Por Tirso Benavides Benavides
Murió en Lima Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, último representante vivo del Boom Latinoamericano. Y su muerte, a los 89 años, es como un punto final para este movimiento que puso los ojos del mundo en las letras del subcontinente. Toda una revolución cultural, que junto al peruano, protagonizaron autores con Cortázar, García Márquez y Carlos Fuentes.
Una vida marcada por la literatura y dedicada a la escritura. Vargas Llosa aseguraba que su vida cambió cuando aprendió a leer.
Su padre, una figura ausente y autoritaria, a quien creía muerto y solo conoció hasta los 10 años, lo internó en el colegio militar Leoncio Prado, pensaba que la disciplina marcial lo alejaría de su vocación de escribir. Todo lo contrario, allá le pagaban sus compañeros, por ser el autor fantasma de las cartas de amor que mandaban a sus novias. Además, de su permanencia en esa institución sacó el material para escribir La Ciudad y los Perros, en 1963. Tenía 27 años y ya había escrito una de las obras que es imposible no referenciar al hablar de literatura latinoamericana.
De disciplina sí aprendió, y la aplicó para hacer de la escritura un trabajo en serio, permanente. Títulos como Conversación en la Catedral, Pantaleón y las Visitadoras, La Fiesta del Chivo, Travesuras de la Niña Mala, Cinco Esquinas, Le Dedico mi Silencio, su última novela dan muestra de esto. También escribió ensayos, teatro e innumerables artículos de prensa.
En el campo de las letras obtuvo todos los reconocimientos posibles. Ganó los premios más importantes, el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel. Miembro de la Real Academia de la lengua Española y de la francesa. Reconocimiento general en el mundo editorial.
Pero como político, otra de sus facetas, no le fue tan bien. En 1990 fue candidato a la presidencia de su país y fue derrotado por Alberto Fujimori, a cuya hija Keiko terminó apoyando paradójicamente en tiempos recientes. Y es que el cambio en sus posturas e ideas fue radical. De tener ideas de izquierda y hasta hacer parte de una célula marxista, se convirtió en un liberal, según decía, pero cada vez fue virando más a la derecha. Fue un férreo opositor de los regímenes con tintes socialistas de países como Cuba, Venezuela, Nicaragua, lo que lo llevó a respaldar a figuras como Milei, o Bolsonaro. Argumentaba siempre la defensa a la libertad, frente al autoritarismo, característica propia de todo régimen totalitario, como los que criticó en su obra.
“A Vargas Llosa hay que leerlo, pero nunca escucharlo”, dicen que dijo Benedetti. Allá cada quien.
En lo personal también dio de que hablar. Sobre todo durante los 7 años que convivió con Isabel Presley, la ex de Julio Iglesias, un amor otoñal que lo llevó a ser protagonista de las revistas del corazón. Portada frecuente de Hola. Era ciudadano español, y hasta Marqués. Finalmente, como siempre volvió junto a Patricia, su segunda esposa y su prima, madre de sus tres hijos. Antes se había casado con su tía política, la de La tía Julia y el Escribidor, otra de sus novelas.
Inevitable, a pesar de ser una escena cliché, recordar el famoso puño que le propinó a García Márquez, dejándole un ojo negro, incidente que causó una ruptura en una amistad basada en la admiración mutua y que ha sido un misterio en el mundo literario. Ninguno de los dos habló sobre el tema. Plinio Apuleyo (no falta el sapo) dice que fue un asunto de celos. Nunca se sabrá.
Murió pero es inmortal, al menos sus palabras. Su extensa obra da muestra de su talento, de lo que fue. Defendió sus ideas hasta el final, así molestara a muchos, sin importar las consecuencias. Tal como lo hizo siendo un niño, cuando a pesar de la oposición de su padre se volvió escribidor. Un escribidor de talla mayor.

