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Así fiestean los pastusos en Bogotá. Crónica de una peña andina en la capital

Por: Manolo Villota B Es sábado por la noche y los relojes marcan las nueve pasadas. Llego a mi destino luego de caminar por un rato las calles amplias y entrecruzadas del barrio Palermo en Bogotá. Estoy al frente de una casa de arquitectura tipo tudor. El clima es seco. El viento apenas es una

Columnista Invitado·21 de octubre de 2022·14 minutos de lectura
Así fiestean los pastusos en Bogotá. Crónica de una peña andina en la capital

Por: Manolo Villota B

Es sábado por la noche y los relojes marcan las nueve pasadas. Llego a mi destino luego de caminar por un rato las calles amplias y entrecruzadas del barrio Palermo en Bogotá. Estoy al frente de una casa de arquitectura tipo tudor. El clima es seco. El viento apenas es una brisa que mece las hojas de árboles altos y chicos. Se advierte calma, aunque es difícil saber, los aguaceros son impredecibles y salvajes.

El lugar tiene tres pisos. Fachada de ladrillos, techo triangular y, al parecer, muchos cuartos. No los cuento. Un pequeño muro con rejas negras que precede un antejardín resguarda la estructura. El acceso se logra al final de un corto sendero de yerba y cemento. Ahí, junto a un portón rojo tapizado de calcomanías, un joven de chaqueta azul y una mujer delgada de pelo rizado permiten la entrada del público. La boleta se reserva con anterioridad, o si hay cupo, se compra al momento.

Ingreso luego de ver mi nombre en la lista. Adentro percibo amplitud. Pasillos  conectan varios  salones de distintos tamaños. La que en antaño tal vez fue una casa de familia acomodada, es al presente un centro cultural; Casatinta, fundada en 2012 y liderada por Diana Arias, Miguel Bustos y José Rosero, artista pastuso, busca fomentar la difusión de las artes gráficas y la ilustración a través de talleres y conferencias. En ocasiones como esta, también es un punto de encuentro para la música.

 Luego de pasar por una zona de sillas y mesas en las que algunas personas conversan y beben café, llego a un gran recibidor en el que, a lo largo de las próximas horas, tomará lugar la peña, una fiesta donde se interpreta música andina para los asistentes. El espacio es generoso. Piso de madera, paredes blancas donde se ven pintadas algunas figuras y estantes sobre los que reposan varios libros, arman un conjunto estético, elegante y original.

A veces los muros cambian de color. Pasan del púrpura al verde y luego al azul gracias a las luces que se proyectan desde el suelo. Hay cojines en el piso y al frente se elevó una pequeña tarima con micrófono, atriles, instrumentos, parlantes y consola. Ahí subirán uno a uno los artistas invitados de la velada. Algunas personas están ya sentadas, charlando  en voz baja. Los murmullos rebosan el aire y la espera se hace más ligera.

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El anfitrión da la bienvenida al evento e introduce al primer cantautor de la noche: Christian Cruz Erazo. Es del Huila, pero, como me diría luego, sus raíces están en Nariño ya que su madre es de Albán, de ahí su cercanía a la música tradicional latinoamericana. Se sienta en el banco y con la guitarra interpreta algunas canciones propias. Todos escuchan en silencio. Su estilo es sosegado. El acto termina y lo sigue una tanda de aplausos. “Es mi primera vez en este evento. He estado muy feliz de celebrar aquí, a lo sureño”, dice y añade que estos espacios son importantes para los músicos independientes ya que pueden darse a conocer.

Cerca del escenario, en una habitación contigua, noto una mesa alargada en la que reposan varias botellas a la venta. Contienen chapil, la bebida artesanal que bien conocemos en Nariño. Y es que, detrás de esta iniciativa cultural, también hay una historia de emprendimiento.

Días atrás conocí a Camilo Portilla Arias. Tiene treinta y un años. Llegó a Bogotá en 2008 luego de graduarse del Liceo de la Universidad de Nariño. Entonces, cuenta, se presentó a la carrera de derecho; sin embargo, para alguien que viene de una familia afín al arte, estudiar leyes no armonizaba íntegramente con su proyecto de vida.

Por eso, se postuló a música en la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB), cuya alta exigencia en la admisión es bien conocida. Pasó. Cambió derecho a la jornada nocturna y cursó ambas a la vez. Hoy, combina dos profesiones; por un lado, como parte de distintas bandas, incluido el grupo de la pastusa Gabriela Ojeda (Briela), y por otro, aplicando el derecho a la gestión cultural.

