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Adiós a un altísimo poeta

Palabras pronunciadas ante los despojos del Dr. Aurelio Arturo, en los Jardines de Paz. La Casa de la Cultura de Nariño, en Pasto, me ha encomendado expresar en su nombre la postrer despedida al ilustre poeta Aurelio Arturo. Vengo, pues, a cumplir tan atribulado encargo en mi condición de amigo y…

VIcente Pérez Silva·23 de febrero de 2025·3 minutos de lectura
Adiós a un altísimo poeta

Palabras pronunciadas ante los despojos del Dr. Aurelio Arturo, en los Jardines de Paz.

La Casa de la Cultura de Nariño, en Pasto, me ha encomendado expresar en su nombre la postrer despedida al ilustre poeta Aurelio Arturo. Vengo, pues, a cumplir tan atribulado encargo en mi condición de amigo y coterráneo. Este mandato se torna mucho más atribulado al pensar que en la tarde del jueves pasado departimos cordialmente, como lo habíamos hecho en otras ocasiones. Al momento de nuestra entrevista, en el altozano de la Biblioteca Nacional, Aurelio Arturo me entregó, de su puño y letra, el mensaje que dirigía a la Asamblea Departamental de Nariño, mediante el cual, al no poder acudir personalmente —ya los pasos de la muerte venían cerca—, me autorizaba para recibir en su nombre la condecoración que días antes nos había otorgado la Asamblea, al igual que a otros distinguidos nariñenses. Infortunadamente, por circunstancias de fuerza mayor, este acto hubo de postergarse para próximos días. ¿Quién se iba a imaginar que en forma tan sorpresiva nos abandonara definitivamente nuestro amigo del alma?

No vengo en este instante de consternación a hacer el elogio de Aurelio Arturo, poeta que pasó por el mundo de las letras como una isla solitaria y poseyó el supremo don del encantamiento. De aquel “encantamiento lleno de nostalgia, estructurado con voces de una dulce y profunda melodía que hacen de ella una voz aislada, única en nuestra literatura”. No. Aurelio Arturo no necesita de la efímera alabanza ni de la fatua exaltación. Sus virtudes sobresalen por sí solas. Ya vendrán, claro está, los estudios o los ensayos mesurados en torno a la vida y la obra del poeta.

Aurelio Arturo fue un hombre que desde muy temprana edad creyó en la poesía todopoderosa; de aquella poesía que es al mismo tiempo conciencia y subconsciencia, sueño y vigilia. Aurelio Arturo, temperamento lírico de excepcionales calidades, fue dueño de la expresión poética más fiel y más auténtica de que pueda ufanarse la literatura colombiana. Fue dueño y señor de la más fina sensibilidad y de un lenguaje intenso, impregnado de la humana experiencia en que se conjugan la inteligencia, la imaginación y el sentimiento artístico. Morada al Sur es el testimonio vibrante y expresivo de su función creadora.

Pero no perturbemos más, con vanas palabras, el sueño del poeta. Al cabo de nuestras faenas cotidianas, muchas veces, al reencontrarnos con la vitalidad de sus poemas, habremos de exclamar con voces de júbilo insistente que el espíritu de Aurelio Arturo habita con nosotros en permanente olor de amistad y poesía.

¡Adiós Aurelio Arturo! ¡Adiós altísimo poeta!
¡Hombre sencillo, alma buena y amigo incomparable!

Aquí quedo perplejo al experimentar intensamente adolorido que he venido a cumplir con un encargo de la Casa de la Cultura de Nariño, antes de hacerlo con el tuyo. Bien sabemos que fuiste ajeno a toda vanagloria, a los honores y a la publicidad. En todo caso, reposa tranquilo que en próximo día, con la misma congoja de ahora, pero cumpliendo tus vivos deseos, recibiré en tu nombre la póstuma condecoración que pondré en manos de los tuyos, con quienes compartimos el hondo pesar que los embarga.

Ahora, permitidme enredar entre las siempre vivas del recuerdo el poema que Omer Miranda te entregó discreto al salir del recinto de la Academia Colombiana de la Lengua, hace once años, luego de que fuiste galardonado con el premio de poesía “Guillermo Valencia”:

El verde sur y tu palabra simple
en tu cielo interior como un escudo.
El hombre bueno en ademán de nube
haciendo patria con su verso puro.

El sur donde la paz también es verde
cayendo hermosamente en tu poema,
cuando el tiempo cantando se detiene
a poner un laurel en tu voz fresca.

Oigo el verde del sur, le veo el habla,
asumiendo un aroma perdurable,
y se extiende su cuerpo en mi palabra
como doncella envuelta en soledades.

Manantial y basalto, llama viva,
en el aire de un mundo huracanado,
y en el sitio más alto de la vida
¡Aurelio Arturo, claro, solitario!

Bogotá, 24 de noviembre de 1974.

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