: “Están comprendidas en la presente capitulación, las tropas que están en Pasto y su dirección, se nombraran dos oficiales de cada ejército que irán a conducirlas, y entregarse a cuantos prisioneros y pertrechos, y demás que allí existan, pero en atención a las circunstancias de aquel país, el gobierno español no pude salir garante del compromiso de ella, en cuyo caso el de Colombia, obrará según dicte su prudencia y juicio”. (Daniel Florencio o’leary, “memorias”, pág. 287).

A ese respecto Sucre informaría: “El 26 han salido los comisionados de ambos gobiernos a intimar la rendición de Pasto, que creo será realizada por El Libertador; otros oficiales marchan para Esmeraldas y Barbacoas, de manera que en breve, el reposo y la paz serán los primeros bienes que gozarán estos países después que la República les ha dado independencia y libertad”. (O’ Leary, “Bolívar y la emancipación de Sur América, pág. 168 ).

Sucre que siempre se mostrara inteligente, aplomado y previsivo, fullero, manejó la suspicacia política para incrustar en el acta de Quito el párrafo preciso para que en la capitulación quedaran involucradas las tropas que en sitios lejanos tenia apostadas su majestad española. Así fue como el magnifico héroe de Bomboná, aquel que fue capaz de preservar los dominios del rey desde Popayán hacia el sur, de un plumazo quedó destituido al punto de tener que confrontar la inescrutable dimensión del abandono y la frustración. En sus cavilaciones comprendió que estaba irremediablemente perdido y en manos de sus enemigos que en el norte de la república crecían en entusiasmo por acabar con los españoles, y ahora por el sur bajo el gobierno de un ejército vengativo, vigorizado y poderoso. Sabia también que ahora y engrandecidos tras el aplastamiento de Quito, quedaba a merced de los grillos y el cadalso que le impusieran los patriotas. En medio de tan tremenda encrucijada, de emergencia echó mano de lo primero que encontró disponible. Unos cuantos pusilánimes útiles para menesteres del orden y laya que se necesitaba. Para eso sirven esos que apoltronados en la comodidad de la riqueza, en este caso de las encomiendas y haciendas, jamás arriesgaron nada ni nunca se comprometieron con algo de tanta seriedad como la guerra. Con el respaldo de semejante “componente ideológico” aumentado por la estorbosa intervención de la clerecía dispuesta a bendecir cuanto al momento se presentara, rápidamente recogió la nota que antes desdeñara y con ella se presentó ante el colegio de conmilitones, quienes ipso facto le apoyaron cuando sabían que lo más importante era entregar cuanto antes la plaza de Paso y capitular ante Bolívar, a quien por supuesto había que rendirle homenajes seculares y civiles de reconocimiento y desagravio. Basilio García les miró con lastima y guardó silencio mientras tragaba la hiel que a punto de vomito recorría su boca.

La ciudadanía, no se encontraba en posibilidades de entender, menos de concebir repercusiones geopolíticas tan inconmensurables como aquellas alcanzadas por esos desarrollos belicistas que en sus connotaciones trascendían fronteras. Mas sin embargo, la cotidianidad trascendía sin que nadie maliciara que entonces, y a espaldas de todos se feriara algo tan caro como ese triunfo que la región nunca festejaría suficientemente. Los  quiméricos castillos forjados en la ingenuidad de la esperanza, a esas alturas se desvanecían cual los rastrojos de Bomboná y Cariaco barridos al soplo de vientos estivales.

El 5 de junio de 1.822, al norte de Pasto, cerca del sitio geográfico que años más tarde señalara vindicta al pie de la montaña de Berruecos, sin mayores preparativos ni alardes que convocaran multitudes, se firmó el acta por la cual San Juan de los Pastos capitulaba ante Bolívar. Para esos efectos y a guisa de comisionados de García oficiaron los militares Pantaleón del Hierro y Miguel Retamal, y por parte de Bolívar, José Gabriel Pérez y Vicente González. El Libertador exclamó: “Esto vale más para mí y es más glorioso que una batalla ganada”.

Cuartel General de Berruecos, junio 5 de 1822

Al Sr. Coronel Dn. Basilio García

Comandante de la Segunda División Española del Sur.

Señor Coronel:

Tengo el honor de decir a vuestra señoría que queda concluida la guerra por mi parte, después de haber llenado los deseos de vuestra señoría, de su División y del pueblo de Pasto. Los señores Hierro y Retamal son los justos portadores de nuestra reconciliación y de la cesación absoluta de los crueles males de la guerra. Sólo me queda añadir a vuestra señoría que espero por momentos la ratificación de este tratado de transacción militar, para mandar algunos oficiales del ejército a avisar a vuestra señoría cuándo será mi entrada en esta ciudad, y el momento en que vuestra señoría podrá ordenar la entrega de los efectos militares y de hacienda nacional al gobierno de la República de Colombia: espero que vuestra señoría habrá ordenado la recolección de todas las armas y pertrechos militares, para que sean inmediatamente recibidos; pues mi intención es pasar sin dilación alguna a la provincia de los Pastos. Mi proclama al ejército real y pueblo de Pasto es la expresión de mis más cordiales sentimientos a favor de los beneméritos defensores de esa memorable ciudad.

Yo sigo con toda celeridad mi marcha, porque tengo muchos motivos para desear la conclusión y efecto de este tratado, y muy particularmente no habiendo podido manifestar a los señores que vinieron diputados por la Municipalidad de Pasto todo lo que anhelo servirla, pues estos señores se fueron de un modo extraño, y yo desearía desvanecer toda duda sobre mis verdaderas intenciones.

Dios guarde a vuestra señoría muchos años.

BOLÍVAR

“Quiero escarbar la tierra con los dientes

Quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.”

Miguel Hernández

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