Un día tocó en Casatinta. Ahí, junto con otros amigos músicos entre los que destaca el nombre de Andrés Guerrero, propuso realizar un evento que rindiera tributo a los sonidos tradicionales de los andes. La idea caló y en abril de 2022 se hizo la primera peña. “Esperábamos treinta o cuarenta personas, pero llegaron cien”, dice Camilo.

Al tiempo, el espacio se convirtió en la plataforma ideal para impulsar un negocio de familia que estaba empezando: la marca “Chapil Galeras”que, como lo narra Carlos Moriano Arias, primo de Camilo, ha sido un proyecto que con tiempo y esfuerzo se ha dado a conocer en un mercado nuevo.

Mientras esperamos el segundo acto, a la par que llegan más asistentes, Carlos comparte su historia. Es un muchacho alto, de piel trigueña, hablar cadencioso y expresión amable. Estudió arquitectura en la Universidad de Nariño y llegó a la capital en el 2020. Un año después, junto con sus primos, amigos y demás familiares, decidió traer el licor artesanal a Bogotá.

El trago se hace en Chucunés, una vereda del municipio de Mallama donde las condiciones permiten el cultivo de la caña. Luego, viene toda la cadena de transporte, envasado, depuración de la bebida y distribución. El Chapil, a diferencia de su pariente, el Viche del Pacífico, que se hace al ras del mar, tiene un dejo a leña de la montaña.

Hoy manejan toda la cadena, no con poco esfuerzo, aprendiendo de la experiencia. Fue desafiante. Al principio, en la ciudad, se promocionaron mediante el voz a voz, luego por redes sociales, y hoy en eventos, como el que cada mes se hace en Casatinta. Durante la peña, los asistentes lo consumen de principio a fin.

Más allá del hecho de vender, Carlos resalta que este producto también es identidad. Mientras estira su brazo señalando a todo el lugar lo explica, “no solo es tomar, es compartir nuestras raíces, encontrarse con los amigos”.

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Vuelvo al recibidor para escuchar el siguiente acto. Laura y Gabriel Chaparro, ambos boyacenses, de Sogamoso. Ella la voz, él la guitarra. Se apropian con facilidad del escenario; durante su tiempo al micrófono contagian alegría al público que termina acompañando los coros de las canciones al compás de delicados gestos que la cantante hace con sus manos.  Me sorprende la espontaneidad del momento. Cosas de la música.

La afluencia de personas crece constante. La efusividad de los encuentros se refleja en los abrazos estrechos de quienes saludan a sus amigos. Por doquier veo regados grupos de personas hablando alto y riendo. Camino por todo el piso y cuento ya cien. La mayoría nariñenses. El acento es inconfundible. Hoy la noche es del sur.

Hace varios minutos un hombre delgado, de gafas y cabello largo ha silenciado a la audiencia. Su charango es protagonista. El sonido de las cuerdas cuando toca arpegios es fino, cristalino. Los rasgueos, convierten la mano en un borrón transparente. Ambas técnicas se alternan con velocidad y destreza. Se llama Carlos Calvache y es pastuso. Está de paso por Colombia. Actualmente vive en Francia.

A pesar de sus modos tranquilos, es un hombre audaz. Desde sus años de estudiante en la Institución Educativa Municipal Técnico Industrial (ITSIM), ya se interesaba junto con otros amigos por la música. Un día, cuenta, en la casa de uno de ellos conoció el pequeño instrumento de cuerdas y se sintió atraído por su forma y sonido. Entonces, no lo dijo, ni lo pensó. Solo supo que había hallado su vocación.

Estuvo en la Universidad de Nariño hasta séptimo semestre ya que no había profesor para el instrumento que tocaba por entonces: el oboe. Curiosamente, dicha ausencia le permitió sentarse a practicar horas de charango hasta que, de manera autodidacta, lo dominó.

Arribó a Bogotá. Se graduó en la ASAB y aunque la capital no lo trató mal, puso sus ojos en Francia. Según cuenta, vio mejores posibilidades para seguir estudiando; así se trazó una nueva meta. Estudió el idioma durante  cinco meses antes de viajar y llegó a vivir a Poitiers, una pequeña ciudad en el centro del país. Luego de perfeccionarlo, un año después, logró educarse.

Residió entre 2011 y 2017 donde sacó dos diplomaturas, la primera en métodos pedagógicos para enseñar ritmos tradicionales a niños y la segunda, ganada por concurso, en docencia musical, para poder ejercer en el país. Luego de aquella primera estancia vivió de nuevo en Nariño por cuatro años antes de volver a Europa. Hoy estudia un máster en Etnomusicología en la Universidad Paris 8.

El tiempo allá añadió a su acento cierta entonación francesa, pero no hay que confundirse, este hombre de treinta y cinco años siempre tiene la mente y el corazón en su tierra, “pienso mucho en mi familia y en mis amigos; donde creamos los vínculos es a donde pertenecemos. Recordar las montañas y el volcán siempre cuidándonos es muy lindo”, dice.

Trabaja como profesor. Destaca a los franceses como alumnos muy comprometidos. Una vez por semana viaja en tren desde Burdeos, en el sur, hasta Paris para estudiar; es una distancia equivalente a Bogotá Pasto. Aún le queda tiempo en ese país, y no sabe qué vendrá después, sin embargo, su tono es optimista. Nos despedimos y pienso en cuán dichosos pueden llegar a ser aquellos que un día dan un salto de fe.

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Es casi medianoche antes de que el anfitrión del evento se convierta en participante. Juan Pablo Velásquez, músico y productor pastuso lleva más de una década en la capital. Es un joven delgado de frente amplia, pelo largo y barba. Hoy viste un gabán y tiene terciada una mochila. No solo ha dirigido toda la velada, también ha presentado con respeto a cada participante. Durante su participación tocó, junto a su grupo, entre otras cosas, una interesante versión de la canción de Caifanes “Aquí no es así”.

Para Velásquez, el migrante pastuso vive la nostalgia con mucha intensidad. Sin buscarlo, dice, quienes salen de Nariño se convierten en embajadores de unas costumbres y de una forma de ver la vida, sin que signifique desconectarse de su ciudad, “yo por ejemplo, hablo con mi madre a diario y le pregunto por todo. Por el clima, por las novedades, por las obras. Estoy atento a todo lo que allá sucede”, cuenta.

Destaca también que eventos de este tipo, tan claros en lo que proponen, motivan a los nuevos artistas para seguir trabajando con el fin de posicionarse en la escena nacional, como es el caso de Briela Ojeda, quien ya fue invitada al Festival Estéreo Picnic y teloneó el concierto de Jorge Drexler en un Movistar Arena a tope; o Lucio Feuillet, quién ha ganado bastante reconocimiento y en 2022 hace parte del cartel oficial de Rock al Parque, por citar solo dos ejemplos. “Si a uno le va bien a todos nos va bien”, cuenta.

“De repente aparece el pastuso en Bogotá con una cultura muy definida y es muy atractiva para la gente. Aquí tenemos fama de buenos músicos, de buenos artistas”, añade.

La noche se mantiene seca, algo inusual en plena temporada de lluvias, sin embargo, la temperatura sigue a la baja. En el exterior de la casa, gracias a las bondades del Internet, averiguo que se registran ocho grados. Adentro, el remate de la peña empieza.

Las personas se aglomeran en el recibidor. El tumulto aprieta a algunos contra las paredes, a otros los hace salir de la habitación.  En un momento Juan Pablo, que vuelve  a la tarima, llama a todos los invitados y a otros músicos asistentes a subir. De aquí en adelante sonarán sanjuanitos y son sureños al son de zampoñas, quenas, charangos, bajo, guitarras, bombo legüero y las voces al unísono de los cantantes, que ya no son solo los artistas sino todos en el lugar.

El piso de madera tiembla con el zapateo de la gente. Como un río brioso, la energía se eleva más y con ella el calor. A la par veo como algunas personas empiezan a saltar abrazadas en círculos.

Con algo de chapil en la cabeza, aquellos que en principio parecían callados y tímidos, sacan esa añoranza del que se sabe lejos de lo querido. “Escogió mi corazón este amor equivocado/Y las leyes del amor me obligaron a olvidar”, entonan. Aquí convergen todas las edades: los muy jóvenes, los adultos, los señores y las señoras.

Es una fiesta nariñense, copada de gente de la región, pero no son los únicos. Amigos, parejas, conocidos o solo curiosos de otras partes llegan a escuchar y terminan enganchados con los ritmos y el ambiente que irradia el espacio. Somos del mismo país, Colombia, pero a la vez, siento, estamos lejos los unos de los otros. Hoy la música crea otro puente.

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Los ánimos se calman de momento mientras suena un tema instrumental de Raíces Andinas, grupo de Pasto que ha sido bastante homenajeado esta noche. Durante ese intervalo converso con los asistentes.

 Karen Santana tiene veintiún años. Es de Madrid Cundinamarca, “uno siente que la gente está en su casa. Eso es bello. Se contagia un montón la energía del sur estando en el centro del país”, dice mientras las luces resaltan su rostro pecoso y hacen brillar un pequeño adorno plateado en el centro de su frente.

Ali Díaz es boyacense, sin embargo, cuenta cómo le ha llamado la atención la cultura nariñense. A pesar de que cree que ambos departamentos tienen algunas similitudes, “esa región tiene cierta magia, la gente respira arte allá”, dice y añade que estos sonidos son otra forma de conocer el país.

Una joven delgada vestida de jean y chaqueta fucsia baila con mucho entusiasmo. Se llama Génesis Pozo, es de Cumbal, está en sus tempranos veinte y estudia medicina en la Universidad Nacional de Colombia. Viene por segunda vez al evento, “es muy lindo estar acá, uno se llena de alegría, de evocación,  de euforia”, cuenta con sonrisa amplia.

Como ella otros nariñenses están aquí buscando disfrutar, pero también vienen jalados por una especie de retorno. Paola Aguirre, estudiante del conservatorio de la Universidad Nacional siente que acercarse a estos sonidos, lejanos a la formación clásica universitaria, suplen una necesidad creativa, “darle un lugar a los ritmos tradicionales  es un proceso musicológico bien importante”, enfatiza.

David Bolaños, de diecinueve años cursa sexto semestre de ingeniería de software. Tiene una banda en Pasto y está aquí por tercera vez traído por las remembranzas, “me recuerda mucho a mi hogar y a los carnavales. También veo que los artistas que vienen te hacen sentir ese pedacito de cultura, lo que es el folklor”.

Entre toda la gente me sorprende encontrar a un europeo, Alexander Treittinger, un alemán que se encuentra de intercambio universitario pero cuya jovialidad y calidez en el trato rompen con el estereotipo de los germanos serios y distantes. Tiene el cabello muy rubio y debe medir a lo sumo un metro noventa.

“Soy de Medellín”, bromea, con un acento que marca fuerte las erres,  al tiempo que me da una palmada en la espalda. Hoy, cuenta, está  feliz: “Es una experiencia intensa. Respecto a Alemania, la música aquí tiene un papel mucho más importante en la cultura. Allá tenemos música tradicional pero aquí se vive más, es más importante en la vida de las personas. He disfrutado mucho este evento”.

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La peña llega a su cumbre. La música suena con más fuerza que nunca. Retumba y rebota en las paredes. Las traspasa. El barullo de la gente se suma a sus movimientos. Están bailando, pero no como lo exige la rumba moderna de sonidos tropicales y caribes, aquí no es necesario mover la cadera con exageración, ni se necesita una pareja para girar a gran velocidad, esta es música alegre, pero al fin de cuentas, de tierra fría.

Se me ocurre que, tal vez, no es que los rolos dancen mal, es que fiestean con los ritmos equivocados. También son andinos, solo que viven en la planicie. Si hubiesen más peñas a lo largo de la ciudad, seguramente disfrutarían mejor la pista y sentirían con más fuerza el gozo de vivir.

 “El Miranchurito”, cierra la gala con una audiencia febril. Esta marea de personas se vuelve un remolino que me arrastra dentro. La sensación es inexpresable. El canto a una sola voz mientras suena los instrumentos cala hondo. La gente aplaude, silba, agradece. La peña termina con la invitación a las dos últimas sesiones del año en noviembre y diciembre y a un evento en el teatro Royal Center, donde se prometen más artistas y más fiesta.

Los espectadores poco a poco salen por las puertas de Casatinta. Algunos se quedan oyendo música que emite un parlante a buen volumen un rato más. Camino lentamente a través del sendero que me dio la bienvenida hace unas horas. Son las dos de la mañana. Cruzo la calle y empiezo a andar con la vista al frente. Mientras me alejo escucho los sonidos de las flautas y los bombos, escucho las voces de los que estarán un poco más. Llegan a mí a través del frío de la urbe. Entonces, es cuando descubro cómo se siente pisar dos tierras al mismo tiempo.

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